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Cómo ganarle a la vida venezolana | Por Samuel Hurtado

Las ganas de vivir son la única arma al alcance de cada venezeolano, en este momento (Foto Cristian Hernández) 03/11/2017 10:26 AM

Samuel Hurtado

Sociólogo y antropólogo venezolano de origen español. Autor de numerosos libros, es un dedicado estudioso de la cultura venezolana y de la sociedad nacional en su conjunto.

¿Cómo ganarle a la vida venezolana en una competencia leal y limpia? Leal quiere decir sincera, legítima, comprometida, de aceptación de sí misma porque ganó el otro, y, por lo tanto, la ganancia fue en beneficio de ambos. Es decir, aún perdiendo se gana.

Por mi pequeña historia de 1955 a 1958, en la competencia de premios del concurso según las calificaciones académicas, me aconteció que quedando de segundo ganaba a los que quedaban de primero. Así que fui el campeón en el accésit permanente, mientras que cada uno que se sucedía como primero, sólo ganaba una vez: quedaba fuera de la cabeza del pelotón, mientras yo me mantenía en ella todos los años al final de la carrera, según la jerga ciclista.

En aquél período fui cumpliendo 13, 14 y 15 años de vida. Entre las nubes que comenzaron a poblar mi memoria desde hace poco más de 60 años, recuerdo nombres y lugares. La etapa académica correspondía a los estudios de bachillerato en el pueblo de Tardajos (provincia de Burgos, España). Un tal padre Mayoral, desde algún sitio de América, había donado al colegio un pequeño capital para premios de estímulo al estudiante. El procedimiento consistía en beneficiar a los dos alumnos de cada curso con las mejores calificaciones al final del curso anual. El primer premio consistía en dinero (no recuerdo la cantidad exactamente) y un segundo premio era el accésit: su contenido, el honor.

En el primer año del concurso, el resultado sobrevino sin problemas. Además, se esperaba como ocurrió que el ganador era José Luis, originario de Comillas (provincia de Santander, Cantabria). Venía con una preparación excelente cónsona con aquella villa semi-universitaria; se añadía la demostración de sus ínfulas en literatura y compostura histriónica. Con esperanza inesperada y ansiedad medio frustrada, yo lograba el segundo premio, el accésit, era el del honor1.

En el segundo año, se incorporó al curso académico un nuevo condiscípulo, originario de Cabezas de Alambre, comarca de La Moraña (provincia de Ávila). Venía de otro colegio, donde había cursado ya materias que se dictaron ese año en el de Burgos. Tenía de entrada ventajas. Así en la evaluación de las calificaciones de final de curso se colocó en el primer puesto y su premio en dinero. El segundo premio, el accésit, se lo asignaron al de Comillas, debido al prejuicio de cargar con la fama de ganador en el año anterior. Pero el refrán en pueblo de curtidores de Castilla dice que unos cargan la fama y otros la lana. Revisé mis calificaciones junto con un grupo de compañeritos; las comparamos con los ganadores. Las mías superaban al ganador del segundo puesto. Reclamé al jurado. De nuevo pasé a ocupar el puesto de segundo ganador: ganaba como segundo al que había sido primero.

En el tercer año del concurso, volvió a ocurrir lo mismo pero con otros actores, y la misma lógica. Un nuevo alumno se incorporaba al curso procedente de un colegio de la ciudad de Orense (Galicia). También venía más preparado académicamente, debido a haber cursado ya estudios más avanzados. Con esa ventaja alcanzó ese año el primer premio. El segundo se lo adjudicaron al de Ávila, primer laureado del año anterior: la fama y la lana juntas otra vez. De nuevo reviso las calificaciones con el grupo de compañeritos de curso. Al cotejarlas con las del abulense, las mías superaban. Reclamé, y de nuevo subí al podio con el galardón del accésit.

En conclusión, nunca gané un real (dinero), sino el honor. Pero en la trayectoria siempre como segundo gané a los primeros que quedaban atrás sumergidos en el pelotón de la carrera académica. Al año siguiente continuamos nuestros estudios en otro lugar, en Limpias (Cantabria). Allí no existía el concurso de premios por las calificaciones de final de curso. Tardajos y sus memorias se archivaba como un acervo histórico en mi larga historia académica, concluyéndose actualmente como profesor titular en la Universidad Central de Venezuela.

