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El líder ajeno en la cultura propia | Por Miguel Palau

El rentismo y cultura familiar, son parte de los elementos que crean líderes mesiánicos y pueblo inconsciente que los siguen. 29/07/2017 11:16 AM

Miguel Palau

Antropólogo venezolano, con experiencia corporativa en investigación de mercados y experiencia del usuario. Actualmente es tesista en el Doctorado de Antropología de la U.C.V. En twitter es @MiguelPalau

La cultura venezolana posee su propia dinámica, es similar a otras y peculiar dentro de sí. Para los venezolanos, es muy propia especialmente en la forma en la que se actúa; la cultura posee mecanismos de lógica y sentido que nos permite entender lo externo. Lo externo es el mundo, la sociedad en la que vivimos, las normas, y como ello nos moldea en lo que somos tanto internamente como individuos (psicológico) como aquello externo en lo que refiere a nuestras relaciones sociales.

En palabras sencillas puede definirse como aquello que "se nos ha dado” para formarnos en el hacer, y para diferenciar las formas en las que se nos dan esas cosas intangibles, la cultura también es material, pero supongamos que posee un carácter más blando, posee niveles diferenciales en Venezuela y para los venezolanos,

Al primero de ello le llamo el nivel de actuación y al segundo el de percepción sobre sí misma.

La cultura entonces, como algo dado y aprendido en un proceso adquirido usualmente dentro de lo familiar no se cuestiona. El venezolano pocas veces se hace preguntas introspectivas sobre su carácter cultural en términos de entender sus formas de hacer y percibir. Una de las peculiaridades es que si el patrón es frecuente entonces debe “ser normal”. En un punto, a esa normalidad no cuestionada le llamamos “tradición” y la misma tampoco es cuestionable. Nuestra forma interna de recibir esa cultura como algo dado por ejemplo dentro de la figura autoritaria del padre, en caso de estar dentro del seno familiar es la forma de aprendizaje o instauración cultural de la obediencia, del respeto y de la autoridad.

Ha sido de mi particular interés, en toda la familia venezolana observar ese proceso cultural. Al final, nos guste o dejemos de cuestionarlo por ser tradición o no, los líderes políticos venezolanos son formados dentro de ella (cultura) y si en nuestra historia republicana post-independentistas hemos tenido solo un puñado de presidentes civiles, y muchos más militares autoritarios algo nos debe estar sucediendo.

Hemos leído desde la antropología en innumerables ocasiones a los analistas hablar sobre la erradicación del proceso Chavista como si fuese un problema externo a la cultura, y volvemos por sobre ello en nuestras reflexiones. La cultura del autoritarismo no es lejana en nuestro país, y a la par de ello podemos asumir que es parte de lo que fabricamos culturalmente. Líderes con uniforme militar que vienen a representar el papel del héroe necesario para dar forma de orden al ritual de desorden que vivimos. Y así mucho con los ciclos del petróleo, de crisis a “normalidad” y de nuevo a la crisis; a ello le he caracterizado como las formas circulares de la cultura venezolana y es ir sobre el mismo punto para comenzar una vez y de nuevo cada vez sin lograr avanzar en una dirección de propósito.

Por ello es tan grave cuando esa cultura productora, sale a flote en su totalidad en la dirección inadecuada. Siendo moldeadora de conductas y generadoras de ella, la cultura pone a esos individuos como políticos cuando su principal atractivo para lo que llaman “pueblo” sea unos atributos de semejanza -espejo- de sus penurias y vicisitudes. Y así, el líder deber ser siempre: fuerte, de mano dura para enderezar este bochinche, porque al venezolano siempre le da la gana de hacer lo que le provoca.

Recuerdo las palabras sabias del antropólogo Samuel Hurtado, quien me decía en una ocasión “que el desvío de la cultura es el camino natural, pero hay que saber evitarlo en su tentación”.

A esta elección autogenerada de líderes con atributos de hacedores de orden le llamamos líderes políticos.

Le agradecemos el discurso y la fotografía en la fila para firmar sobre nuestra negativa al plebiscito, pero no le impugnamos su falta de gestión en el manejo de los asuntos públicos, en realidad el venezolano de este momento es incapaz de exigir nada debido a la ausencia de sí mismo como “ciudadano” en una cultura que propicia la dominación sin esfuerzo a la resistencia.

