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Carta de un padre suicida venezolano | Por Eliécer Hernández

30/03/2018 6:20 AM

Eliécer Hernández F.

Venezolano. Especialista en Seguridad Informática. En twitter es @paraguacucho

Queridos familiares:

Ya no puedo seguir guardando este secreto. Me siento abatido como persona, como profesional, como padre, esposo y amigo. El país me ha consumido. Estoy vacío, enfermo y no tengo fuerzas para seguir remando a contra corriente. Me duele no poder dar a mis hijos lo esencial para vivir: ya no puedo llevarlos a comer la pizza que tanto les gusta. A duras penas llegamos a fin de mes con el fruto de mi trabajo y mi amplia experiencia en la carrera que tanto amo. Me duele no poder comprarles todas las cosas que necesitan, porque, a final de cuentas, para eso estamos los padres: para formar y complacer a nuestros hijos, regalándoles sonrisas a lo largo de su vida. Hoy es imposible para un hombre como yo poder cubrir, al menos, esa pequeña obligación.

Me cansé de estudiar para nada: tengo dos carreras universitarias, cuatro diplomados, una especialización y obra escrita. Nada de esto me ha servido para darle a mi familia lo primordial. En mi trabajo, los aduladores son mejor premiados que nosotros, los que llegamos de primero a la oficina y nos vamos al último. La ingratitud de mis jefes me causa repulsión.

Siento que fallé como esposo: no puedo ser el hombre proveedor, ese que mi esposa esperaba que fuera cuando nos casamos. Ni siquiera puedo satisfacerla como mujer desde hace meses por esta maldita enfermedad que hoy me aqueja, y que le he escondido con la excusa del “estrés laboral” para evitar preocuparla. Ese hombre que un día prometió estar con ella en las buenas y en las malas, hoy, ya no está. Va muriendo a medida que escribe estas líneas.

Y si, esposa mía, estoy enfermo. Tengo cáncer en el estomago y no pretendo someterme a ningún tratamiento: primero, porque no hay medicamentos para poder sanarme; segundo, porque los que hay son casi inaccesibles para un trabajador como yo; y tercero, porque sé que moriré y no quiero que carguen con el peso de una deuda gigante por mi tratamiento, ese que, a final de cuentas, me habrá sometido a un gran dolor a cambio de unos pocos días más en este país cruel. Si algo tenemos seguro en la vida es la muerte, y hoy no temo en que me arrope con su cobija. Tengo más que perder si permanezco “vivo” más tiempo. Menos mal pude contratar un seguro funerario para ahorrarles ese gasto.

Amigos míos, lamento no poder haber tenido la fortaleza para hablar con ustedes y contarles sobre mi enfermedad, nunca sentí esperanza alguna de curarme: los trabajadores en este país estamos condenados a morir en la peor de las inopias. Sé que estarán diciéndose entre ustedes cuando lean esta carta “¿Por qué no nos pidió ayuda económica? Nosotros pudimos haberlo ayudado”. No, amigos, sé que ustedes, trabajadores como yo, también pasan por la misma situación, y precisamente para evitar molestias, he decidido abandonar este mundo en paz y sin más dolor,

A todos les pido que me perdonen por abandonarles de esta forma, pero ya no puedo soportar un día más de oprobio. Me siento inútil e improductivo y, antes de llegar a ser un parásito, me despido de ustedes, recordando los mejores momentos que viví con cada uno. Todos le dieron sentido a mi vida.

A mis hijos los amaré por el resto de la eternidad. Si hay otra vida luego de esta, procuraré buscarlos para darles lo que no pude darles siendo lo que hoy soy: un trabajador venezolano más.

Nota del Editor: Eliécer Hernández Falcón ha retratado en este artículo la horrible pesadilla que se vive en Venezuela con el alto número de suicidios, la mayoría de ellos sin que la opinión pública los conozca. Ojalá este dramático texto de un imaginario padre sirva para llamar la atención sobre el horror suicida que atraviesa la sociedad venezolana, al día de hoy.