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66 años de dictadura en Cuba | Por Félix Luis Viera

Fidel Castro entrando a La Habana con Camilo Cienfuegos en 1959. 22/03/2018 10:30 AM

Félix Luis Viera

Cuentista, novelista y poeta de origen Cubano, actualmente nacionalizado Mexicano. Conocido opositor del castrismo, critica de manera severa al sistema imperante en en Cuba y su influencia en el extranjero.

Entre el grito a favor de Batista y otro a favor de Fidel.

Se cumplen este 10 de marzo de 2018. Yo tenía 6 años y 7 meses de edad cuando allá, en el barrio —marginal— de mi infancia mi mamá me dio la orden de salir a la acera y gritar “¡Viva Batista!”.

Así lo hice, sin saber por qué.

“Hay que estar al día”, me explicó mi mamá luego.

Recuerdo que unos meses después leí en la revista Bohemia algunos reportajes que llamaban a Fulgencio Batista y sus acólitos “marzistas”; qué cábala.

A Batista, buena parte de lo que siete años después sería un pueblo trabajador, entusiasta, revolucionario y miliciano, lo llamaba cariñosamente el Indio y lo preveía con el lema “Ese es el hombre”.

Por aquellos años ya había llegado la televisión al barrio —Emelina, la dueña del único aparato que había cobraba dos centavos por tanda. Vi a Batista por televisión entonces y luego. Muchas veces.

El otrora sargento taquígrafo, bien recuerdo, gustaba vestirse con traje de dril 100.

Afirman quienes saben que aquel dictador Fulgencio Batista y Zaldívar mantuvo la economía cubana enhiesta, pero le otorgó demasiado poder a los militares y cometió y recibió no pocas venalidades.

Aún no he hallado quien me aclare, al ciento por ciento, si en verdad la condición de asesinos de Batista y su clan hubiera aflorado, si el otro, el “marxista”, no lo hubiese emplazado mediante el asalto al cuartel Moncada y lo que siguió.

Fulgencio Batista y sus súbditos asesinaron a muchas personas, hombres sobre todo, que simpatizaban o militaban en el Movimiento 26 de Julio, de Fidel Castro. Y torturaban: sacaban uñas, aplastaban testículos, apagaban cigarros en la piel de los prisioneros, etcétera.

Allá en el barrio perdimos a buenos amigos, de los “grandes”; como el boxeador Bayoya o el zapatero Dinamo o Ángel Mantecadito, víctimas de los soldados y policías de Fulgencio Batista.

Así las cosas, en toda Cuba, la gran mayoría de los ciudadanos —según se podía apreciar a simple vista— anhelaba que el Movimiento 26 de Julio y el Ejército Rebelde, ambos de Fidel Castro, así como las demás guerrillas revolucionarias que luego se pondrían bajo el mando de este, triunfaran. Y así resultó: la victoria se declaró el 1 de enero de 1959.

No pocos analistas plantean que si Fulgencio Batista hubiese sido más listo no le habría hecho el juego a Castro, reprimiendo, Batista, cada vez más y más, sumando así cada vez más a la población en favor de la revolución prometida por el de Birán.

Aquel primero de enero de 1959 yo tenía 13 años y 4 meses y volví a gritar, solo cambiando el nombre “¡Viva Fidel Castro!”. Esta vez mi mamá no tuvo que ordenármelo.

El comandante Castro había prometido, desde que estaba alzado en la Sierra Maestra y aun antes, democracia, elecciones libres, libertad de expresión, distanciamiento del comunismo y otras bondades que luego no cumpliría.

A los dos años aproximadamente de haber tomado el poder, al fin Castro expresó: “Elecciones para qué”; declaración que llevó a Ganzúa, marido reconocido de la Chelo, matrona de uno de los bayúes más reconocidos de Santa Clara, a exclamar allí en una cuatroesquinas: “Muchachos... esto se jodió”. Y se fue de Cuba al poco tiempo Ganzúa, con lo cual queda demostrado que los hombres visionarios no son necesariamente quienes cursan la universidad o están reconocidos como intelectuales.

Desde el 10 de marzo de 1952 hasta hoy, han pasado 66 años.

Yo voté por primera vez en mi vida a los 60 años de edad. Allá en México. Ninguno de los tres candidatos presidenciales era gran cosa. Pero me di el gusto de escoger entre tres, y tachar a dos. Qué placer. Qué fiesta individual.

Ne debió ser así.