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Cultura y revolución, ese amor imposible | Por Antonio Sánchez García

Cuando los comandantes, sus capitanes y tenientes golpistas han oído la palabra cultura, han corrido a echar mano de sus pistolas (Foto: Cristian Hernández @FortuneCris) 30/08/2017 9:10 AM

Antonio Sánchez García

Historiador y Filósofo de la Universidad de Chile y la Universidad Libre de Berlín Occidental. Docente en Chile, Venezuela y Alemania. Investigador del Max Planck Institut en Starnberg, Alemania. En twitter es @sangarccs

A los oyentes de Mágica FM y 92.9, a sus directivos y a quienes, desde sus micrófonos, acompañaban nuestros tristes días felices

Innegable el derroche de creatividad, libertad artística, fantasía e imaginación de los que hiciera gala la revolución cubana en esos aurorales primeros meses del despertar libertario mientras seguía siendo, perdón por la redundancia, popular, contestataria, anti reaccionaria y ejemplarmente “revolucionaria”. Cuando el volcánico fervor despertado en el pueblo cubano por sus afanes libertarios tumbaran la dictadura del sargento Fulgencio Batista y el empuje de los barbudos de la Sierra Maestra fumigando el olor a alcohol y creolina, a corrupción, a prostitución y canallería, a proxenetismo y cabaret, a coca, marihuana y morfina de los últimos días del Batistiato.

Cuando los grandes cineastas, novelistas, pintores, poetas, filósofos y pensadores del mundo entero – desde Sartre a Simone de Beauvoir y desde Hans Magnus Enszensberger y Heinrich Böll a Octavio Paz, a Mario Vargas Llosa, a Pablo Neruda, corrieran asombrados a presenciar el milagro: una revolución “liberal”, si cabe el término, anti estalinista, anti comunista incluso, desprovista de la mordaza y la sangre, de la carnicería que acompañaran a las revoluciones desde los tiempos jacobinos y bolcheviques, de la oscuridad y la opresión, de la barbarie y la muerte. Hablamos de los primerísimos tiempos aurorales, cuando el vampirismo castrista todavía ocultaba sus garras y muy pocos imaginaban que muy pronto el comunismo se apoderaría de su primera presa latinoamericana. Violando para siempre la virginidad revolucionaria de un Huber Matos y un Camilo Cienfuegos.

Que yo recuerde, fue la primera revolución en la historia universal de las revoluciones que contó con una pléyade de grandes cantautores, músicos, escritores y cineastas que rompiendo los adocenados cartabones del entretenimiento popular le dieron alas a la poesía y a la trova, a la felicidad y a la alegría. Era el reinado de los grandes entre los grandes. Nos desvivíamos por encontrar un 45 RPM con las canciones de Silvio Rodríguez y Noel Nicola, Pablito Milanés y Sara González. No eran, claro está, del gusto cursi y populachero de los políticos tradicionales. Incluso de los de la ultra izquierda. Miguel Henríquez, el secretario general de mi partido, el MIR chileno, arriscaba la nariz al oír La era está pariendo un corazón: lo suyo era Bésame mucho y Julio Iglesias. Y según me contaran, el Che, Fidel y Raúl Castro tenían una auténtica zanahoria en la oreja. Los usaron para seducir y conquistar a las juventudes latinoamericanas, pero ellos tenían un corazón de hojalata y el gusto prostibulario de los caudillos a los que sólo les entretiene el poder y el dominio esclavizante de las mayorías.

Jamás se llevaron bien la cultura y la revolución. Que lo digan Maiakovsky, el gran poeta ruso y Haydée Santa María, la creadora de Casas de las Américas, las más altas consciencias artísticas de ambas revoluciones, suicidas por desesperación ante la inmundicia represora, policíaca y terrorista por la que dieran sus vidas. Devorados por el desencanto ante la arrogancia, la soberbia, el desprecio, la inhumanidad y el gansterismo extremo de aquellos que elevaran a las alturas de la idolatría. Cuando tuvieran que descerrajarse la sien ante lo rufianesco y desalmado de sus héroes de pies de barro.

