Hoy --/--/----

Síguenos en nuestras redes sociales

El comienzo del mal | Por Federico Boccanera

El Zumaque marca una nueva era en el estado de nuestro mal 01/08/2017 8:36 AM

Federico Boccanera

Comentarista, articulista, comunicador ciudadano. Apasionado estudioso de la Política, autodidacta. Siempre del lado de la Libertad. Director Editor de La Cabilla. En twitter es @FBoccanera

El mal no comenzó con Chávez

Con este artículo, se da inicio a una pequeña serie que se propone describir de la forma más simple y corta posible, cuando comenzó en este país, el mal que nos aqueja, atenaza y asfixia como nación.

El mal no comenzó con Chávez, no lleva 16 años con nosotros: el mal lleva más tiempo y comenzó antes, y con estos artículos se expondrá una versión la cual, desde luego, no es ni pretende ser original. Chávez y su actual heredero en el poder, en todo caso constituyen el triunfo del mal, aunque no es un triunfo definitivo, porque este mal de todos modos, está destinado a desintegrarse, por tendencia autodestructiva intrínseca a su misma esencia, y eso si antes no es derrotado.

Chávez no revolucionó nada: en un plano político básico, sólo representó un cambio de régimen, un régimen que acaba con la república y la democracia venezolana, pero el Estado petrolero, el petroestado rentista venezolano ese lo dejó intacto, más bien, lo reforzó en sus características más negativas, más negativas para la nación venezolana, y más positivas para reforzar y retener su poder, ergo, más positivas para la tiranía cubana. Gracias a Chávez estamos sufriendo ni más ni menos, una reincidencia de la dominación colonial en nuestra historia, por lo tanto, su “legado”, es lo más contrario a una revolución que uno pueda imaginarse.

El mal no comenzó con España

Quisiera antes que nada excluir de entrada toda tentación de ubicar históricamente en nuestra primera dominación colonial, el comienzo del mal. Que a nosotros nos conquistara España, o Inglaterra, o cualquier otra potencia imperial, no es algo que nos determina hasta el día de hoy, ni mucho menos implica algo decisivo en el hecho de que ahora cayéramos otra vez en situación colonial, esta vez ante una nación mucho más pobre y débil que la nuestra, una islita estancada y herrumbrosa, subyugada por un par de viejitos.

Con ello no pretendo negar nada en cuanto a la posibilidad de discutir, la influencia del imperio español sobre Venezuela, sólo deseo colocarla en su justa dimensión, porque a pesar de todo, habíamos comenzado a transitar, y con éxito, un camino que nos apartaba de todo determinismo histórico o antropológico, de toda fatalidad sociológica, se puede afirmar tajantemente que todo “sino” lo estábamos superando, y con brillantez, en un determinado y preciso momento histórico.

De España heredamos mucho de lo que seríamos como sociedad, de lo que sería nuestra idiosincrasia. Sin duda sigue habiendo mucho de español, en lo bueno y en lo malo, en esa venezolanidad que algunos erradamente, creen original y característica, única e inimitable. Pero este no es el punto.

El punto esencial, la propiedad del Subsuelo

De la colonia, del imperialismo español, heredamos si algo muy concreto, algo que se revelaría como una condición sine qua non, para el desarrollo del futuro mal, algo que fue crucial para la definición del nuevo tipo de estado que se levantaría, una vez superadas las turbulencias del siglo XIX, y ese punto importante es, nada más y nada menos, que la propiedad del subsuelo por parte de la corona (de la república en nuestro caso).

Sin la propiedad del subsuelo por parte de la república, jamás hubiésemos tenido el rentismo petrolero, o sea el origen del mal, y menos que menos en la virulenta modalidad que se desarrolló a raíz de la irrupción del oro negro a nuestra historia, precisamente en el momento más propicio, para que hiciese el mayor efecto posible sobre nuestro destino: durante el gomecismo.

Advertencia antes de proseguir: el petróleo, un recurso natural, de ninguna manera puede asociarse con el mal, eso es algo ridículo, y todo lo contrario, fue una bendición, el mal reside en cómo se configuró el Estado en torno a él, hasta convertirse en su único beneficiario, a expensas de la nación, de la sociedad, los supuestos dueños a fin de cuentas.

