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Cuba sigue esclava pero yo me niego a bajar la guardia | Por Alfredo Cepero

25/04/2018 1:57 PM

Alfredo Cepero

Cubano en el exilio, poeta, articulista. Secretario General del Partido Nacionalista Democrático de Cuba y Director del portal La Nueva Nación.Veterano de la Brigada 2506 de Bahía de Cochinos y del ejército de EE.UU.

La semana pasada la tiranía cubana montó uno de los acostumbrados actos de prestidigitación que le han permitido mantener su férrea garra sobre el pueblo de Cuba durante casi seis décadas. Los estudiosos en el tema nos dicen que los prestidigitadores son ilusionistas que crean efectos que parecen mágicos ante observadores incapaces de descubrir las razones físicas o lógicas que sustentan esos efectos. En este caso, cambiaron la cara pérfida y anodina del asesino Raúl Castro por la cara soñolienta y con expresión de burro triste del sigiloso Miguel Canel. Dos caras con expresiones totalmente distintas pero que esconden la misma naturaleza represiva y totalitaria.

El procedimiento es tan viejo como la decrépita tiranía castrista. Entre los meses de enero y junio de 1959, Fidel Castro escondió sus verdaderos propósitos totalitarios detrás del Dr. Manuel Urrutia Lleó, un magistrado honorable de la Audiencia de Santiago de Cuba. Cuando Urrutia advirtió sobre el peligro de la presencia comunista en el gobierno, el tirano lo llenó de improperios y el presidente de dedo tuvo que exiliarse para salvar la vida.

Con su poder absoluto ya consolidado el tirano empezó a mostrar sus verdaderos colores y sustituyó a Urrutia con el comunista de cuello y corbata Osvaldo Dorticós Torrado, quien ostentó el cargo hasta 1976. Por razones y en circunstancias que jamás han sido aclaradas, Dorticós apareció muerto el 23 de junio de1983. Dentro de un régimen que se ha caracterizado por su naturaleza diabólica es lógico que muchos nos preguntemos si Dorticós realmente se suicidó como se dijo en los partes oficiales o fue "suicidado" por sus apandillados cuando se convirtió en un obstáculo para sus planes.

Dando un salto en el tiempo, todo indica que Diaz Canel no fue catapultado a la presidencia por sus habilidades gobernativas ni por su inteligencia política sino por su obediencia perruna al verdadero mandamás de la pandilla de forajidos. Este nuevo presidente sin mando fue escogido entre una decena de candidatos por el propio Raúl Castro como el hombre que habrá de garantizar la continuidad de la revolución castrista. En uno de esos exabruptos vulgares y repulsivos de Raúl Castro, se refirió a Diaz Canel como "el único sobreviviente”.

Todo esto debe de ser una advertencia ominosa para el recién encumbrado delfín. Cualquier lector asiduo de la historia sabe que las revoluciones tienen la tendencia de devorar a sus propios hijos. Danton y Robespierre murieron en la misma guillotina a la que habían mandado a sus enemigos de la víspera. En la Rusia bolchevique, el dictador José Stalin ordenó el asesinato tanto de su esposa como de casi la totalidad del "politburó" soviético. En Cuba Fidel Castro desapareció a Camilo Cienfuegos, abandonó al Che Guevara en Bolivia, fusiló a Arnaldo Ochoa, y defenestró a Roberto Robaina, Felipe Pérez Roque y Carlos Lage cuando se atrevieron a burlarse del dinosaurio e intentaron hacerle sombra.

Quizás para evitar esa suerte Diaz Canel se ha movido con cautela desde los orígenes de su carrera como miembro del partido e hizo profesión de obediencia a su jefe en el discurso de toma de posesión. “Seremos fieles al legado de Fidel Castro, líder histórico de la Revolución y también al ejemplo, valor y enseñanzas de Raúl Castro, líder actual del proceso revolucionario”, dijo este consumado trepador sin el más mínimo asomo de pudor. Y para hacer patente su fidelidad a la más rancia ortodoxia castrista dijo que su gobierno continuará confrontando "las amenazas del poderoso vecino imperialista”.