Ésta, de milicos y traidores, de narcotraficantes y ladrones, de mediocres e ignorantes irremediables jamás contó con esos brillos iniciáticos. No tuvo artistas de fuste, no tuvo grandes creadores, no tuvo ni siquiera buen gusto. No se diga otro trovador que el ya fallecido e inocente Cantor del Pueblo. Ha sido una revolución antirrevolucionaria, reaccionaria, retrógrada y retardataria, oscurantista, decimonónica y cuartelera. De allí el asalto como su más crasa seña de identidad: asaltar el Museo de Arte Contemporáneo Sofía Imber, convertir el Teresa Carreño en el urinario de las festividades presidenciales, robarse Radio Caracas Televisión, atracar y amenazar con hambre y desasistencia a nuestras universidades, liquidar la investigación y confundir el folklore de cervecería con la maravillosa expresión de nuestros campos, llanos, montañas y pesquerías. Una revolución sin coplas ni joropos, sin malagueñas ni polos, no se diga novelas de la grandeza de un Rómulo Gallegos o un Ramón Díaz Sánchez. Pedrería de poetastros y ambiguos y viejos cineastas chupasangre. Ni un solo Ramón y Rivera, ni una Isabel Aretz, ni un Juan Liscano, ni un Alfredo Sadel, ni un Tomás Gutiérrez Alea, un Humberto Solás o un Juan Carlos Tabío. No se diga una Margot Benacerraf o una Teresa Carreño. Pura basura a la caza del dólar preferencial.

Siguiendo al pie de la letra la voluntad goebbeliana: cuando los comandantes, sus capitanes y tenientes golpistas han oído la palabra cultura, han corrido a echar mano de sus pistolas. La cultura es blasfemia, libertad, protesta. La cultura abre espacios a la inteligencia, al entretenimiento y a la imaginación. A la burla y al sarcasmo desenfadados de nuestra juventud prometeica. A la ironía, máxima virtud de la sensibilidad y la perspicacia. Ese humor culto y fino que brillara en Zapata, en Aquiles Nazoa y brilla hoy en Claudio Nazoa, en Luis Chataing y esa pléyade de jóvenes animadores que solía escuchar en La Bomba hasta hace unas horas por 92.9 FM. Disonancia y diversión desde que despuntaba el sol: una luz de felicidad, una chispa de esperanza, un sostén en la desventura y la desgracia. Somos más, infinitamente más que el discurso reiterativo, mendaz, falaz y engañoso del poder.

Nos faltarán también la ácida e intraficable crítica de Mingo y Marianella Salazar, esas anclas de la emisora dirigida con amor y con empeño por Amalia Heller, nuestra amiga de tantos combates. ¿Sabrán estos arribados a lomos del teniente coronel Hugo Chávez para saciarse a su sombra, cuánta sangre, cuánto sudor y cuántas lágrimas ha costado levantar esas y todas las emisoras de las que se han apropiado en un feroz acto de matonaje y saqueo? ¿Para entregárselas a la pútrida mediocridad de quienes trapean el piso con una obra de arte que no comprenden ni disfrutan? ¿Y vienen a aprovecharse de lo que otros construyeron?

Angelus Novus, esa maravillosa acuarela del suizo Paul Klee que tanto amara Walter Benjamin, el más fino, inteligente y perspicaz crítico de la cultura judeo alemana, parece espantarse al ver la montaña de ruinas y devastaciones que amontona el pasado del que pretende escapar. Y le impide hacerlo pues aprisiona sus alas. También nuestros ángeles intentan escapar de esa montaña de devastación, crueldad y crímenes que nos aplastan. Sobre esa montaña de cinismo, abusos, ultrajes y violaciones también hay emisoras, canales de televisión, libros, periódicos, revistas y cultura derruida. Actrices y actores, analistas y comentadores que hoy intentan seguir sus vidas en el destierro.

Aunque no cesa la esperanza. Mucho más temprano que tarde, el ángel nuevo de nuestra libertad echará a volar. Para nunca jamás volver a ser aherrojado. Es nuestra promesa sagrada. Volveremos a ser un gran país. Escríbalo.