Otra advertencia: el rentismo siempre existió y efectivamente es una de las herencias “administrativas” del modo mercantilista de explotación, que practicó España sobre sus colonias, pero una vez más, el hecho no es tanto un modo u otro que heredamos, sino su confluencia con otros elementos, como el petróleo o un Juan Vicente Gómez, en rol de Pacificador, factores que no son atribuibles a la influencia específica del imperialismo español.

El primer comienzo, Gómez y el petróleo

El primer momento fundamental se da cuando superado el siglo de guerra de independencia, guerra civil y montoneras varias, que tuvimos desde 1810, y a partir de la llegada de Juan Vicente Gómez al poder, un país agotado y pobrísimo, azotado por toda clase de desventuras tanto sociales como naturales, comienza a emprender con muchísima lentitud desde luego, y con desbalances sociales y económicos innegables, cierto rumbo de desarrollo modesto pero sostenido, que se puede apreciar en el aparato del estado, tanto en lo institucional como en lo administrativo, como también en el plano social y de infraestructura. Es cierto que lejos estamos aún de la explosión desarrollista que se viviría a partir de los años cincuenta, pero no podemos eludir, por ejemplo, que la insurgencia de la generación del 28, y de la generación del 36 también, fueron el resultado incuestionable de un avance importante ocurrido en las posibilidades de acceso a la educación, para ciertos estratos de la población, y eso que al gomecismo se le achaca y con base, que la instrucción pública, fue uno de los sectores con el desempeño más carente.

Sólo para ilustrar mejor el ejemplo mencionado, Rómulo Betancourt inicia su educación primaria en 1914, a los seis años, en su Guatire natal, en 1920 entra al bachillerato en el Liceo Andrés Bello de Caracas, y allí tiene como profesores a personajes como Fernando Paz Castillo, Caracciolo Parra León, José Antonio Ramos Sucre y al mismísimo Rómulo Gallegos, y en 1927 ingresa a la Facultad de Derecho de la Universidad Central: todos estos hitos en el ascenso educativo de Betancourt, ocurren con Gómez en el poder.

De hecho se podría afirmar que uno de los resultados más notables de esta primera etapa histórica de paz republicana, consiste en el surgimiento de una verdadera clase media, no sólo sana, bien nutrida e instruida, sino actuando ya en el plano político y al poco tiempo constituyéndose, en una nueva élite con visión y ambición real de poder.

Al mismo tiempo, durante este primer período de paz social, se constituye el otro hecho que marcará la vida del país en los años por venir y todavía lo determina en su devenir histórico, que es la transformación del, hasta entonces modesto estado venezolano, precariamente dependiente de un país rural/agropecuario apenas destacable por encima de la subsistencia, en un petroestado rentista cada vez más próspero, poderoso y ambicioso. Y el proceso ocurre a velocidad espeluznante para un país que estuvo casi postrado durante un siglo, de hecho, desde que el petróleo aparece por primera vez como rubro de exportación en 1918, hasta convertirse el país, en el primer exportador mundial en 1929, apenas transcurren 11 años, lapso durante el cual los ingresos públicos se cuadruplican.

Sin embargo, son muchas ya las señales de que, si bien ese auge permite avances materiales y tangibles para el país, incluyendo la cancelación de la totalidad de la deuda externa para 1930, las bases de la economía venezolana han comenzado a distorsionarse en forma preocupante, y ya para el año 1936, 20 meses después de la muerte de Gómez, aparece el famoso artículo de Arturo Uslar Pietri sobre “Sembrar el petróleo”, en donde la denuncia ya es angustiosa, ya es de alarma, por un país en auge sí pero en auge malsano, de riqueza hueca sin reinversión, diversificación ni industriosidad, que deriva peligrosamente hacía una dependencia cada vez mayor de la mera renta petrolera.

Es por lo tanto, el país que sale del gomecismo, un país que ha comenzado a cambiar en lo social, y en sus aspiraciones e ideales, un país que al fin se atreve a pensar en un futuro distinto, y el estado también sale cambiado, con una vertebración consistente. Por primera vez, ha podido organizarse y mostrar que puede funcionar en una nueva situación: la paz, y algunos ya desean que ocurra otra novedad: la democracia, y el estado ha cambiado tanto que no la niega, sólo pide tiempo.

