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De Emparan a Castro, en dos siglos: Ni Dios ni Patria | Por Daniel Lara Farías

La caricatura es de la siempre pertienente caricaturista Rayma, objeto de consuetudinaria censura por parte del régimen que controlan desde La Habana los personajes retratados 19/04/2018 8:45 AM

Daniel Lara Farías

Editor de La Cabilla. Internacionalista de formación y comunicador por vocación. Conduce el programa radial Y Así Nos Va por RCR 750AM de lunes a viernes a las 4 PM. En twitter es @DLaraF

I

En principio, todo es mentira. Es por allí que debemos empezar cualquier análisis sobre la Independencia de Venezuela.

Todo es mentira. La independencia es mentira, el relato de la independencia es mentira, es mentira la Patria, es mentira el patriotismo.

Todo es mentira.

Es mentira la historia contada, la historia escrita y la historia aprendida de memoria.

Todo es mentira.

Arrancando de allí, entremos en materia.

II

El cuento que desde primaria nos han lanzado, va así: El pueblo de Caracas quería ser independiente de España, por eso un jueves santo se fue en masa al despacho del Capitán General Vicente Emparan y le dijeron “No te queremos”. Ante esto, el tipo dijo “Claro que me quieren”. Ante eso, los visitantes le dijeron “A que no te asomas al balcón y le preguntas al pueblo, ¡A que no lo haces!”. Emparan dice “Claro que me asomo, ¡Miren!”. Y allí, asomado, le pregunta al pueblo reunido bajo el balcón:

¿Queréis vosotros que os siga gobernando?

Ante lo cual el pueblo, orientado por un cura apellidado Madariaga que a espaldas del Capitán General le hizo señas a la audiencia, respondió:

¡No, no te queremos!

Y ante semejante respuesta, el delegado de la Corona en Venezuela, con la mala hostia vascuence legendaria, respondió:

¡Entonces yo tampoco quiero mando!

¿No es demasiado guión de comedia mexicana todo este cuento del “Yo tampoco quiero mando”?. Una especie de “Al cabo que ni quería” del Chavo del 8, con poca gracia además.

Unas cuantas preguntas ponen a prueba el relato oficial, que nos han impuesto como historia independentista en nuestras escuelas, cuando cada 19 de abril es precedido por una tarea de la maestra de sociales donde nos piden investigar lo ocurrido “el día de la declaración de la independencia”, incluyendo además un dibujo sobre el hecho. ¡Ah, el dibujo! ¡Qué sería de los balcones y de las sotanas asomadas en balcones si no fuese por la tarea del 19 de abril!

Las preguntas son básicas:

Cuando dicen que “el pueblo” pidió independencia ese día, y que se aglomeró frente al balcón del Capitán General ¿Que entienden como pueblo? ¿A hombres y mujeres de todas las clases sociales? ¿A hombres y mujeres mantuanos y pardos, pero no a los negros e indios? ¿A hombres mantuanos y mujeres mantuanas acompañadas de sus esclavas negras sosteniéndoles la sombrilla? ¿A hombres blancos criollos, pardos, negros, indios?

Tomando en cuenta el sistema de castas existente para la época, además del rol asignado a la mujer en esa sociedad colonial, es más que probable que en esa aglomeración frente al balcón, hubiese solo hombres, blancos criollos, algunos blancos de orilla y muy probablemente algunos pardos sumados como es normal a una turba en la plaza.

Las señoritas de bien, las señoras de bien, no se iban a sumar a un tumulto.

Los negros no se iban a sumar a una pelea de blancos, porque ellos son blancos y se entienden.

Los indios, despojados de siempre, seguro huirían de cualquier tumulto donde unos blancos gritaran, pues cada vez que un blanco gritaba en el Nuevo Mundo, un indio perdía.

Obviamente, esa caterva de bolsas aspirantes a marxistas del Centro Nacional de Historia, serán capaces de decir que el 19 de abril fue un levantamiento proletario. Son capaces de eso y más. Pero lo que si es un hecho incontestable, es que el concepto de “pueblo” en una sociedad de castas, es un poco difuso. Descártese entonces eso de que “el pueblo” se alzó contra el Capitán General.

Pero suponiendo que sí, que había pueblo y que el pueblo se alzó y se fue a la plaza, a gritar frente al balcón, bastaría preguntarse ¿Cuánto pueblo había?

