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El Miss Venezuela y el ideal de mujer chavista | Por Javier Lara

Vivimos en una sociedad admiradora de las misses sin importar todo su trasfondo de miseria (Ilustración de EmeJota) 30/08/2017 2:30 PM

Por Javier Lara

Profesor de Geografía e Historia

En Twitter: @vzla_apesta

El Miss Venezuela es parte del imaginario popular venezolano, de la cultura quiérase o no, de la conversación diaria posterior a su transmisión aunque uno haya preferido el estreno de cine venezolano que lanzaba RCTV en paralelo para competir. Así, siempre es un tema de conversación, de metáforas, de recursos o hasta de incursiones en el debate político-social de la nación.

Un psicólogo jungiano chovinista diría que las misses son el arquetipo de la mujer venezolana contribuyendo así al adagio repetido como mentira goebbeliana de “La mujer venezolana es la más bella” y calaría en una sociedad hoy más que nunca necesitada de ilusiones de que todo está bien para no perder la cordura. Tal vez el adagio hasta sea cierto, quién sabe, si miramos lo demandadas que son las mujeres venezolanas últimamente en las muchas redes de tráfico humano y esclavitud sexual que solían alimentarse de centroamericanas y que gracias al éxodo y la desesperación criolla, han encontrado terreno fértil de cultivo, en un país que pasó de exportar petróleo, a exportar humanos en toda clase de profesiones y oficios.

De esa forma y aunque suene jocoso, hoy Venezuela está produciendo para la exportación y a gran escala, lo que ya Osmel Sousa vivía usando para enriquecerse todos estos años bajo la sombra de Cisneros y compañía: El ideal de súper mujer venezolana con tetas, culo, cabello cuidado, nariz perfecta y hasta “inteligente” como para meterse a cantante, actriz e incluso política; sacando votos, besando bebés y hasta ganando una elección sin importar que hable y no diga nada. Todas estas fabricadas en esa gran escuela de protocolo y etiqueta, con un toque también de lavado de cerebro al estilo socialista quizás traído de la nación de origen de Sousa.

Así, Osmel no solo les hace el trabajo de latonería y pintura en sus cuerpos, sino también en sus mentes a fin de generar sus respectivas ganancias, traducidas no solo en los triunfos en concursos internacionales, donde alcanzarán el cetro cinco o tal vez una sola, sino también en el uso de varias de ellas para acercarse al poder por vía de patrocinios de estas por instituciones del chavismo o ligadas a este (BCV, Traki) o hasta directamente, vendiendo cual cabezas de ganado en forma de matrimonio a generales, ministros, empresarios y hasta a Magistrados del Tribunal Supremo de Justicia, todo esto sin que a estas mujeres les asalten las dudas éticas sobre el origen del dinero, poder o regalos que sus nuevos esposos tienen.

Lógicamente, Osmel sabe cómo meterles en la mente la idea de al carajo la liberación femenina y todo eso, para surgir deben arrimarse al poder que les conseguirá todo cuanto necesitan, por ello no deben preguntar nada, cuestionar nada y si el cuestionamiento por los bienes sangrientos de sus maridos les salpica a ellas, apelar al recurso de la envidia de quién emite el concepto es siempre el comodín para sacudirse estos y quedar de buenas ante una sociedad que sabe defender sus taras con el clásico “Nos tienen envidia”.

Así, en una sociedad donde el ideal de mujer es una que acepte ser vendida cual ganado a un potentado cuya fortuna es de orígenes oscuros, motivada por un proxeneta antillano y financiada por un gran captador de renta como Cisneros sin cuestionar todo lo incorrecto y denigrante de esto, no sorprende que el chavismo y su idea de sumisión total ante los controladores de la renta, haya tenido calado para instalarse y seguir manteniendo la idea como uno de sus subsistemas de control dual: Control de las masas por medio del burdo espectáculo, y control de las ideas de un grueso de las mujeres que sueñan con ser coronadas, admiradas y acercadas a su potentado que las sacará de su miseria sin importar nada más.