Comparto, por lo tanto, la opinión de muchos analistas y expertos en la realidad cubana en cuanto a que en nuestra desdichada patria no ha cambiado nada. Raúl Castro se mantiene como General y Jefe del Ejercito. Su hijo, el Coronel Alejandro Castro Espín, es el jefe de los departamentos de Inteligencia y de la Policía Política, además de ser quién da el Visto Bueno en la designación de cualquier funcionario de alto nivel. Allí no pasa nada ni se mueve nadie sin el permiso de la dinastía Castro.

Lo que no comparto es la resignación y hasta el derrotismo de aquellos que han decidido darse por vencidos y bajar la guardia. Esto lo digo con todo respeto por quienes así piensan y sin el más mínimo asomo de arrogancia o de ínfulas de superioridad por parte mía. Es perfectamente lógico que, después de tantos años, de tantas traiciones y de tantos desengaños, a muchos cubanos que han luchado como verdaderos patriotas se les hayan agotado las energías, las esperanzas y las ilusiones.

Pero yo no reacciono ante los acontecimientos con mentalidad colectiva. Esa es la forma en que reacciona un rebaño de carneros. Soy un fiero defensor de la capacidad de cada individuo para tomar decisiones según su propia perspectiva y desde su individual punto de vista. Estoy convencido de que las mayorías no tienen un monopolio en las cuestiones de la vida, la libertad y la justicia.

De hecho se equivocan con frecuencia como ocurrió en la Alemania de Hitler, la Cuba de Castro y la Venezuela de Chávez. En esos casos, los hombres y mujeres que tienen el coraje de pensar y actuar por sí mismos, aún al riesgo de confrontar la ira de los malos y las críticas de las mayorías, son la mayor garantía de la defensa y la preservación del bienestar colectivo. Nuestras guerras de independencia no fueron apoyadas por la mayoría de los cubanos de aquel tiempo.

Por otra parte, es verdad que nada ha cambiado en la estructura y los procedimientos de la dictadura. Los amos se preparan para perpetuar su poder sobre un pueblo que parece resignado a su condición de esclavo. Pero también es verdad que nada ha cambiado en las condiciones precarias bajo las cuales vive el cubano.

Por ejemplo, los profesionales no reciben el beneficio de los esfuerzos hechos para alcanzar sus niveles académicos, los obreros reciben un salario miserable, la fuerza laboral está integrada por ancianos incapaces de desempeñar sus labores, los anaqueles de los comercios están vacíos, los hospitales siguen siendo la antesala de los cementerios, los ciudadanos son vigilados por sus vecinos, los opositores siguen sufriendo represión y castigo, la práctica de la religión es regulada por el estado, las escuelas producen graduados semi-analfabetos y los jóvenes cifran sus esperanzas en tierras lejanas.

Los vejetes que integran el Buro Político del Partido están sentados sobre un polvorín, no importan cuantas caras nuevas quieran venderle a sus ciudadanos y al mundo. Miguel Díaz Canel representa un nuevo capítulo porque el capítulo anterior ya está obsoleto. Y esta es una espada de doble filo. De hecho, las tiranías corren peligros cuando abren nuevos capítulos porque su continuidad depende en gran medida de su inmovilismo. Todo movimiento, por pequeño que sea, es favorable a los opositores.

Yo, por mi parte, sigo luchando con las armas a mi disposición por débiles, escasas e inútiles que parezcan. Siempre serán más efectivas que las de aquellos que han decidido darse por vencidos y bajar la guardia. Sigo luchando no porque esté seguro de la victoria sino porque la aceptación de la derrota sería traicionar a tantos patriotas que han caído en el camino, al igual que negar la razón y el sentido de toda mi vida. Y esa es una herencia que jamás dejaría a mi descendencia.