Quienes hemos pasado más de una vez por la zona de los acontecimientos, sabemos que allí muy difícilmente pueda armarse un tumulto de más de mil personas. No da para mucho más el espacio.

Luego, desde ese balcón, con una plaza llena de gente haciendo ruido ¿Es posible que se escucharan las palabras de Emparan? La respuesta es más que obvia, si se recuerda el tema del sacerdote haciendo señas detrás del funcionario. No se escuchaba lo que decía.

Pero si no se escuchaba lo que decía ¿Por qué hubo gente que dijo “No” a la pregunta de Emparan? Suena lógico pensar que esa gente que gritó negando, respondía a las órdenes del sacerdote que hacía las señas.

¿Quién era ese sacerdote? José Cortés de Madariaga. En su carta de rendición de cuentas al Rey sobre los sucesos, Emparan dijo de él que se trataba de un revoltoso que se hacía llamar “diputado del pueblo”. Tambien dijo que quienes gritaron “no” a su pregunta, estaban muy lejos para escuchar lo que preguntó, y que respondieron así solo por las señas de Madariaga y otros revoltosos, a quienes acusan de haber traído, mediante paga, a los tumultuarios que negaron la continuidad de Emparan.

Así, en el lastimoso relato de Emparan, plagado de excusas y denuestos de hombre depuesto, se entienden varias cosas:

1.-El Capitán General era un inepto

2.-Los conjurados estaban organizados

3.-Como dice Ángel Grisanti en su libro1, el 19 de abril no fue más que un golpe de estado. Lo demás, es retórica de historiador obsecuente con los conjurados (que siempre una conjura tiene quien le escriba halagos, y siempre será así).

Es mentira el cuento glorioso. Obviamente.

III

Dice el derrocado Emparan:

“Decían al pueblo (esto es, a 400 ó 500 hombres que contenía la casa capitular, casi todos, si no todos, de su facción) que la España estaba perdida sin recurso: que no quedaba a los españoles sino Cádiz y la isla de león, cuando yo me esforzaba a que el pueblo supiera el verdadero estado de la España e instaba que viniese mi Secretario con la correspondencia que acababa de llegar para que el pueblo viese que Galicia, Asturias, Extremadura, valencia, Murcia y otros grandes Departamentos estaban sin un francés y con ejércitos españoles, alzaban el grito para que no fuese yo oído, repitiendo que no tenían necesidad de leer más papeles, que estaban cansados de leer papeles, que no contenían sino paparruchas y mentiras para engañar al pueblo, y por más que me esforzaba en que los leyesen, porque nunca podía perjudicarles el ver su contenido, que de lo contrario, engañaban al pueblo cuya voz pretendían representar, no fue posible conseguirlo…

De este modo estuvimos en la sala Capitular los que luego fuimos presos, rodeados de los revolucionarios armados y prontos a asesinarnos. Un Don José Cortés de Madariaga, chileno, Canónigo o Racionero de Caracas, que se hizo diputado del pueblo, pedía que yo dejase el mando.

Respondí que ni él era diputado del pueblo ni creía que éste lo pedía. Me levanté de mi asiento y asomándome al balcón dije en alta voz: si era cierto que el pueblo quería que yo dejase el mando, y los que estaban más inmediatos y a distancia de percibir lo que se les preguntaba, respondieron “no, señor, no”, pero otro más distante a quien los revolucionarios hacían señas del balcón porque no me podían oír, y era sin duda de la chusma que tenían pagada, dijo que sí: y sobre este sí de un pillo, los mantuanos revolucionarios me despojaron del mando, obligándome a que les transfiriese al cabildo, que hizo cabeza de la rebelión, por más que pretexté la nulidad del Acto pues no estaba yo autorizado para renunciarle.

El subrayado es mío, obviamente.

El relato de Emparan está contenido en su carta al Rey, explicando los sucesos de abril de 1810. La carta es del segundo semestre de ese año. Y su contenido es explicativo de lo mal informado que estaba como gobernante, de lo alejado que estaba de la realidad del país que gobernaba y, además, revela un candor legalista de tal nivel, que podría entenderse que los opositores venezolanos de hoy, son herederos de ese Emparan que ante un hecho de facto, esgrime “la nulidad del Acto, pues no estaba yo autorizado para renunciarle”.

Si algo podemos decir, sin duda alguna, es que el 19 de abril es una fecha histórica innegable. Sin duda alguna, ese día ocurrió algo que marca nuestra historia, pero no es la independencia lo que ocurre. Lo que ocurre es, precisamente, la dependencia impuesta a la sociedad.