Porque el estado ha cambiado también en el sentido de que su poder por primera vez no deriva de su capacidad para la guerra y la posesión de la conquista, sino en su capacidad de mantener y administrar el orden, visto el orden como la condición indispensable para el progreso material, lo opuesto al “bochinche” del siglo XIX, pronto, el petróleo enseñará que el botín “en sana paz” es mucho más atractivo que el botín militar. El petróleo asegurará la paz de Venezuela también de otro modo, al hacer posible la promesa de un reparto para todos sin conflicto social, sin tener que quitarle nada a nadie, esto al menos será así por un tiempo.

El primer tramo del petroestado rentista concluye con Gómez, y a la muerte de este, un país irreconocible para bien y para mal, ha embocado la senda del desarrollo, pero al mismo tiempo el gran impulsor de ese crecimiento, el petróleo, puede también deformarlo, de hecho y en cierta forma ya lo hizo, pero no se nota con la debida claridad, porque las formas relucientes de la modernidad son máscaras harto seductoras, la distracción es inevitable.

El segundo comienzo, Pérez Jiménez

De hecho el primer ensayo democrático, que concluye con el golpe a Rómulo Gallegos en 1948, sucumbe sin alguna belicidad, mediante el golpe más incruento que se pueda imaginar, sin duda, hay dolientes, pero en la sociedad cierta seducción por un automatismo que asocia orden con prosperidad, en apariencia se impone sobre cualquier otro ideal, y el período perezjimenista exasperará esa visión onírica. Con el tiempo se sabrá, que la libertad si había prendido, y que los 10 años serían de incubación: el trienio adeco había dejado una crisálida...

Los cantos de sirena anidaran en las ciudades, y a ellas se dirigirán cada vez más las masas con atracción irresistible, es la transformación de la Venezuela rural en una Venezuela urbana, esa mutación del hábitat implica también la del habitante, y ocurre por obra de una materialización imponente, a ratos monumental, y el proceso luce indetenible, radiante, glorioso, es tan así, que obnubila a todos, y nadie podrá negarlo, ni siquiera sus mas enconados adversarios, cuando vuelvan al poder.

El segundo tramo del petroestado rentista concluye con Marcos Pérez Jiménez, de hecho, se podría afirmar que con este tramo concluye el post-gomecismo y se cierra todo el ciclo liberal andino. Con la implantación finalmente plural, de la democracia en 1958, se abre todo un nuevo ciclo cuyo reto inicial será el de sobrevivir a concretas amenazas políticas y geopolíticas, internas y externas, asegurando la incipiente democracia, pero el reto social, el reto a largo plazo, es más difícil, complejo y ambicioso: mantener la movilidad social, la inclusión, proponer el verdadero pacto social, convertir al sistema democrático en hegemónico, superando todos los atavismos históricos que impedían asociar libertad con orden, con paz, con armonía social, con ascenso a la prosperidad.

El triunfo temporal sobre el mal

En lo económico, el reto de convertir al Estado petrolero en un Estado realmente productivo de economía diversificada seguía intacto, y Rómulo Betancourt, el primer presidente del nuevo ciclo, el autor de “Venezuela, Política y Petróleo”, estaba perfectamente consciente del poder especial que el petróleo debía seguir otorgando al Estado, y al mismo tiempo, sabe que la prioridad también debe ser “enriquecer la sociedad…”, por lo tanto, supo siempre que el reto consistía en un balance, balance tan delicado como de cuerda floja, en donde se debía saber “repartir” y “sembrar” a la vez, evitando que al negar o regar el reparto, no se seque o se inunde el sembradío. La historia demuestra con hechos, y cifras, que supo afrontar ese reto y conjugarlo, con sabiduría, coraje y probidad, con el otro de la defensa y estabilización del sistema democrático, y que sus inmediatos sucesores, Raúl Leoni y Rafael Caldera, también supieron hacerlo, con las inevitables diferencias que sus prominentes personalidades, y visiones del país, pudieron establecer.

