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El Colettismo, fase superior del dialoguismo | Por Manuel Gerardo Zapata

La eterna trampa del diálogo con la tiranía tiene defensores en cierta clase académica, que sueña con inclinarse ante el tirano, como Capriles en esta foto. 24/07/2017 8:42 AM

Manuel Gerardo Zapata

Manuel Gerardo Zapata es estudiante de medicina en la UCLA de Barquisimeto, estado Lara. En twitter es @ManuelGZG

El dialogismo, mezcla entre cristianismo preconstantineano, socialismo y merengue dominicano, es una forma de afasia fluida: la gente que lo padece une sofisticadamente muchas palabras pero no dice nada, es pensamiento inorgánico en estado puro.

Carlos Raúl Hernández, si no es que tiene sus financiamientos oscuros, pero partamos de que no, es un dialoguista nato. Él invita continuamente a lo que denomina “diálogo” que, conociendo al señor, debe ser algo así como sentarse a tomar whiskys con Maduro. Dice que el diálogo entre la oposición y el gobierno viene ya, que Timoteo ya está preparando los carbones. Ahora, no creo que sea tan ingenuo como para pensar que el chavismo vaya a “dialogar”- eufemismo para designar la negociación- sin estar francamente amenazado, y por ahora no parece estarlo tanto como para negociar sinceramente. Este señor siempre se ha opuesto a los manifestantes que salen a enfrentar a la dictadura y me pregunto, si no son esos, quienes pondrán al gobierno lo suficientemente en jaque como para que negocie. Lo atroz es que los dialoguistas- parte de la MUD- necesitan de los muertos que ellos mismos desprecian para que se produzca el tan buscado decimoséptimo “diálogo”.

Y digo que desprecian porque veamos a la segunda dialoguista por excelencia, la profesora universitaria más mediocre de Venezuela, la principal apologista de la facción dialoguista de la MUD, Colette Capriles, que llamó “analfabetos políticos” a los manifestantes que estaban en la calle a pesar del llamado a casa de la MUD. Esta mujer, es quizás la más soberbia representante del intelecto inútil, a pesar de tener un prontuario académico con 3 artículos publicados, (que hay que buscarlos con pinzas porque no salen en Google Scholar).

Bueno, Colette, la “neurasténica”, que la hizo famosa Globovisión, le tiene una rabia histérica a la gente que tranca calles, desde el 2014. La profesora Capriles sin embargo no despunta por su histeria tuiterística tanto como por el manejo de la palabra “antipolítica” que utiliza. Es una forma muy de recién instruido usar un término que apenas recién leyó como si se tratara de un concepto aceptado universalmente. Ni siquiera lo pone entre comillas. Ese término parece una invención pomposa posmoderna para designar una cosa que se puede designar con una palabra mucho más intuitiva y lógicamente consistente: “antipartido”, por ejemplo.

El término antipolítica, en efecto, que parece una muletilla de afectación caraqueña, lo usan para designar a esa clase de actividad política que consiste en desacreditar la labor de los partidos en su conjunto. Algo así: “los políticos y los partidos no sirven y nunca van a arreglar nada”. Según los que emiten continuamente la muletilla, la “antipolítica” es una monstruoteca cerrada que cuando se abre salen de ella un poco de monstruos nuevos, de allí vino Chávez, por ejemplo. No sé qué grado de análisis tienen para elaborar este tipo de razonamientos, pero el caso es que la palabra "antipolítica" es una palabra prescindible, de anumérico afectado, tal como aperturar, y de una inconsistencia que solo puede ser manejada por una persona muy poco reflexiva.

Creo que “antipolítico”, en sentido estricto, no puede ser un humano, siempre que pueda plantearse problemas esencialmente políticos, tales como la organización de una sociedad. En cierta forma, cuando la actividad social se vuelve acto consciente, la actividad social pasa a ser acto político. Toda transacción de poder en una sociedad humana es política, en tanto sea vinculante para el desenvolvimiento de la sociedad. Trancar una calle no es “antipolítica”, es política purita. Por gente trancando calles es que Almagro habló al congreso estadounidense y el Parlamento Europeo cerró filas contra la dictadura.

Si alguien que tranca una calle es antipolítico, Colette es algo mucho menos que eso, es “apolítica”, le falta sustancia al órgano que organiza esa parte tan específicamente humana de la conducta, es oligofrénica perdida. Como los burros y las mulas, carece de entendimiento.