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El Gorila Ideal | Por Edwin Rios

10/10/2017 1:01 PM

Edwin Rios

Puertorriqueño dedicado a la causa de la libertad. Participó por nueve años en las fuerzas armadas de los Estados Unidos. Egresado de la Universidad del Estado de Nueva York y de la Universidad de Phoenix.

El acertijo dice... En un islote, en medio de un río, hay sólo dos cosas: un palo de limones y un gorila. Tú estás al otro lado, a la orilla del río, y no sabes nadar, pero tienes que hacer limonada.

¿Cómo lo logras?

Yo tenía alrededor de quince años la primera vez que escuché este tipo de adivinanzas. Eran como estupideces de la vida que te hacían pensar en asuntos insólitos. Algo irrazonable, como los sueños, que te ponen en situaciones precarias, y tienes que decidir que vas a hacer para salir del rollo.

Bueno, resulta que la ciencia nos dice hoy que somos una de las especies que mejor ha sobrevivido, precisamente debido a nuestros sueños. Porque el ensayo para reaccionar está formulado en nuestra mente, cuando dormimos. Por ende, no sobrevivimos por la ferocidad, por la fuerza, por los colmillos, o por lo veloz que podemos escapar; sino por la inteligencia y el instinto natural de las pesadillas que, a pesar de nuestra fragilidad, nos proveen el potencial de darle frente a todas las situaciones.

Pero las situaciones de vida y muerte de los sueños son estrambóticas. Cuando despertamos, sentimos la pesadilla como algo fuera de serie. Y si alguien nos hace una adivinanza de alto riesgo, preferimos ignorarla. No hay razón para vapulearse con esas estupideces.

¿No vivimos en un mundo civil?

Pensamos que ese islote jamás puede existir, pero existe.

El islote se llama Miraflores, y el gorila se llama Nicolás Maduro.

Es cierto, como seres humanos no gusta pensar que, aun en la peores situaciones, vivimos en un mundo civil. De otra manera, si no hubiesen leyes o respeto por las leyes (esas reglas que apoyamos en nuestra conducta de manada), estaríamos en un caos, y cada cual tendría que defender a su propio pellejo, como lo hacen los animales de muy poca inteligencia. Pero a veces pienso que hemos desarrollado tanta inteligencia, tanto así, que nuestros instintos van desapareciendo.

Imagínese que usted tome una camisa de manga larga y la cuelga en un gancho de ropa. Entonces usted, con su mano derecha, agarra el puño de esa camisa, y la mueve como si le estuviera dando la mano a otra persona. ¿Qué siente usted en su mano? Un pedazo de tela colgando. No existe la contrafuerza.

Pues resulta que en la Universidad de Puerto Rico yo tenia un amigo llamado Ramón que le daba la mano a la gente de esa forma. Uno sentía su mano como una paja, más liviana que el puño de la camisa. Eso era porque él, además de no hacer contrafuerza, movía la mano en la misma dirección en que uno la movía y sin mucho apretaje. Yo me preguntaba, ¿este tipo ha perdido el instinto natural del saludo?

Ramón era estudiante de música y se especializaba en la guitarra clásica. Él veía a sus manos como el instrumento de supervivencia más delicado y más importante de su vida. Hay que entender también que los guitarristas clásicos se alargan y endurecen las uñas de la mano derecha. Eso les da a las cuerdas una proyección de volumen más alto, y una capacidad de sonoridades muy variadas. Una realidad que permitió a la guitarra superarse dentro de los auditorios grandes de música, frente a la orquesta clásica. Esto ocurre como tradición del guitarrista legendario español Andrés Segovia.

Por eso la mano de Ramón era como una paja. Pero no se equivoquen, Ramón tenía bastantes instintos. Uno de sus mejores instintos era el del piropo. Él no resistía ver a una mujer bella pasar por su lado sin echarle un piropo. Es más, su instinto del piropo era tan fuerte, que no esperaba que la muchacha fuese pasando para murmurarle en el oído. Ramón se le paraba de frente, y le tiraba el piropo directo a los ojos, y la muchacha es la que tenía que caminar alrededor de él para escaparse de su admiración.

Pero un día Ramón estaba frustrado y nervioso. Me dijo que jamás volvía a piropear a una mujer. Le pregunté por qué. Resulta que estaba en el estacionamiento, caminando hacia su carro. De repente escucho frases como: Papi, si cocinas como caminas, me como hasta el “pegao”. O esta otra: Niño, si así está la cola, cómo estará la película. O tal vez esta: Nene, si yo fuera gato y tú sardina, no te dejaría ni una sola espina. Cuando Ramón miró hacia el lado, se percató que eran cuatro hombres echándole piropos a él mismo, y sintió que hasta lo podían violar.

Ese día Ramón perdió el instinto del piropo.

Yo no fui piropeador de oficio, por más lindas que fuesen las mujeres. Pero sí siento la necesidad de piropear dentro de la relación. Es una señal que la atracción todavía existe, y la atracción nutre al amor. Pero es claro, mi mundo ideal es uno donde los hombres piropean a las mujeres. Y también es un mundo donde los gays pueden piropear a los hombres. ¿Por qué no? Pero a veces las reglas cambian, y con ello cambia la conducta. Y cuando cambia la conducta, perdemos los instintos, y con ello desaparece nuestro mundo ideal. Y entonces volvemos a la orilla del río, a enfrentarnos con nuestro gorila.