Es así como adoptamos aquello que es cultural pero que entendemos de forma inadecuada y que adicionalmente siempre se encuentra al revés del deber ser regular.

En Venezuela, nuestra cultura no es de lucha sino de resistir vía innovación a ver hasta donde aguantamos. ¿Y qué significa esto? Bueno es simple, que nuestra condición básica como parte del pueblo es que al menos tengamos alimentos, que estemos a resguardo en las casas y que si no hay harina de trigo, hagamos algo que se nos da bien con la cultura…comeremos otra cosa pero siempre habrá algo que comer pero no se le debe impugnar al gobierno quien controla los precios y las fuentes de ingresos de todos, el único fondo de ingresos en moneda extranjera de un país mono-productor en donde el valor del petróleo con los años porvenir se hará cada vez más cuestionable.

La comida no es el país, la noche no es el encierro, el pueblo es quien debe obedecer…pero el ciudadano es quien debe exigir. Esta fuga o trasmutación de un estado de “ser” del venezolano a otro es por el que parece se encauza la cultura de forma natural a través de la resistencia no organizada y sin liderazgo para la accionabilidad futura.

Esta forma invertida de entender, o comprender el poder desde la cultura venezolana es una forma de percepción para la miseria. El pueblo, es y debe mostrar siempre obediencia al líder, sin importar las condiciones en las que se haya producido culturalmente. Es allí, donde comienza la reflexión del liderazgo y las formas el venezolano de su percepción al revés de las cosas a las que llama realidad externa.

Esta forma de liderazgo regresivo que simula las condiciones del héroe, pero es agresor de lo social y de sus habitantes no es otra cosa que una forma expresiva de la cultura venezolana. Haberle dado la oportunidad a un político que se comporte como un padre-proveedor, aunque ello implique sumisión no fue una condición lejana en miles de familias del pueblo venezolano.

La cultura nos pone en esa trampa entonces, y a través de sus formas expresivas mucho de fábula-mítica que de realidad no coloca cercanos a la mentira en distancia a la razón. Por ello, la campaña tiene mucho de corazón en actuación de un tipo de amor primario, de construcción fallida en la que si el pueblo no obedece se le hace obedecer el pueblo. Ante la agresión del gobierno propiciando la muerte en la obsesión por el poder negando la posibilidad de algo posible nos impide culturalmente librarnos; nos gusta entrar, pero nunca calculamos bien como salir.

El pensamiento lógico de nuestra cultura incorpora la magia porque recreamos a los líderes como dioses, le atribuimos la palabra como un don divino que no poseen, y a la distancia entre la promesa y la realidad la dejamos entre espacios porque la realidad no es importante para nosotros.

La distancia entre la palabra y la acción nos ha costado casi dos décadas de rezos y esperanzas que pudieron ser resueltas con otras formas como el compromiso de líderes de buena lid, o a través de asumir nosotros mismos nuevas formas de liderazgo frente a la inacción política.

¿La cultura venezolana confunde conceptos de libertad con igualdad?
 
Sin duda, y si hemos enfrentado el camino de la desviación o seguimos escogiéndolo por qué somos incapaces de establecer y asumir que no estamos bien y que requerimos un diagnóstico para la cura cultural.

La cultura de la muerte no culmina en el acto de la violencia por la opresión, la cultura si no recibe tratamiento seguirá produciendo militares con espadas en mano pensándose a sí mismos como salvadores y héroes como retratos de Simón Bolívar en las paredes de la sala de la casa. No hemos comprendido que el culto nos hace co-dependientes de los dioses para las decisiones y la modernidad es justamente lo contrario. El desprendimiento del culto hacia los dioses nos permitirá asumir los atributos que luego de la muerte son necesarios para continuar el trabajo siendo libres, no iguales.

Sin el estudio de la cultura y la comprensión de ella en términos de su significado no podemos comprender nuestras limitaciones culturales internas, y seguiremos mal siendo lo que somos haciendo operativos puntuales para resolver el problema de la inseguridad que se ha empeorado desde que los operativos se han implementado.

En los años que he podido realizar investigación sobre la cultura en Venezuela una explicación científica y antropológica sobre la noción vaga de país conduce siempre al liderazgo personalista (el político). El caudillo es el país y no hay otra solución posible fuera de él y su pensamiento, y si el caudillo fallece, el hijo entre el mito de ser como el padre, mal interpreta sus intenciones y se convierte en un ser peor que él.

