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El País como Campo de Concentración | Por Javier Lara

El padecer es diario, constante y sostenido. (Ilustración @EmeJotaArt) 21/09/2017 10:49 AM

Por Javier Lara

“Bienvenidos al castillo eterno men, mejor dicho bienvenidos al infierno bien”

Guerrilla Seca-Castillo Eterno

He tocado el tema ya en varios artículos acá, y los hechos siguen cada día haciendo de esta lamentable teoría una realidad de la que no parece haber escape.

Venezuela es hoy para todos los desafortunados que nacimos y vivimos aquí un inmenso campo de concentración de 921.000 km, donde la vida es regentada por normas impuestas por un sistema socialista que aún a pesar de arrebatar la mayoría de las libertades, no se cansa en seguir apretando las pocas que quedan libres de su control buscando suprimirlas, como el caso de la libertad de pensamiento, ese ente intangible, que es la obsesión última de los regímenes totalitarios a fin de transformar ciudadanos en autómatas obedientes bajo la máscara del “Hombre Nuevo”.

Para este fin, busca este sistema socialista garantizar el control por medio de la privación de comida, tránsito, patrimonio, entretenimiento, vivienda y elección, para hacer que cosas de fácil consecución como las ya mencionadas, sean un privilegio para unos pocos elegidos, cuyo único aspecto en común sea la sumisión al poder. De esa manera, el viajar por esparcimiento, por vacaciones, o hasta por estudios empieza a ser condicionado por la burocracia de un control de cambio donde quién desee hacerlo, debe justificar por qué motivo lo hará ante un incompetente funcionario que tras revisar innecesarios papeles, decidirá si permitir el viaje por medio de la aprobación de divisas de CADIVI o no. Todo esto, hasta el día en el que el condicionamiento viene dado por tener que recurrir a un mercado negro cada día más cuesta arriba, debido a que el control de divisas del gobierno es hoy más restringido y solo para los privilegiados.

Restringida la libertad de tránsito, igualmente se restringe la libertad económica al no permitir la libre conversión de la moneda por el mismo control y la inflación planificada, que termina haciendo de esta una simple ficha de hacienda, válida solo en los establecimientos que el sistema socialista aún permite mantenerse, sea bajo su propiedad directa, indirecta (testaferros) o de terceros controlados y acosados por sus fiscalizaciones a modo de presión, a fin de que también pierdan su pequeño reducto de libertad económica y se sometan al mismo tratamiento que desean para su proyecto de control. Cobrando y dándose el vuelto, como se diría coloquialmente.

El alimento es restringido por la vía de los controles de precios que hacen insostenible la producción de bienes de consumo, junto a las tomas de “sectores estratégicos” para ser puestos bajo el control de los privilegiados, no para producir, sino para completar su plan, con el propósito de quebrar estas industrias para crear desabastecimiento que contribuya a la inflación, el hambre y el trabajo forzado en el que se ha transformado toda labor diaria, que controla a la población reclusa de este inmenso campo, y a la vez enriquezca a los mismos que quebraron las industrias, por vía de los cuidados paliativos de los reclusos, que resultan ser las importaciones de alimentos de dudosa calidad, cuál “El rancho” descrito por Miguel Otero Silva en “La Muerte de Honorio” en que consistía el alimento diario de los reclusos protagonistas.

La vivienda es restringida también, derivándose de los mismos controles de cambios y precios que ya generan hambre e imposibilidad de tránsito libre, al no poderse vender en condiciones favorables, lógicamente nadie querrá vender, o construir. Quedando solo la opción de la Misión Vivienda, donde para poder acceder a la “vivienda digna” todo viene con la respectiva carga de sumisión voluntaria, recibiendo la llave de una vivienda defectuosa, sin garantías de propiedad alguna, para mantener el control del sistema por encima de los beneficiarios, en una forma de libertad restringida, donde realmente nadie es libre.

Así, con cada una de estas limitaciones, el fin último perseguido es el condicionamiento del pensamiento, el amordazamiento de seres a los designios del sistema, so pena de los castigos reservados, cual las cámaras de gas de Hitler, a quiénes se consideran un verdadero peligro para este, resultando la sanción en cárcel sin juicio escudada en la calamidad del retardo procesal; en declaración de insania donde el estado no secuestra a una persona, sino que lo coloca bajo “custodia protegida”; en la muerte por extraños enfrentamientos atribuidos al accionar de un hampa jamás perseguida o castigada, o en el método ya cada día más común en este campo, donde la muerte de mengua, derivada de lo anterior, le lava las manos a los carceleros frente a una opinión pública acostumbrada a olvidar crímenes, víctimas y victimarios, en función de un “País de reconciliación donde cabemos todos” en un mismo encierro, de un mismo sistema, con carceleros inamovibles, pero con total libertad de tránsito.