Con todas las críticas que se puedan hacer, existe cierto consenso entre los estudiosos de la política y la historia, acerca de los tres primeros períodos presidenciales de la democracia relanzada en 1958, consenso que en buena medida señala gobiernos que cumplieron, cada cual con sus modos y matices, con gran parte de los objetivos tanto políticos, como sociales como económicos que se impusieron, y las cifras lo prueban: estamos hablando de un país relativamente en paz y estabilizado, a pesar de la persistente amenaza castro-comunista, de un país con indicadores sanos, crecimiento sostenido, inflación ínfima o inexistente, una moneda envidiable en cuanto a su fortaleza, y en donde, sin llegar al deslumbre perezjimenista, se siguen ejecutando grandes obras públicas, de calidad y envergadura, y muchas otras, que aunque no tan espectaculares, son igual de importantes y trascendentes, y esto también se puede probar. La corrupción administrativa es mínima y a niveles hilarantes según los "estándares actuales". Sigue habiendo ascenso e inclusión social (ya íbamos por la sexta década consecutiva) y la democracia, aun teniendo que recurrir a pactos de gobernabilidad y de consenso, muestra solidez y vigor institucional, y un higiénico antagonismo entre partidos, a pesar de los inevitables sobresaltos por parte de la izquierda que opta por la lucha armada, la cual será derrotada tanto en el plano militar como político, para luego ser pacificada y absorbida institucionalmente por el sistema. Sin duda, persiste el subdesarrollo y la pobreza, y hay delincuencia, y hay problemas en servicios y asistencia social que nadie oculta ni minimiza en el discurso, pero el país sigue progresando, y nadie, absolutamente nadie, puede negar eso.

Por cierto, los militares, cuando no estaban combatiendo a la guerrilla, “estaban en sus cuarteles” (o sea, en sus funciones constitucionales).

El mal del rentismo petrolero, que discretamente pero con gran fuerza dominaría la lógica y dinámica inercial del poder gomecista y post-gomecista, parece haber sido finalmente controlado, sin duda sigue allí, intacto en su potencial destructivo, pero permanece agazapado, obediente, se podría decir que ha sido domado, y la sabiduría de gobernantes y gobernados, finalmente ha logrado unir la libertad con el orden, la paz y la prosperidad: todo parece presagiar un futuro brillante, de primer mundo.

Pero poco antes de que termine el tercer período presidencial, el de Rafael Caldera, un hecho tan inesperado e incontrolable, como la aparición misma del petróleo en la historia venezolana, daría al traste con este período luminoso, de democracia sobria y virtuosa.

Será el comienzo del mal.

Para el año 1973 la democracia civil venezolana, había cumplido tres períodos presidenciales y se preparaba para unas nuevas elecciones, las cuartas desde 1958.

Habían trascurrido 15 años en los cuales, a pesar del cambio de modalidad política y de la primera verdadera ruptura con los atavismos tutelares del siglo XIX, el modelo demostraba ser perfectamente sustentable en lo político y sostenible en lo económico. La derrota histórica de la subversión castrocomunista, y todos los indicadores socioeconómicos importantes, así lo demuestran.

La subversión castro-comunista había actuado no sólo en el plano de la lucha armada sino también en los frentes social y político, en todos saldrá con las tablas en la cabeza, y en ningún momento logrará ni siquiera ganarse la legitimidad beligerante que obtuvo en determinado momento, la insurgencia de la guerrilla en Colombia (antes de esta degenerar en crimen organizado).

Luego se sabrá que algunos elementos insurgentes solo cambiarían de estrategia y comenzarían un trabajo político soterrado, a largo plazo, reconectándose fatalmente con el basamento arcaico y reaccionario de toda la lucha por el poder en el siglo XIX: el poder de las bayonetas. Los otros, negociarían con el sistema político su cuota de legitimidad (y reparto) a cambio de su absorción en el “consenso democrático”. Ambos factores, cuando triunfe el mal unos años después, volverán a unirse, porque aunque algunos quedarán del lado gobernante y otros en la “otra orilla”, haciendo supuesta oposición, ambos conformarán y sustentaran al nuevo régimen, cuidándose de no rozarle ni un cabello, al Estado rentista. Pero salvo la pacificación, todo esto estaba aún lejos de ocurrir, en 1973.

En el aspecto económico el Estado venezolano había adoptado con convicción, el rol promotor de una sana y equilibrada política de estímulo a la economía privada, tanto en lo agrario como en lo industrial, siguiendo paradigmas establecidos a nivel internacional, o sea, sin altisonancias ni originalidades dignas de mención, pero con eficacia comprobable y demostrable.

Se podría decir que “todo iba bien” -no perfecto pero si bien- hasta que ocurrió el terremoto...

El nuevo tsunami

En 1875 un terremoto geológico internacional, con epicentro en Cúcuta, hará brotar petróleo del suelo en el Táchira, dando inicio a la explotación petrolera en Venezuela, y casi un siglo después, en 1973, un terremoto político relacionado de todos modos con el petróleo, sacudirá a todo el planeta, pero sobre todo a Venezuela, cambiando su destino. La inundará de riqueza súbita como la primera vez en los años veinte, pero a diferencia de aquel primer aluvión, esta vez sus efectos deformadores no podrán ser controlados ni domados, y todo por una explícita embriaguez de poder, que hasta el día de hoy nos domina como si fuese una maldición.

