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El 27-F despertó el monstruo que aún destruye | Por Daniel Lara Farías

27/02/2018 1:23 PM

Daniel Lara Farías

Editor de La Cabilla. Internacionalista de formación y comunicador por vocación. Conduce el programa radial Y Así Nos Va por RCR 750AM de lunes a viernes a las 4 PM. En twitter es @DLaraF

I

El chavismo, esa casta criminal que secuestró al Estado para con recursos “legales” someter a la Nación e imponer el comunismo, hace uso frecuente de simbologías propias para validar su historia. Y cuando digo “su historia” me refiero a la que ellos han intentado escribir, torciendo la visión ya aceptada por la sociedad. Esa historia en la cual los hechos y personajes serán lo que el chavismo necesite que sean: Bolívar mulato amamantado por una esclava cubana y nacido en Barlovento, Páez un traidor oligarca, Ribas un santo incapaz de matar a nadie, Guzmán Blanco un venerable, Zamora un beatificable, Medina una víctima, Betancourt el diablo, Carlos Andrés el hijo del diablo y así.

En esa historia chavista, hay hitos, fechas y símbolos, además de mitos y leyendas. Uno de los hitos es precisamente el 27 de febrero, fecha que durante mucho tiempo la propaganda oficial denominó con el ambicioso nombre “Día del despertar de la historia”. Es decir, la historia nacional dormía hasta ese día, según el relato validador de fechorías de la turba asaltante. Y según ese relato, la cosa va así: el pobre pueblo hambreado por los malditos adecos neoliberales capitaneados por el demonio que era CAP, salió a la calle a buscar la comida que tenían acaparada los malditos capitalistas comerciantes hambreadores, para variar extranjeros herederos de Colón y Vasco da Gama y Marco Polo. Con la rabia de sentirse con hambre y despojados de lo que se supone es suyo por derecho adquirido al nacer en esta tierra, con el ímpetu de nuestros libertadores reventaron con mandarrias las santamarías herederas de La Pinta, La Niña y La Santa María y mientras saciaban el hambre de sus hijos, los malditos adecos dieron la orden de matar a los hambreados, obligando a los pobres militares a ser objeto de la maldición bolivariana “Maldito el soldado que dispare contra su pueblo”.

Los pobres militares sojuzgados por esos malditos adecos asesinos, disparaban llorando a su pueblo, mientras los adecos reían viendo la sangre correr. Después de ese horror que les tocó ver, los pobres militares dijeron ¡Ya basta! Y empezaron a unirse a la conjura para acabar con ese régimen asesino del pueblo. Decidieron los nobles militares herederos de Bolívar ponerse del lado de los hambrientos. Y así, el 27-F parió de sus entrañas al movimiento regenerador del pueblo que estalló el 4-F de la mano del nuevo libertador que es Chávez, el comandante supremo de la guarapera esta.

Fin de la historia, sin Fukuyama. Lo demás, es anécdota.

En resumen: el chavismo es hijo del 27-F. Eso dice la historia chavista.

Pasa por alto, sin embargo, dos detalles capitales: en primer lugar, el 27-F no fue un hecho espontáneo, sino una jornada de agitación orquestada por los grupos de izquierda delictiva que desde hace años manejaban la tesis del estallido social como motorizador de una acción de caos que permitiera desestabilizar la democracia y validar la construcción de regímenes de fuerza. Eso lo han confesado varios de los involucrados, gente que se salió del carril del comunismo de otrora y que han echado el cuento recientemente, dejándolo por cierto documentado en algunas investigaciones, como la realizada por Thays Peñalver en su libro “La conspiración de los 12 golpes” donde además se revela que la tesis no es nacional, sino creada en los laboratorios del mal que en pos de la “revolución global” manejaban en los ochenta Cuba y Gaddafi, para desestabilizar la región.

En segundo lugar, los asesinos son los que disparan. ¿Quienes dispararon? Los militares. Los que usaban el mismo uniforme de Chávez, Arias, Baduel, etc. En la tesis chavista de interpretación del 27-F nunca se revela donde estaban los cabecillas del régimen aquel día y qué estaban haciendo. Ya Padrino López, Carneiro, Maniglia, Baduel, entre otros, estaban en las FAN y tenían rango para estar, en efecto, actuando. Uno de los conjurados del MBR-200, por cierto, cayó ese día “en acción”, no se sabe cómo ni de qué manera. Felipe Acosta Carlez, hermano del general del eructo. Ese dato lleva a preguntar ¿Qué estaba haciendo ese personaje cuando fue asesinado? ¿Quién lo asesinó? ¿Estaba saqueando? ¿O disparándole al pueblo?