Después de tantos años (49) de vida en Venezuela, el rebullicio de la vida venezolana, sobre todo en estos años de oscura competencia política, me ha revuelto los archivos de mi acervo memorioso. Es necesario revisar los cómputos, comprobar los números de los votos, y, de saberse ganador, reclamar al jurado, y llevar adelante el trabajo de la reclamación. El jurado parece que nunca está ausente de prejuicios, como el de Tardajos; pero en la vida venezolana, dichos prejuicios están super-teñidos de perjuicios para la endeble sociedad y para la maltrecha oposición humillada al fin.

Todo se lo lleva el gobierno: fama y lana. El gobierno, dueño caciquil del Estado sometido a la nomenklatura socialista, siempre se pretende ganador y se desentiende de reclamos. Además se procura cacarear los propios méritos y adjudicarse todos los recursos (dinero) y hasta secuestrar la honorabilidad, como cualquier laureado de carácter totalitario. Hasta el recurso organizativo de la institución del poder electoral, actúa como parte de esos recursos unilateralmente instituidos. Así el grupo del gobierno termina por apropiarse todo el espectro político. Los controles, las pruebas, los reclamos, los esfuerzos, las rabias y las ansias de la competencia de la sociedad. Los partidos políticos y las organizaciones sociales quedan desfondados en la vida política nacional.

Significa que desaparece dicha vitalidad, y si se aboga por ella para mantenerla encendida, el estado de la misma es de enferma. Es una enfermedad política que atraviesa todo el cuerpo político. Si siempre venía enferma la política en el país, ahora se encuentra en agonía (lucha entre la vida y la muerte). Situación límite a que impulsa el proyecto soviético-castrista, que como subordinación aprovechada unilateralmente por la minoría (nomenklatura) en el poder, establece la estructura dictatorial totalitaria, y, en definitiva, la defunción de la vida política.

Pero también en la oposición política de los partidos cunde la enfermedad de la política: los líderes perdedores no abandonan su puesto y poder personal en la organización partidista y nacional; se mantienen en él de modo perdurable aún sigan perdiendo. Todavía parece que dicha enfermedad alcanza a la masa popular, en lo que representa lo social profundo

¿Cómo?

Esto es lo más grave, porque se trata de toda la vida venezolana, edificada con gérmenes de enfermedad cultural, semejante a un terreno en estado de erial ¿Cuál es la pregunta?: ¿El pueblo venezolano, su vida, tiene la potencialidad de cultivar y producir líderes, es decir, capitanes de la política que le sepan conducir a la verdadera agonía y esta vez apuntando a su salvación; esto es, que sepan jugar con una justicia del derecho, con garantía de los reclamos legítimos y visión de Estado? Preparación en el entendimiento y sanidad de la vida política son las necesidades a satisfacer de un modo urgente en la historia de Venezuela.

Llegar a este terreno de lo social-popular es toparse con el trasfondo de la vida venezolana, de los vericuetos de su cultura antropológica, la de los sentidos de su acción vital. En esta hondura se consigue, como mar de fondo, un desorden con denominación de origen: un embrollo descomunal que al desactivar su capacidad social, le imposibilita hacer comunidad compleja para sincerar su política. Sólo hay que vivirlo para entenderlo

¡Cómo no, eso es verdad!

Pero sólo verdad simple, que al fin es como decir una verdad hasta la mitad.

Los que por vocación (profesional) y con investigación pura nos abocamos a un entender completo, tenemos que concluir la observación de la vida como sentida y decir: Sí, pero no. Y reiniciar el aparato de la visión (teoría). Porque si es verdad que no tengo más remedio que vivirlo para entenderlo, también necesito (con remedio y sin remedio) entenderme a mí mismo en ello para no enfermarme emocionalmente, y aplicar diagnósticos e interpretaciones que gusten o no le gusten a la sociedad venezolana. La práctica científica como asunto ético me impulsa a formularlos.

