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El Hombre Nuevo desechable | Por José Rafael Mena

El Hombre Nuevo, al igual que Chávez, fueron y serán los medios desechables de un sistema cuyo fin es la destrucción total (Foto Vladimir Marcano) 25/09/2017 10:59 AM

José Rafael Mena

Perseguido político, afectado directo por la práctica de una tiranía en su propio país. Defiende el derecho al libre pensamiento. Ciudadano y peatón. Poeta a veces. En twitter es @RafaeMena

“En el sistema no hay lugar para las finalidades

individuales; sólo hay lugar para las finalidades del sistema”

Jean Baudrillard – La Sociedad de Consumo, sus mitos, sus estructuras

“Un marxista siempre tendrá razón, por el solo hecho de serlo, contra cualquier no marxista. Y un marxista en el poder siempre tendrá razón contra un marxista en la oposición”

Carlos Rangel - “Tercermundismo”

¿Quién es el Hombre Nuevo? Es difícil precisarlo caminando la ciudad de polo a polo, transitando aquellos vacíos donde hubo abundancia (o al menos su ilusión o proximidad) y una panoplia de bienes y servicios que cedieron su otrora incipiente vitalidad al quehacer mendicante de la indigencia, la delincuencia y un depauperado comercio informal cuyas reyertas ya son eventos cotidianos, en estos territorios donde el caos prevalece, en apariencia descontrolado, pero si aguzamos los sentidos, todo lo que ahí sucede tiende a ordenarse por alguna “mano invisible”. El Che Guevara enfatizó en sus “apuntes de economía política” que para construir una nueva sociedad era necesario extirpar todo instinto de egoísmo y competencia en el ser humano. El medio para lograrlo, según sus descarnadas y cínicas apreciaciones, era la violencia revolucionaria (para no decir “exterminio”). Recordemos que el Che, en comparación con sus camaradas, manejaba un discurso digamos que más radical. Sin embargo, su radicalismo iba más allá de sus ideas: es más que sabida su entusiasta inclinación por el ejercicio de la crueldad, el asesinato a sangre fría y su célebre “ante la duda, mata”.

Después del colapso de la URSS como un hipercampo de concentración comunista, los partidos comunistas del mundo quedaron huérfanos y apenas sobrevivieron de forma marginal en la política global: pero cuando las dictaduras de derecha cesaron, los comunistas se integraron gracias a que las democracias del capitalismo liberal en gran parte del hemisferio occidental lo permitieron. La libertad y la tolerancia, con sus limitaciones o imperfecciones, han sido las grandes virtudes (y talón de Aquiles) de lo que los marxistas denominan “la revolución capitalista burguesa”. A la sombra de estos sistemas de libertades, tan magnánimos y generosos con sus enemigos, la semilla del comunismo siguió echando raíces, cambiando su praxis de la toma del poder revolucionaria hacia la conquista de espacios a través de los votos, camuflando sus verdaderas intenciones en el corpus jurídico democrático.

Sin embargo, en el corazón de estas democracias (imperfectas o como se les quiera llamar), los comunistas jamás lograron una cuota de poder político importante, pero sí penetraron ideológicamente las instituciones, los gremios y a casi toda la vanguardia intelectual, especialmente en Latinoamérica, atizando a su conveniencia el nacionalismo y toda la frustración inserta en la narrativa “Imperialista”. Y en el caso Venezuela, fueron las élites las que, en busca de un reacomodo en el rentismo, promovieron y financiaron el ascenso de los militares golpistas del 92 al poder. Para estos militares la cárcel se convirtió en una sede de financiamiento y lobby político. Y hoy vemos que su conquista ha ido más allá: es una avanzada bestial sobre el continente y una amenaza real para la estabilidad regional. No sólo cuentan con los recursos del petróleo para financiar el terrorismo, sino que ampliaron este poder expandiéndose como una corporación del narcotráfico.

El Tercermundismo, una ideología socialista adaptada a los países pobres, fue denunciado hace más de treinta años por el denostado Carlos Rangel, a quien los apologistas del comunismo no se han cansado de desprestigiar postmortem cobardemente, no desde el ámbito de las ideas, sino desde lo personal, usando toda clase de chismes y teorías en torno a las polémicas circunstancias de su muerte. Una década antes de que el proyecto comunista resurgiera en el complejo entramado ideológico del “Socialismo del Siglo XXI” de la mano de Chávez, Rangel hizo esta espectacular advertencia en la secuela de su obra “Del Buen Salvaje al Buen Revolucionario” titulada “Tercermundismo”:

“La palabra Socialismo fue usada por primera vez en Francia o Inglaterra hacia 1830, pero el ánimo socialista esencial es eterno. Entre los componentes persistentes del pensamiento y del sentimiento socialistas está la convicción de que existe una contradicción insoluble entre los intereses de la colectividad y el egoísmo de los particulares. Hay una distancia muy corta y muy fácilmente franqueada entre esa idea y la de la encarnación de la colectividad en el Estado, al cual se supone con ligereza impersonal, desinteresado, virtuoso y forzosamente preocupado por el bien general, en contraste con el egoísmo natural de los seres humanos de carne y hueso. Desafortunadamente las prácticas políticas que se han cobijado bajo el calificativo de "socialistas" han estado muy alejadas de las esperanzas puestas en la ilusión del Estado sobrehumano. Esto está claro en los países donde imperan regímenes inspirados en ese "Socialismo perfecto" que es el Marxismo-Leninismo; y más dolorosamente todavía en el llamado Tercer Mundo, donde cada grupo que asalta el poder y se dedica a oprimir a la población y a arruinar la economía encuentra provechoso hacerla en nombre del Socialismo.”

