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El Día D | Por Antonio Sanchez García

"¿Qué venezolano con el corazón bien puesto podría querer hacerse cómplice de la devastación de su Patria?" (Foto: Vladimir Marcano) 05/01/2018 10:00 AM

Antonio Sánchez García

Historiador y Filósofo de la Universidad de Chile y la Universidad Libre de Berlín Occidental. Docente en Chile, Venezuela y Alemania. Investigador del Max Planck Institut en Starnberg, Alemania. En twitter es @sangarccs

A Ricardo Hausman

No me ha sorprendido la propuesta de Ricardo Hausmann, posiblemente el más calificado y brillante de los economistas venezolanos, como que la piensa, la escribe y la hace pública desde Cambridge y la Universidad de Harvard, una de las más prestigiosas universidades del mundo, en la que investiga y enseña desde hace algunos años. Un internacional reconocimiento académico a su excelencia intelectual y a su probidad científica, incluso a su comprobada disposición a colaborar en el mejoramiento de la calidad de vida de sus conciudadanos, como lo demostrara colaborando como independiente en el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez. Algo que a juzgar por los sarcasmos que le dirigen quienes lo adversaron mientras caían rendidos ante el tirano cubano, no le perdonan.

Me he admirado por el extremo cuidado y el respeto con el que Ricardo Hausman avanza en la argumentación de su propuesta del Día D desmintiendo con hechos y documentos en mano todas las opciones pacíficas, electorales y constitucionalistas intentadas infructuosamente hasta ahora por las fuerzas opositoras para desalojar al régimen hasta arribar a la que pareciera su inevitable conclusión: sólo la conformación de un gobierno de transición nombrado por la Asamblea Nacional, en pleno uso de su legitimidad y legalidad constitucional, que convoque y solicite el reconocimiento, el auxilio y la abierta intervención multinacional de los gobiernos de la región, podría poner fin a la destrucción y aniquilación total de Venezuela por la dictadura militar de Nicolás Maduro y Vladimir Padrino. Lo hace tras un examen y descripción metódica, minuciosa e irrebatible de esa hitleriana política de tierra arrasada llevada a cabo por la dictadura y la imposibilidad objetiva de arribar a su superación por las vías inmanentes al régimen castrocomunista que lo impone tras el travestismo de su supuesta democracia mediante diálogos, negociaciones y procesos electorales hasta ahora intentados infructuosamente, ante la sospechosa aquiescencia de casi todos los factores políticos partidistas venezolanos. Los mismo que hoy ponen el grito en el cielo ante la osadía de las propuestas de Ricardo Hausmann. Los mismos que llevan más de una década tolerando en silencio la presencia de decenas de miles de soldados cubanos y la conducción de nuestros asuntos civiles, militares y políticos desde el Palacio de la Revolución de La Habana. Los mismos que aceptaron sin chistar el robo del Revocatorio y los fraudes electorales sucesivos vividos en el 2017. ¿Cómo habrían de tolerar, en cambio, la posibilidad de asomar una intervención militar de signo contrario, como la asomada por Donald Trump, que escandalizara a quienes llevan décadas arrodillándose ante Fidel y el castrocomunismo cubano?

Tengo la firme convicción de que tras el viril y patriótico rechazo de Rómulo Betancourt, y el humillante fracaso de sus intentos invasores por imponer en los años sesenta un régimen castrocomunista en Venezuela, Fidel Castro sublimó todos sus fracasos esperando la oportunidad para hacer de Venezuela tierra arrasada. Su odio por Venezuela fue solo comparable con el que le tuvo a los Estados Unidos. Su decisión de arrasarla, un compromiso existencial hasta el día de su muerte. Oportunidad que le brindara en bandeja de plata, para eterna vergüenza de su institución, un militar venezolano.

Para el jefe de la revolución cubana, la sola existencia de la democracia venezolana, nacida a la vida casi en simultáneo con ella, con un desafiante y muy exitoso proyecto liberal alternativo a la dictadura castrista, un tétrico fracaso, para toda la región, suponía un obstáculo y una humillación histórica. De allí que al momento de la traición y la entrega de Venezuela por Hugo Chávez a los designios del castrismo, jamás se plantearan seriamente él y su hermano imponer un régimen socialista modélico en Venezuela, que respaldado por su boyante riqueza petrolera hubiera podido convertirse en el primer régimen socialista exitoso en el mundo. Muy por el contrario, sus propósitos fueron desde un comienzo los de caerle a saco a sus inmensas riquezas, esquilmarla hasta dejarla exangüe y hacer de sus despojos una tierra arrasada que desapareciera literalmente del mapa. Diabólico proyecto en cuya fase final nos encontramos. Y que hoy por hoy no nos deja otra alternativa que responder a la fuerza con la fuerza, a la intervención con la intervención, a la guerra con la guerra. Así escandalice al entreguismo vernáculo. Es la propuesta de Ricardo Hausmann.

La muerte de Chávez, quien hubiera podido eventualmente obstaculizar ese siniestro propósito, les facilitó la tarea. De allí también la escogencia de uno de los agentes más serviles de sus servicios imperiales, carente del más mínimo compromiso existencial con Venezuela, para encargarlo de esa hitleriana faena. Es la obra de destrucción y arrasamiento puesta en acción por Nicolás Maduro en complicidad con las Fuerzas Armadas Venezolanas.

De allí la insólita e irreparable gravedad de la crisis inimaginable que vivimos. Venezuela sufre los efectos de una guerra de destrucción masiva conducida desde el propio Estado venezolano, llevada a cabo sin ningún miramiento ni respeto por las quinta columnas civiles y uniformadas del castrismo, a las que ya se rebelan quienes, como Jorge Giordani, Luisa Ortega Díaz o Rafael Ramírez, entre los devotos al chavismo que aún sobreviven, se han negado a acompañar. ¿Qué venezolano con el corazón bien puesto podría querer hacerse cómplice de la devastación de su Patria?

Si en un ataque de contumaz electoralismo quienes se oponen a la propuesta Hausman realizaran un plebiscito para saber si cuenta con el respaldo popular se llevarían una descomunal sorpresa: llegado el Día D las expresiones de júbilo de los venezolanos sería tanto o más impactante que las del pueblo francés en Normandía. Con la excepción de las huestes del tartufismo, que preferiría morir en un campo de concentración castromadurista. Escríbalo.