La respuesta de la adivinanza dice que uno le debe tirar piedras al gorila, para que el gorila te tire limones. Es una respuesta instintiva, que carece de pensamiento profundo. Presume que el gorila tiene un nivel de inteligencia superior para entender que, si le tiran algo, él puede defenderse tirando algo hacia atrás. También presume que, a falta de piedras, el gorila razona que puede responder con limones, aunque los limones no hacen tanto daño como las piedras. Puede que el gorila no sea tan inteligente para percatarse de esto, de manera que esperamos que ese sea el resultado. Pero después pensamos que podríamos estar equivocados, y seguimos pensando...

Nos hemos convertido en un país laboratorio, y hemos pasado dieciocho años escribiendo una serie de tratados, explicando formas alternas de resolver el enigma del gorila, y en medio de esa parálisis que produce el tanto pensar en un mismo asunto, y que inclusive entorpece a la acción de los instintos, decimos que en la democracia no muere gente; decimos que si hay elecciones, debe haber democracia; y si hay democracia, no puede haber dictador. Y también decimos que en todas las luchas sólo debe haber dos respuestas claras: Gandhi o Mandela. Y mientras tanto, el gorila sigue a todas sus anchas en su dominio, y perdemos nuestro mundo ideal, en busca de otros idealismos, que no conducen a nada.

Pero, en algún momento, después de la vorágine de posibles soluciones, nos preguntamos: Oye vale, ¿cómo fue que ese gorila llegó al islote en primer lugar? ¿Será que los gorilas nadan? ¿O será que el gorila no nada, pero el fondo del río es llano para cruzar? Bueno, pues entonces no podemos tirarle piedra alguna, porque en vez de devolver limones, lo que el gorila puede hacer es cruzar hacia el otro lado.

Protestamos, tiramos piedras, y cada vez que volvemos a la orilla del río, a la avenida Francisco de Miranda, buscando limones, no resolvemos nada.

Qué haría Gandhi o Mandela, ¿aguantar sed hasta morir? No, Gandhi puede decirte que si bebes del río, no mueres de sed, aunque el gorila sea el único que puede darse el privilegio de tomarse una limonada. Te venden esa idea como la solución pacífica, cuando verdaderamente es la solución chavista. Los chavistas viven con el instinto por delante, y con el pensamiento por detrás. Pero eso no satisface a nuestro mundo ideal, porque sabemos que el gorila no sabe hacer limonadas, y los limones nos hacen más falta a nosotros.

¿Será que, por cuestionar tanto al problema, hemos perdido a nuestros propios instintos; esas reacciones que uno ejecuta sin pensarlo demasiado? El Ramón democrático de nuestra mente cuestiona si nuestros instintos son sanos. Preferimos que los otros países se encarguen del gorila. ¿Por qué no? Que se justifiquen ellos con sus propios instintos. Nosotros no somos ni corderos ni gorilas. Aunque en nuestra afirmación de que ¡¡¡SOMOS VENEZOLANOS!!!, tampoco podemos negar que somos conejillos de india.

¿Será que el meollo del asunto no son los limones, sino el gorila mismo, quien parece estar en una posición privilegiada para negarnos los limones?

¿A cambio de qué?

Si hemos llegado a esa pregunta, entonces debemos concluir que el gorila es tan inteligente como nosotros. Y si es inteligente, entonces podemos amanzarlo, haciendo algún tipo de intercambio. Tal vez el gorila tiene sus propios ideales, y el Ramón democrático de nuestra mente pregunta por qué deben nuestros ideales ser más importantes que los del gorila. Sembramos la duda y de esta forma terminamos humanizando al gorila, y decimos que si le damos de baja, somos un animal más feo que el mismo gorila.

Nuestro Ramón democrático cree que podemos ser violados como resultado de nuestros propios instintos, y mientras tanto, allí está sentado el gorila. Esperando que alguien le lanze guineos. La pregunta es, si le lanzamos guineos, ¿responderá con limones? Si el gorila fuese tan inteligente, y verdaderamente quisiera apaciguar las aguas, debería responder con limonada. Y entonces seguimos escribiendo nuevos tratados en esta novela sin final, por otros largos años, hasta que un día elevamos al gorila y lo convertimos en un dios. ¿Por qué no? Si el gorila puede más que nosotros, debe ser un dios.

Y la letanía sigue…

Lo cierto es que necesitamos pesadillas más terribles que la realidad en la que vivimos para resolver el enigma. ¿Existe una pesadilla peor que nos ayude a recobrar nuestros instintos? No lo sé, pero lo único que podemos aseverar en toda esta experiencia, es que el agradecimiento más grande que el gorila puede tener en toda su perra vida es, precisamente, que haya existido un Gandhi y un Mandela. Yo no creo que él sea un dios, pero estoy seguro que todas las noches el gorila le prende una vela a esos santos.