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AD: De un papel en la historia a una historia de papel | Por Daniel Lara Farías

24/10/2017 7:58 AM

Daniel Lara Farías

Editor de La Cabilla. Internacionalista de formación y comunicador por vocación. Conduce el programa radial Y Así Nos Va por RCR 750AM de lunes a viernes a las 4 PM. En twitter es @DLaraF

A quienes conocemos desde adentro el proceso de disolución de Acción Democrática que desde 2003 encabeza Henry Ramos Allup, para nada nos sorprendió la entrega física y política hecha el día lunes 23 de octubre. Tampoco nos engañan con las supuestas amenazas de expulsión de los cuatro juramentados. Ni nos confunden las declaraciones: la orden estaba dada desde el mismo momento en que Henry anunció que sin importarle lo que hicieran los demás, AD inscribiría candidatos a las regionales. Eso solo significaba una cosa: el pacto ya estaba hecho.

El que uno lo supiera en detalle no lo hace menos doloroso hoy. Por supuesto, como adeco siento una gran tristeza. No por descubrir nada nuevo del actual secretario general a quien tengo como delincuente desde que surgieron las sospechas de su autoría intelectual en el atentado que sufrí a batazos el 1° de octubre de 2013. La tristeza es por los pobres desdichados que aún confiaban, que aún creían, que aún sentían que eran parte de una historia. Los adecos, hoy, ya no somos historia sino vergüenza.

Vergüenza por hacer dejado el partido en manos de la escoria histórica de la dirigencia. No hay al frente del partido en ningún estado un solo dirigente del que se pueda reconocer reciedumbre, intelectualidad o tan siquiera voluntad de lucha. Acción Democrática no se entregó ayer, se entregó cuando le dejó el partido a los Henry, a los Bernabé, a los Ecarri, a los Limas, a los Barreto, a los Zambrano. Pareciera que hubiésemos escudriñado en las cloacas del partido para sacar a flote la estulticia y darle poder. Zánganos, pseudointelectuales, sádicos, ladrones, farsantes, corruptos, corruptores y cómplices. Ni un solo valor viviente. Solo sinvergüenzas.

En 2012, le dije a la militancia en una carta abierta, que los adecos estábamos tirados en el piso esperando que la escoba de la historia pasara y nos llevara. Hoy, la escoba pasó. Yo pensaba que nos levantaríamos, pero no. Decidimos quedarnos en el piso.

Es algo triste y poco hay que explicar. No hay una agenda del partido, ni siquiera una agenda de Henry Ramos Allup. Él nunca ha tenido agenda, no es tan inteligente para eso. Otra vez, está haciendo el mandado. El mandado de los grupos de poder económico que lo pusieron a operar contra la presidencia de CAP. El mandado de los grupos económicos alfaristas que se enriquecieron con el canje de bonos Brady a bonos Globales en 1997, cuando hasta fue capaz de traicionar a Carmelo Lauría, principal denunciante del fraude. El mandado de los que querían a Alfaro de candidato. El mandado de los que querían defenestrar a Alfaro. Siempre, una táctica de él para la estrategia de otro. Siempre, la supervivencia como peón.

Y he ahí la principal sobrevaloración de Henry como político. Se le considera un estratega, no lo es. Es un simple táctico. Toda su vida ha tenido una estrategia hecha por otro, que él se encarga de ejecutar, siempre, de la forma más sórdida. Fuese acosando a Betty Urdaneta de Herrera, esposa del presidente Luis Herrera Campíns por supuesto enriquecimiento ilícito por la construcción del edificio de la Fundación del Niño (acusación falsa inventada por él para que el presidente aflojara prebendas en contratos a los grupos económicos que le daban la orden), o bien fuese inventando expedientes a ministros o dirigentes.

Legendaria es la costumbre de Henry de mandar anónimos denunciando falsedades contra ministros de su propio partido, anónimos que enviaba con un mensajero a su servicio y dejaba en los buzones de correo del antiguo Congreso. Clásica su costumbre de humillar a colaboradores, fuese gritándoles en público o como le hizo a aquella secretaria, que le escribió mal una carta y como castigo le lanzó la máquina de escribir por la ventana, o a aquel mensajero que le trajo la marca de cigarros equivocada y se la pegó en la cara o aquel vigilante que no estaba a las 5 de la mañana despierto para abrirle la puerta del partido, y terminó botando acusándolo de ladrón, para no pagarle prestaciones.

Uno conoce bien al personaje. Sus examigos sobre todo. Porque si algo ha cultivado Henry es el odio de antiguos amigos. Decenas de personajes me han buscado, a lo largo de los años, para contarme afrentas, insultos, denuestos o conjuras. Como su especial relación con Gonzalo Pérez Hernández, principal acusador contra CAP, a quien le pasaba datos contra el presidente y como premio por sus servicios, lo convirtió en padrino de bautizo de su hijo menor. O su rol como Cicerón, pasando datos a José Vicente Rangel. O su intriga doméstica contra las esposas o amantes de presidentes o ministros, a quienes parece no perdonarles tener la fama de mujeriegos que él, por cierto, no tiene. Las razones sórdidas prefiero dejárselas a la imaginación.

Pero henos aquí. La historia de un partido que fundaron varias de las mentes más lúcidas del país, convertida en la historia de un personajillo sin lustre ni capacidad. De Betancourt, Gallegos, Andrés Eloy, Leoni, o Barrios, a estos macheteros. El partido que tuvo un papel histórico hoy se ha convertido en el papel tualé de las diarreas de unos cobardes, tramoyeros y negociantes. Por cierto, negociantes malos. Personajes que de verdad creen que otra vez les dejarán las pólizas disponibles para negociarlas con el Grupo Pronto, con Nubice, con los testaferros mirandinos o con los hermanitos Castillo, todos prófugos. De verdad creen que gobernarán. Sienten que están en una especie de segundo gobierno de Lusinchi o tercero de Caldera, donde se puede pactar y sobrevivir.

Todos queremos que fracasen. Quisiéramos pensar que no podrán lograrlo. Pero también, y he ahí la tristeza, vemos al país que se rindió ante una clase política podrida y nos queda solo entristecernos más. Es verdad: otra vez el mandado está hecho. Lo que hicieron los gobernadores adecos ayer, no fue juramentarse ante la Constituyente. Lo que hicieron ayer fue ratificar el pacto de permanencia del narcorégimen, por el tiempo que sea necesario para ellos.

Hoy, AD es blanca no por sus banderas, sino por la cocaína que sustenta al narcorégimen del que han decidido, por mandato de los intereses económicos que los mueven y ordenan, formar parte como sustento necesario.

Solo queda parafrasear a Carlos Andrés: Para AD, hubiésemos preferido otra muerte.