La complejidad del Socialismo del Siglo XXI, descrito en el “Plan de la Patria” y proyectado milimétricamente en el Plan Nacional Simón Bolívar, se hace más complejo aún por su ductilidad, por su capacidad de adaptarse a las nuevas situaciones que se le presentan y la utilización de herramientas de propaganda y producción de “signos” a niveles que nada tienen que envidiar a las grandes agencias de publicidad de las sociedades de consumo. Su éxito en la conquista del poder, su conservación e inminente perpetuación han contado con las más sofisticadas armas mediáticas. Todos los recursos utilizados por el régimen, debido a su naturaleza dúctil, son desechables.

Por eso generan a diario expectativas que al poco tiempo lanzan al olvido, desechan no sólo la gran gama de productos (necesidades y carencias infinitas) que generan, sino a su propia gente cuando es necesario. Por eso son capaces de gastar grandes fortunas en escenarios de propaganda y mercadotecnia. Tanto es así que el chavismo sin Chávez, que antes era impensable, ahora se impone con más vigor, convicción y violencia que antes. Es que para el chavismo Chávez también fue desechable, y ello es una evidencia de su falta total de escrúpulos que le convierte en una secta criminal. El chavismo es un sistema de simulacro permanente, una matrix en la que la ilusión juega un papel preponderante, una trampa ideológica que ha atenazado a la población, que si bien casi toda rechaza el liderazgo de Maduro, ha quedado fragmentada y adherida a múltiples liderazgos fraudulentos.

La MUD y todo su historial de desatinos e incongruencias no deja lugar a dudas de su papel en este simulacro. Porque sus desatinos y errores van más allá y cruzan el límite de la complicidad criminal. Una complicidad, que si bien no conviene verla como algo premeditado en un laboratorio, surge de su oportunismo el cual ha sido cooptado por la tiranía sin derecho a pataleo. Que los sobrevivientes inescrupulosos y demagogos de la MUD sean hoy un instrumento de desmovilización y apaciguamiento de cualquier foco de insurgencia, no les salva de que en un futuro no muy lejano sean objeto de persecución y exterminio.

Si bien todas las estrategias de domesticación de la dictadura sobre la ciudadanía han rendido algunos frutos, estos no han sido suficientes: ahora recurre abiertamente al asesinato (recordemos a los más de 120 masacrados en las protestas) y también al secuestro, encarcelamiento y tortura en masa de disidentes. Muchos ciudadanos mueren de mengua en hoyos de la tiranía, no sólo por manifestar, sino por pensar (y prácticamente por saber leer y escribir).

Si bien el Socialismo del Siglo XXI es un proyecto que se adapta fácilmente a las circunstancias y posee una enorme capacidad táctica, no olvidemos que su fin último es la hegemonía y la imposición. Después de doblegarnos mentalmente, por su misma naturaleza, optará por el aplastamiento armado absoluto, el exterminio y el genocidio por hambre. El Hombre Nuevo no es un sueño, sino el residuo de un enorme holocausto producto de un despiadado control social. Cito de nuevo a Carlos Rangel en este extraordinario extracto:

“La fuerza o la astucia comunistas serán siempre idénticas con el interés más alto de la humanidad, lo cual exime a los socialistas marxistas-leninistas hasta de la necesidad de conducirse con caridad y decencia comunes en sus relaciones personales y familiares. Hay en todo esto una justificación filosófica sin precedentes para los comportamientos públicos y privados más brutales. Que tal cosa haya ocurrido en nuestro tiempo al amparo de los ideales del Socialismo, es el mayor revés sufrido por las ilusiones humanistas y progresistas concebidas por el racionalismo. La "nueva moral" marxista ha resultado no un avance en el tortuoso proceso de humanización del "mono desnudo", sino un consternante retroceso. La "razón marxista", si la despojamos de su arbitraria justificación historicista, se revela invariable sirviente del poder, fiel apologista de la policía, cómplice de los torturadores y de los verdugos.”

El Hombre Nuevo, al igual que Chávez, fueron y serán los medios desechables de un sistema cuyo fin es la destrucción total. Un odio contra Occidente que nació en Occidente y es capaz de hasta aliarse con terrorismo islámico y el narcotráfico para convertirse en una exitosa máquina de aniquilación. Las motivaciones de un gobierno del mal no pueden ser comprendidas desde la dimensión de lo racional. Estamos en el plano de las pulsiones más bajas que se montaron en el tren de una pseudociencia para justificarse.