La sociedad venezolana de la época y la sociedad venezolana posterior, intenta resolver los hechos de fuerza con una ley, con una letra, con un código. Ese intento puede durar días, semanas, meses o años. A veces, hasta un siglo entero. La sociedad es despertada de esa ensoñación por los tiros, los sablazos o machetazos. Pero pronto vuelve a dormirse. Y así, de ley en ley, de intento legalista en otro, sigue sin darse cuenta: la bota militar somete a la sociedad a su antojo, desde que Venezuela es Venezuela.

Lo demás, es anécdota.

IV

Ese Cabildo que dio el golpe de estado el 19 de abril, fue finalmente sometido. La sociedad que creía resolver sus contradicciones con un acta o una ley o una constitución, fue despertada por el horror de la guerra. Por el horror de Boves, de Ribas, de la Guerra a Muerte de Bolívar, de las ejecuciones de heridos, del saqueo, de las violaciones de mujeres solas, del reclutamiento forzoso de niños de 12, 13, 14 años.

Y al finalizar la guerra, obviamente se repitió la historia una y otra vez. No hubo manera de que la sociedad se sacudiera el poder militar y su arbitrio. Nos condenamos una y otra vez a repetir la historia, a ser dependientes de la bota. Y esa bota fue capaz, en determinado momento, de volver atrás.

No somos ya República, hemos vuelto a ser Capitanía General. Con un cambio de metrópoli, de Madrid a La Habana, pero independientes no somos.

Y he aquí que la metrópoli cambia de regentes. La Casa Castro se hace a un lado hoy 19 de abril de 2018, con la abdicación controlada del soberano Raúl Castro, especie de Pepe Botella sin francés, pero con botella y bonapartismo. Y nos llega un nuevo soberano, Miguel Díaz-Canel, a quien probablemente en Caracas se le harán homenajes que no se le hacen a soberano alguno en nuestra capital, desde que se celebró por todo lo alto las “Juras de Fernando VII”. Tanto se celebró en Caracas el advenimiento del desgraciado Borbón, que las viejas coloniales del siglo XIX para referirse a una gran fiesta, decían: “eso fue más fastuoso que las Juras de Fernando VII”. Poco hemos cambiado. Díaz-Canel será homenajeado fervorosamente por sus súbditos caraqueños, pasarán los años y quien sabe qué será de nuestro país.

Y digo quien sabe, porque no veo plan a la vista para encabezar un 19 de abril contra el representante de la metrópoli. Los blancos criollos caraqueños de hoy, se creen más mantuanos que los de ayer. Los pobres, neomantuanos de verdad creen que el país comienza en la plaza de su urbanización y termina en el patio de su colegio. Barboza no es un Marqués del Toro. Leopoldo no es Bolívar, por más que quieran hacerlo ver así con su aparato de marketing. El Padre Palmar está más loco que Madariaga, así que no cuenten con él. Ni hablar de Ledezma, que aunque se moleste conmigo, no quiere dar pie con bola el pobre. Ni hablar del ánimo levantisco. Eso se desapareció con el hambre. Del ánimo rebelde, solo queda el equipo de cheerleaders turquesa de María Corina, que no se si quiere ser Luisa Cáceres, Maria Antonia, Josefa Camejo o Juana de Arco. Pero hasta ahora, cada vez que habla, solo me dan ganas de cantar aquella canción de Karolina: “no me digas mentiritas/que yo se bien la verdad”.

Y dirá usted, con razón: Pero bueno Daniel, a ti no te gusta ninguno, contra todos tienes algo.

Y sí. En efecto. Contra todos tengo algo. ¿Por qué? Porque los siento a todos actuando como Emparan: blandiendo la ley frente a las armas. Y podrán caerme bien algunos, podrán ser amigos otros, pero sinceramente: a estas alturas del juego, ya uno no está para defender a los amigos equivocados en su afán de seguir hablando de patria, de patriotismo, del “lado correcto de la historia”, mientras los venezolanos, otrora ciudadanos y hoy súbditos del castrismo y de sus capitanes generales, escarban en la basura a ver si logran llevarse algo al estómago.

Mientras, la dirigencia sí desayuna, almuerza y cena, hablando de legalidades y legitimidades.

Que dios nos ampare.

1Angel Grisanti: Emparan y el golpe de estado de 1810