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¿Para dónde corren los gatos cagones cuando buscan a su guarida? | Por Edwin Ríos

06/11/2017 4:02 AM

Edwin Rios

Puertorriqueño dedicado a la causa de la libertad. Participó por nueve años en las fuerzas armadas de los Estados Unidos. Egresado de la Universidad del Estado de Nueva York y de la Universidad de Phoenix.

En los Estados Unidos una muchacha universitaria llamada Jenna hablaba con su compañera de clases Shaquanda. Jenna quería reafirmar sus lazos de amistad y le dijo a Shaquanda que cuando ella la miraba, no veía a una persona negra. Shaquanda le respondió: “Pero es que lo soy.” Y después Jenna le afirmó: “Pero yo no veo colores.” Entonces hay que preguntar por qué Jenna tuvo que decirle a su amiga que ella es ciega de colores, si ella es imperceptible a los colores. ¿Y por qué siempre es la persona blanca la que hace esta argumentación?

Yo cuando oigo estas cosas siempre digo que el gato cagón encontró a su guarida. Lo digo porque una vez yo tenia una vecina al frente que tenía una manada de gatos, y todas las mañanas se venían a cagar en la caja de flores que yo tenía justo al lado de la puerta de mi casa. Eso era una peste que nadie la aguantaba. Un dia le reclamé, y ustedes ya se imaginan lo que me dijo: “ESOS GATOS NO SON MÍOS.” Yo le respondí, sin ánimo de levantar la voz: “Está bien, entonces, dígame; ¿por qué cada vez que los azoro, siempre salen corriendo en dirección a su casa?” Ya con el bochorno fue suficiente, y no tuve que decir nada más.

Bueno, vamos a hacer uno de esos experimentos del pensamiento que tanto le gustaban a Albert Einstein, para ver si existen personas que son ciegos de colores. Supongamos que usted llega a Philadelphia como turista y no conoce a la ciudad. Usted anda por el barrio chino y de momento se percata que, al cruzar la calle, va a entrar a una cuadra llena de vagabundos. Hay vagabundos negros en la acera izquierda, y hay vagabundos blancos en la acera derecha. La calle está muy transitada, lo que hace imposible caminar por medio de la calle. No hay vuelta atrás, y usted está obligado a pasar por esa cuadra para salir de su hotel. ¿Cuál de las dos aceras toma usted?

Claro, es increible como la gente se engañan con el racismo. Alguna gente vive engañada toda la vida. Y mientras ellos sigan engañados, siempre tendrán una sociedad racista. Y lo curioso es que lo mismo ocurre con el comunismo. Cuántas veces he oído decir que Fidel Castro tuvo buenas intenciones, porque buscaba el bien de los pobres, pero después se tornó en un déspota asesino. Y lo mismo dicen de Chávez y de Maduro. La primera intención siempre fue buena.

En este caso yo hago referencia a una cita que dice: “Sin duda, se nos dirá las ideas religiosas, morales, filosóficas, políticas y jurídicas, se han modificado en el curso del desenvolvimiento histórico. Pero la religión, la moral, la filosofía, la política, el derecho, se sostienen siempre a través de esas transformaciones.” Me parece una justificación para el cambio de ideas, en el sentido de que las ideas humanas pudieron ser controladas, hasta que la mente se liberó y entramos en un alumbramiento de ideas. Ocurre el cambio, pero no por eso desapareció la iglesia, la moral, la filosofía, la política y el derecho, quienes parecían ser los agentes del cambio mismo.

Pero lo curioso de esta cita es el “se nos dirá” de la modificación que puede ocurrir en un desenvolvimiento histórico. Ese “se nos dirá” para mí suena como un “se nos acusará”. Y una cosa es que un cambio de ideas ocurra en el plano de libertades para el pensamiento, y otra cosa es que sean impuestas; para que después digan que ese cambio ocurrió como el resultado de un alumbramiento, y llegar a la conclusión de que se justifica a sí mismo.