El país es un nombre, Venezuela, y no un lugar, el país es un hombre que es parte de la cultura y nos llevamos a nosotros mismos a la conducción del camino desviado.

Los venezolanos queremos algo llamado libertad, pero la hemos confundido con la igualdad, y nos gusta vernos de esa forma, mejor iguales en lo precario que desiguales en ello. Poseemos por condición cultural un mecanismo de orden psicológico que no llega al amor, sino a la sumisión y al odio como la negación del otro, siendo esto un nivel primario.

El populismo, posee un liderazgo caciquil de orden regresivo. La ideología cerrada que piensa al sistema actual como la única posibilidad es ideología, pero también un rasgo de la sociedad venezolana en tanto pensar que estar cerrada para así dar fuerza al impulso narcisista era la mejor forma de identificarnos a nosotros mismos, solo que en vez de cerrados ahora nos encontramos en el encierro.

La confianza depositada nos lleva en dirección al conuco, cuestión esta que lo tomamos como una “moda” urbana, cuando se han realizado estudios sobre el conuco venezolano y ampliamente se ha descrito como ausente de excedentes para el intercambio y por ende sin posibilidad de administración para hacer el mercado. Venezuela no es Europa, en donde la urbanización del conuquismo no depende de las reglas del mercado de orden externo, se puede ir a comprar lechugas, aunque pueda producirlas en casa; pero en Venezuela si no las conseguimos dependeremos de la “magia dentro de la caja” para ver que regalo nos trajo este mes, quincena o día en que nuevamente la suerte y la magia nos permita conseguirla.   

Y allí, cito nuevamente al maestro Samuel Hurtado, cuando recientemente me comentaba que Venezuela era un país de mucha cultura del despilfarro, pero de poca cultura de manejo de la renta.

La cultura es natural, aunque para hacer país se requiere de lo que va más allá de lo natural, se debe artificialmente y acordadamente elaborar esa sociedad y construirla societalmente para que sea reflejo de sí misma y no como al momento en donde el venezolano no posee reflejo de sí. El venezolano consulta al espejo como intermediador en la relación con lo político para que le diga que debe hacer, lo cual implica una pérdida de la conciencia de sí mismo, de la aceptación del otro y del propósito común por sobre la sociedad.

Aquello que construimos como sociedad en Venezuela desde nuestra perspectiva es solo cultura, pero no es realmente sociedad, y de allí comenzamos a preguntarnos por qué los venezolanos pensamos siempre como si fuera al revés de lo “normal”.

La cultura es quien produce a sus líderes y no viceversa, por ende, debe ser estudiada, conceptualizada y revisada. Los venezolanos y especialmente sus líderes, no comprenden estas categorías ya que siempre han sido personalmente participes de ellas. Por ende, el desvío de la cultura es un proceso que nos hace consciente de ellos poniéndonos en el desvío natural de sí. Si bien, los políticos son necesarios para el hacer social político y peligrosamente económico. Se requiere de una cultura que los produzca de forma adecuada en Venezuela bajo el compromiso del servicio que poseen para hacer cumplir los designios de la muy necesitada ciudadanía y no del pueblo en igualdad.

Por último, dejo unas palabras del antropólogo Samuel Hurtado sobre las formas del venezolano de comprender su cultura.

“Cada pueblo tiene los instrumentos apropiados en cuanto mecanismos de defensa o contra-ofensa respecto de enfrentar a la realidad. Es lo que llamamos cultura especifica o capital de inversión de sentidos sobre la realidad, que le permite ejercer, manipular, producir ese vaivén de memorias y desmemorias, de encaje de lo imaginario y desencaje de lo real, de estrategias y tácticas de acción sobre la sociedad. A veces son instrumentos que pueden también traicionarlo, pues lo trinan, por sus descuidos, en sus tránsitos de la confianza a la desconfianza; lo político es también imprevisible para el pueblo. Si el cuido lleva a auto abandonarse como pueblo (demos) resulta gravísimo. Aquí entra forzosamente a jugar su papel la dirigencia o las minorías como parte esencial en la jerarquía de la constitución de lo popular. El destino falta del pueblo es que no exista la élite o que ésta no cumpla su papel de dirigir, que se inhiba ante los problemas del pueblo y lo haga como negación o falta de identificación con el pueblo” (Samuel Hurtado, 1999).