A partir de la crisis del petróleo y el embargo petrolero árabe de 1973, y en un lapso de menos de 4 meses, el precio del barril se cuadruplica, y en el ínterin, llega al poder Carlos Andrés Pérez, el primer producto mercadotécnico de la política venezolana, el “hombre que si camina”, el de la “democracia con energía”. Si la primera vez, el tsunami petrolero nos tocó con Gómez y de algún modo, mejor dicho, de muy buen modo, pudimos sortear la sobredosis, hasta formar reservas del tesoro y un orden fiscal que perduraría por 38 años (1936-1974), el segundo tsunami nos agarró con el primer “bateador emergente” de un line up adeco agotado en los 3 primeros turnos, y cuyo resto había sido exterminado por el liberalismo andino: ya no quedaban ni un Carnevali, ni un Ruiz Pineda, ni un Pinto Salinas… al bachiller tocó ponerle música pegajosa para hacerlo popular, y dejarlo componer ese gran joropo que fue la “Gran Venezuela”.

Esta nueva explosión de petrodólares una vez más no fue por alguna proeza o mérito “endógeno”, sino por un terremoto internacional, un “cisne negro” geopolítico, y produjo una inundación que ninguna economía por más sólida y estructurada que fuese, podría digerir ni metabolizar, de hecho, a la compleja patología económica provocada por una ingesta excesiva de entradas en divisas, se le denomina “enfermedad holandesa”, y no “venezolana”, aunque pusiese adoptar cualquier gentilicio porque efectivamente, algo así podría afectar a cualquier país, sea de primer, segundo o tercer mundo.

De hecho, también en la reacción subsiguiente, seguimos estándares difícilmente cuestionables para la época, y lo primero que se hizo, fue proceder a nacionalizar el hierro y el petróleo, siguiendo una lógica aparentemente impecable de invertir, precisamente, en las innegables “ventajas comparativas” de ser un país minero, repleto de recursos minerales. La verdad es que cualquier otra nación, con la excepción de los EE.UU., difícilmente habría hecho algo distinto, y para muestra un botón: la triste historia de algunas “industrias pesadas” en Europa, la historia del IRI (Istituto per la Ricostruzione Industriale) de Italia, por ejemplo.

El problema mayor será otro, y se manifestará en otros aspectos…

La Gran Venezuela

Con la “Gran Venezuela”, comenzamos a creernos lo que no éramos, y esa ilusión que comenzó en el poder, terminó afectando a TODA la sociedad.

Con la “Gran Venezuela” el Estado venezolano de repente comienza a sentirse “omnipotente” y capaz de asumir todas las tareas importantes, y de planificar y dirigir todo el resto, en otras palabras, un Estado que se siente dueño de la máxima riqueza y con poder nacionalizador ilimitado, que paradójicamente se vuelve un ente omnímodo que actúa como un sector privado fin en sí mismo.

Dentro de este cuadro, la misma economía privada perderá la consideración estatal y dejará de verse como la aliada indispensable, imprescindible, no sólo en el ámbito económico sino en el ámbito social, la “sembradora final del petróleo” en otras palabras, y es así como un empresariado aún incipiente, pero ejemplar en muchos aspectos como el venezolano, pionero mundial en conceptos de responsabilidad social, quedaría relegado al rol de mero subconjunto clientelar, sin intuir que semejante estatización de la sociedad, crearía una clase empresarial que terminaría medrando como poder fáctico colaboracionista, y por lo tanto, susceptible de voltearse como factor adverso (o alterno) en lo político, según su propia conveniencia y ambición, y no la de la nación.