Ese “se nos dirá” me parece que va en contra de la libertad del pensamiento, en el sentido que los comunistas debían imponerse como el agente único del cambio. Pero ese “se nos dirá” también indica algo que va a ocurrir a escondidas. Algo nebuloso que puede ir en contra de los comunistas por ser los agentes ocultos del cambio, sin ellos necesariamente admitirlo. En Venezuela, ¿cómo se logra enmascarar ese cambio para que luzca como parte un mismo alumbramiento de las ideas humanas en “plena” libertad? ¿Con un CNE corrupto? ¿Con un TSJ confabulado? ¿Con una fiscalía dirigida por un “defensor del pueblo”? ¿Con una Asamblea Nacional Constituyente?

Pero la pregunta más importante es, una vez los comunistas se anclen como agentes únicos del cambio; ¿que puede ocurrir con la religión, la moral, la filosofía, la política, y el derecho? Por ahí va la cosa, y los comunistas sólo actúan como víctimas del odio. Por suerte, resulta que ellos suelen liderar justamente cuando ocurren estos cambios. ¿Verdad? Qué curioso que cuando ocurren estos cambios tan drásticos, después de un periodo de alumbramiento humano, ellos siempre parecen estar envueltos. ¡Qué casualidad!

Me vuelvo a preguntar, ¿para dónde corren los gatos cagones cuando buscan a su guarida?

¿Pero cuándo fue que Fidel pronunció estas palabras sobre el cambio? Nunca. Esa cita es del Manifiesto Comunista. Ese es el plan maestro de los comunistas. Yo me pregunto cuántas personas que combaten el comunismo hoy día han leído, con lujo de detalle, este “playbook” de la guerra contemporánea. Todo el mal programado, toda la bestialidad, toda su mentira, y toda la falta de humanidad que existe en el comunismo está en ese libro. Claro, muchas de sus tácticas están escritas entre líneas. Hay que buscarlas y pensarlas. Más sin embargo, vivimos bajo una ilusión toda la vida pensando que Fidel, Chávez, y Maduro tuvieron buenas intenciones cuando aparecieron por primera vez en la escena política.

Cuando yo era chamo, llegué a vivir en Port Jervis, New York. Eso queda como a 115 kilómetros de la ciudad de Nueva York. Yo siempre he guardado con mucho cariño una foto de mi grupo de sexto grado, que cursé en ese pueblito para el año 1972. En esa foto yo aparezco con una camisilla de colores, puesta por encima de la camisa de manga larga. Yo no tenía esa musculosa puesta por el frío o por la moda. La tenia puesta porque la camisa de manga larga tenía unos rotos y yo los tapaba con la camisilla. Y esa era la mejor camisa que yo tenía para tomarme una foto. Los tres hermanos vivíamos solos con nuestra madre y, aunque fuimos muy pobres, éramos felices.

Lo curioso de la foto es que en ella aparecemos tres muchachos de origen latino, en contraste con las dos muchachas morenas. En efecto, yo siempre tuve la impresión de que habían más latinos en ese pueblo que afroamericanos. Y la mayoría éramos boricuas. No se puede olvidar que en la década de los ‘50 ocurrió una migración enorme de puertorriqueños a los Estados Unidos, y la mayoría de ellos terminó en la ciudad de Nueva York. Y desde allí se esparcieron a otros lugares. Parecía que entre el 1950 y el 1960, los boricuas pudieron haber tenido más movilidad migratoria que los negros. Pero mi mamá y mis hermanos llegamos allí para el año 1970, casi directos desde Puerto Rico, de manera que no fuimos parte de la primera ola, pero algunas de nuestras abuelas sí habían llegado antes.

Claro, yo me distinguía un poco de los otros dos muchachos latinos de la foto porque yo tambien me parecia como a un Michael Jackson joven, quien resulta estaba en toda su apogeo en aquella época. Me imagino que eso explica porque las muchachas siempre me perseguían, aunque de igual forma me confundían con un negrito. Y es que lo soy.

Bueno, mi abuela, por parte de padre, fue una de las migrantes boricuas originales que llegó muy temprano a Port Jervis. Un dia mi padre, que andaba de visita, nos llevó a verla. Fue la primera y última vez que la vimos, y no fue hasta muchísimos años después, cuando yo tenía alrededor de treinta años de edad, que me enteré de la razón. En aquel entonces mi abuela le dijo a mi papá que tuviera mucho cuidado con las visitas a su apartamento, porque el dueño del edificio era racista y eso podía causar problemas. Claro, ella me señaló a mí cuando se lo dijo a mi padre, porque yo soy el más negro de los tres hermanos.