Chávez dijo más de una vez que en esas fechas él estaba de reposo porque tenía lechina. Obviamente, Chávez es el rey de las coartadas. Sean diarreas con Kaopectate o lechinas con Caladryl, siempre tenía una coartada. Pero no pueden engañarnos con el cuentico ese de que estaban del lado del pueblo. No lo estaban, el pueblo no esta saqueando sino horrorizado por los saqueos.

II

Los que tenemos memoria y edad para recordar, tenemos cosas en el recuerdo. Por los días ya de marzo, luego de los momentos más duros que parecieron tomar por sorpresa al gobierno, vimo al jefe civil del gobierno de la época. Al Ministro de Relaciones Interiores, Alejandro Izaguirre (el policía Izaguirre) hablándole al país con un hilo de voz que se fue desvaneciendo poco a poco, dando el parte de los sucesos a nivel nacional. Decía el ministro que “todo estaba controlado a excepción de algunos focos en Caracas” cuando de repente le ganó la emoción o la falta de ella. “No puedo, disculpen”. Y se fue, como si nada. El video del momento existe y pueden verlo a continuación.

Obviamente, el ministro no podía con su alma, menos con el país. Y allí, apareció el monstruo que hasta hoy no ha vuelto a su jaula: El Minotauro Militar, como lo llama Federico Boccanera en su artículo.

El Minotauro se materializó en el Ministro de la Defensa de aquel momento, Ítalo del Valle Alliegro. Con su uniforme y en cadena nacional, le dijo al país que no solo las cosas estaban controladas por la FAN sino que la FAN era “estructuralmente democrática” y que iba a mantenerse así. De eso, también hay un documento gráfico:

¿Qué pasó después de esas palabras? Pues que el país entero dijo: Ese es el hombre. Coño, por fin. Un parao a este bochinche. Porque este desorden no puede seguir. Plomo a esos tipos. Basta ya de saqueos, que venga el orden. Ajá, están los militares allí, se acabó la mamadera de gallo.

Por supuesto, no era al General Alliegro a quien se aplaudía, sino a su uniforme. Por eso fue presidenciable hasta que se quitó el uniforme y se convirtió en un civil más. El país quería una mano dura, quería al Minotauro militar. A ese al que aludían las encuestas ampliamente difundidas por la prensa de la época, en la que la gente manifestaba no creer en ningún político ni en ningún partido, más de lo que creían en la Iglesia, la FAN y las Universidades.

Por eso, se despertó el monstruo: El Minotauro Militar apareció en medio del desorden. A poner orden. Y los mismos aplausos que se llevó Alliegro el 27-F, se los llevaron los que se alzaron el 4-F del '92. Listo. Lo demás, historia: se le puso un rostro al monstruo, se le dio un discurso, se le dio una paarafernalia “pop” y de ahí, al estrellato y al poder.

El epitafio de la República se escribió, sin duda, con la sangre derramada por los militares el 27-F y el 4-F.

III

Yo sí creo que el 4-F es hijo del 27-F, pero no por las razones que esgrime el chavismo para validarse. Son incapaces de decirle al país que son la representación de la mano dura que una sociedad vacía pedía a gritos, en medio de su inconsistencia como Nación para encontrar soluciones a sus problemas. La sociedad pedía una mano dura porque su capacidad era débil y frágil. Una Nación incapaz de defender la República, siquiera de entender su significado.

Más que un vacío de poder, desde hace rato tenemos lo que Boccanera llama “Vacío de país”. La República fue asesinada a mansalva por el Minotauro Militar y la Nación la dejó morir. Ni una lágrima por la República, que tiene además que soportar que se use al arma del crimen (la Constitución del 99) como herramienta para defenderla. El horror no se divisa, sin duda.

El asesinato de la República es un crimen nacional. Recordando la carta de suicidio del cubano director de la Revista Bohemia, Miguel Quevedo, culpable somos todos. Culpables los que no defendimos, los que dispararon, los que no lucharon. Culpables los que aplaudieron, los que dieron tribuna, los que dieron financiamiento al asesino Minotauro.

Y sigue allí el Minotauro, en el imaginario. A él acuden los defensores de la Constitución del 99 que, creyendo combatir al régimen, indican que “los militares deben cumplir con su deber constitucional”, como si no tuvieran 18 años cumpliendo con el deber que les asigna la Constitución chavista: someter a la ciudadanía. A ese monstruo acude, para horror continental, los EEUU cuando dicen que no verían mal una insurrección militar. O sea ¡Hasta el Departamento de Estado, hasta la Administración Trump ha decidido creer en la mano dura del Minotauro militar que tiene 208 años ahorcando a la civilidad!

¡Dios mio! ¡Dame paciencia o dame la paz, que entender desespera!