Y sin embargo, a este nivel no podría hacerme la pregunta de cómo ganarle a la vida venezolana, porque en una aventura loca de vida o muerte, el individuo perderá ante la avalancha de sentido total que contienen las fauces de la aglomeración social.

¿Cómo ponerle remedio a esta condenación a las pérdidas de antemano marcadas?

Entender la vida venezolana con investigación intelectual trae consigo la demanda de una reflexión con un valor añadido de sufrimiento: como una contra-vida dolorosa por oposición a la vida placentera de la cultura matrisocial que preside la vida venezolana. Es un dolor recrecido por la reflexión del entendimiento mismo.

¿Es posible con este entendimiento y su valor agregado de sufrimiento que se alcance el remedio o salvación personal y social?

Seguro que la práctica científica (como de laboratorio) traiga la satisfacción personal a ese nivel con el corazón frío de la inteligencia (aunque ardiendo por dentro con el compromiso de las consecuencias). Pero no trae su remedio completo hasta que la vida venezolana no se venza a sí misma con su propio desarrollo inmanente. A este desarrollo inmanente debe colaborar la vida de la reflexión sufrida del investigador. Como también se debe tener en cuenta a otras colaboraciones con carácter social, como la de los líderes económicos, políticos, culturales, religiosos, junto con las minorías activas que ostentan el proyecto de sociedad, como las organizaciones no gubernamentales. Es el dolor, con textura como la fe, el que justifica la verdad total de ganar en el propósito de salvar a Venezuela.

Así la fe cristiana que enseñe a macerar la subjetividad de los ciudadanos, mediante su apoyo en la compañía de una persona trascendente, puede ser una buena colaboradora; subjetividad que atienda a responder con libertad crecida y esfuerzos de realidad política, que a su vez demuestre dicha fe del compañero trascendente, nombrado como Dios. Si se acepta esta colaboración es con el compromiso de un Dios de justicia y al mismo tiempo de ternura, que comprometa al deseo de un país mejor. Porque si se desea o quiere, la consecuencia de la justicia es ponerse manos a la obra con el fin de activar el poder para cumplir el deseo.

Si al fin se puede, no queda otra alternativa que colocar el ejecútese como meta de la responsabilidad ética precintada en lo que debe ejecutarse. Con el deber se imponen los derechos, y entonces la ética obliga a desmontar la magia (manipulación), la religión fatua (ignorancia) o quizá ingenua, sin cultivar (facilismo, comodidad), con el fin de adquirir la contrarréplica veraz, y ganarle a la vida venezolana, como vida que no se estima a sí misma, sino que consiente mediante su desidia placentera que la condena, como sociedad, a perder permanentemente frente al Estado y el Mercado.

Un saber decantado adquirí cuando con el papel de segundo ganador ganaba aún a los primeros ganadores y los dejaba atrás, al sanear a los jurados de sus prejuicios que los hacían equivocarse y provocar las pérdidas injustas. Pero la vida venezolana, embrollada por su cultura matrisocial, se torna impotente para ganar frente al Estado con políticas beneficiosas, ante un Mercado con intercambios de justicia, y con unos líderes incapaces de orientarla hacia su responsabilidad y compromisos. Como un erial de secano, la vida venezolana no produce sino desconfianzas que potencian su orden anarcoide. Es necesario ganarle en su movimiento de negativismo social para sanearle de su media locura, como dice Salvador Garmendia2, que termina ejercida como una enfermedad social.

¿Cómo ganarle a la locura vital venezolana? DESDE LAS GANAS DE VIVIR.

 

1 El orgullo de mi padre por ese honor fue tan grande que compensó con creces aquella ansiedad frustrada en torno al premio en dinero no alcanzado. Mi padre era un obrero curtidor de pieles, por lo tanto del sector social bajo en la villa de Paredes de Nava, pueblo del centro de Castilla, pobre e impactado aún por los efectos de la guerra civil y el bloqueo internacional a la España de Franco por parte de las potencias.

2 Salvador Garmendia. “El país no sabe hablar”. El Nacional, Caracas, 23 de julio de 2000. Entrevista por Rubén Wisotzki.