No la vi más y no sabía porqué. Pero recuerdo a los domingos como un día muy especial. Eso era porque había una tía-abuela que aparecía siempre a recoger a mis primas en su Volkswagen Beetle. Daban una vuelta por todo el pueblo, luego se sentaban a disfrutar de las delicias de una heladería, y después daban otra vuelta por el pueblo, hasta regresar de vuelta a la casa de las primas. Esa vueltica para mí fue muy mágica, y tuve la gracia de participar en ella varias veces.

Pero el otro día me levanté de un sueño profundo, sudando frío. No sé qué estaba soñando pero, al abrir los ojos, me preguntaba: ¿No será que la tía-abuela daba su vueltica todos los domingos precisamente porque tenía el mismo problema? ¿Porque no podía traer niños negros a su apartamento?

Es claro, uno puede vivir engañado toda la vida.

Si volvemos al experimento de Albert Einstein, el del barrio chino en Philadelphia, yo viví esa experiencia como tres meses atrás en carne propia. Lo primero que hice fue preguntarme por qué, en su condición más miserable, el ser humano todavía busca dividirse en bandas. En este caso; en una banda de negros, que descansaban en una acera, y en una banda de blancos, que descansaban en la otra. Después me pregunté, por qué, si este es un barrio chino, no hay chinos entre esos vagabundos. Cabe la pregunta, y luego busqué una solución para mi dilema. Recordé que los chinos son los dueños del barrio y esperé a que llegara el primer chino que hiciera el intento de pasar por una de esas aceras. Mientras tanto, yo simulaba mirar en mi celular, como si me llegase un mensaje importante. Claro, yo también recordaba mis días en el caserío Virgilio Dávila de Bayamón, Puerto Rico, donde aprendí las reglas clásicas del malandrismo. La regla número uno dice: “Nunca atacarás a los del barrio, porque puedes crear un desorden, y mueres por la misma mafia que no aguanta el desorden.” Pasó una chinita, me fui muy cerca detrás de ella, y llegué al otro lado seguro.

No se engañen. Todos no somos racistas, pero a la misma vez somos racistas.

Y resulta que nuestro experimento de Albert Einstein es lo que impera hoy en Venezuela. La acera de la izquierda es la del PSUV. La acera de la derecha es el de la MUD. Todo es una vagabundería. Pero hay que estar claros que los vagabundos de la derecha están suscritos a la vagabunderia de la izquierda. Los dos se necesitan mutuamente, pero el más poderoso de los dos es el PSUV. ¿Por qué? Porque ellos son los agentes “inocentes” del cambio y los que tienen las armas. Ellos necesitan mantener al pueblo oprimido y sumiso al cambio. Necesitan la esperanza de un pueblo, y eso sólo lo pueden obtener con la oposición. Pero en el fondo la oposición es más fuerte, porque el silencio operativo puede ser más peligroso para la vagabunderia izquierdista, cuando ya no puedan esconderse detrás del “se nos dirá”. Ciertamente son reglas mucho más complejas y peligrosas de las que predominan en el barrio.

Por eso el PSUV necesita a la acera opuesta. Si la oposición queda descubierta, desaparece la esperanza. Y después que se desvanece la esperanza, aparece el silencio. Y el silencio es a lo que más puede temerle a un régimen comunista. Una cosa es que sean acusados de un “se nos dirá”. Eso es un ruido político. Otra cosa es que no haya acusación alguna, que es señal de un silencio absoluto, donde ya se sabe todo y no se acusa a nadie.

Una de las preguntas más intrigantes que yo he escuchado en toda mi vida es, ¿cómo sería un pueblo cuando ocurre una falta total de liderazgo? Bueno, la respuesta obvia es que habría un caos total. Esa NO ES la realidad de Venezuela. Muchos inclusive se sorprenden en que el Caracazo no haya vuelto a ocurrir. Lo que existe en Venezuela es un caos controlado. En eso precisamente consisten las ideas nefastas del Manifiesto Comunista.