Con la “Gran Venezuela” el rentismo se sale de todo control y se posesiona del Estado, hasta desfigurarlo grotescamente. Es así como de ahora en adelante, transformará toda oferta política en populista demagógica, la promesa del poder será el reparto, y a los pactos vitales de defensa de la democracia y gobernabilidad de Punto Fijo y de Ancha Base, les sucederá el viciado consenso socialdemócrata de la guanábana, a la que se agregarían luego otras “frutas” como cambures en abundancia y algunas naranjas. Es el comienzo del clientelismo como el modo privilegiado de estructurar la relación entre el Estado y la sociedad, se inauguran tiempos de paternalismo, proteccionismo y amiguismo, empieza la hora de la mengua para partidos que abandonarán toda “veleidad” de formar sociedad política, para constituirse en clase política, con sus bases desclasadas a “maquinaria electoral”, y sobre todo y por encima de todo, empieza la era de la corrupción como factor constituyente de nuevas castas de poder, y de sus lógicas de repartición y mantenimiento de su estatus, lo cual gestará una nueva fase del petroestado: la partitocracia, y toda una institucionalidad que en vez de ser republicana y democrática, ahora será partidista. El mismo Carlos Andrés será su víctima más ilustre, cuando intente hacer algo distinto en el futuro.

La transformación de la política en un arte escénica, cada vez más mediática, fenómeno no sólo local, sino universal, será el comienzo también de la incursión cada vez más influyente de un poder fáctico, el comunicacional, en la vida nacional, sólo que en el ámbito de un Estado rentista que por fuerza de cosas establece relaciones empresariales que van más allá de lo formal/institucional, se propiciará la deformación progresiva de medios aspirando al poder, luego determinando los ascensos al poder, y al final, sucumbiendo en lucha agónica contra con él.

Pero los dos pecados mayores de todos, serán, primero: la más brusca que gradual, disminución de la permeabilidad social, hasta su total oclusión, la cual a partir de los años ochenta, provocará la acumulación de descontentos cada vez mayores del pueblo hacia “la democracia”. Segundo, que ese mismo pueblo insatisfecho comenzará a albergar en sus capas “superiores”, a toda una sociedad de cómplices cada vez más extensa...

El mal ha comenzado, y cuando tres lustros después, el mismo Carlos Andrés Pérez intente de alguna forma atajarlo, se rebelará contra él y contra todo el país, con toda su fuerza y furia.

Será el triunfo del mal.

Notas Magnicidas: 

“Las magnitudes económicas de Venezuela en los 30 meses que van de 1973 a 1975 superaron la de los 30 años precedentes. En 30 meses, el producto territorial bruto se duplicó, los ingresos fiscales se triplicaron, las entradas en divisas se cuadruplicaron, y las reservas se quintuplicaron. Y sin embargo, los últimos presupuestos de Pérez en 1977 y 1978 fueron deficitarios, y por primera vez en 40 años, el Banco Central registró déficit en la balanza de pagos…”

“los ingresos de los 5 años del gobierno de Carlos Andrés Pérez de 1974 a 1979 duplicaron los de los 15 años de Betancourt, Leoni y Caldera. Y los ingresos de los 5 años de Luis Herrera de 1979 a 1984 duplicaron los ingresos de Pérez. Pérez y Herrera recibieron en 10 años más ingresos fiscales per cápita que la suma de todo el dinero recibido por los gobiernos venezolanos de 1830 a 1973. Su culpa es proporcional a esto. Ambos presidentes se iniciaron con sobreabundancia fiscal. Ambos concluyeron en déficit, inflación y recesión…”

“Y del desastroso gobierno de Carlos Andrés Pérez se pasó al peor de Luis Herrera Campins. En enero de 1979, el gobierno del Shá de Irán fue derrocado y el barril de petróleo pasó de 12 dólares a 30 dólares. En su discurso inaugural Luis Herrera dijo que había recibido un país “hipotecado”. A los pocos meses denunció la “deuda mil millonaria” que su gobierno había heredado. Cuatro años después, el viernes 18 de febrero de 1983, Venezuela inició una marcha de empobrecimiento constante y progresivo. Poco antes de concluir el periodo no sabía en cuanto se había endeudado.

Fue informado por los Bancos acreedores que los venezolanos teníamos el honor de ser el primer país del mundo en deuda per-cápita pues debíamos más de 32 millardos de dólares. En la década Pérez-Herrera de 1974 a 1984, el fisco venezolano recibió por exportaciones petroleras (sin incluir prestamos) 133.623 millardos de dólares. De ellos 48.416 millardos entraron durante el gobierno de Pérez (36,2%) y 85.207 millardos durante el gobierno de Luis Herrera (63,7%)...”

“HISTORIA VIVA 2002-2003: La rebelión civil, el referéndun revocatorio”

Jorge Olavarría, Caracas, Alfadil Ediciones, Primera Edición, 2003.

Nota del Editor: este artículo fue originalmente publicado el 10 de octubre de 2015