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El reto de Trump en las parciales de 2018 | Por Alfredo M. Cepero

13/04/2018 6:35 AM

Alfredo Cepero

Cubano en el exilio, poeta, articulista. Secretario General del Partido Nacionalista Democrático de Cuba y Director del portal La Nueva Nación.Veterano de la Brigada 2506 de Bahía de Cochinos y del ejército de EE.UU.

El reto que confronta Donald Trump en el accidentado camino hacia las elecciones parciales de este 2018 es ignorar las traiciones y hasta los ataques de los republicanos en el Congreso. Hacer campaña por ellos aunque tenga que taparse la nariz para evitar la pestilencia del pantano.

En este mes de abril nos encontramos a escasos siete meses de las elecciones parciales de 2018 para llenar los escaños que se vaciarán este año en ese antro de corrupción e ineficiencia que es el Congreso Federal de los Estados Unidos. No en balde, durante su campaña por la presidencia, Donald Trump calificó la institución como un pantano y se impuso la tarea de proceder a drenarlo. Pero, en el momento en que escribo estas líneas, el presidente sigue atascado en un pantano--habitado tanto por demócratas como por republicanos--que no ha podido drenar y que amenaza con tragárselo.

Veamos los escaños que están en juego. En este momento, los republicanos tienen el control de 51 escaños frente a los 49 escaños controlados por 47 demócratas y dos independientes que votan 'religiosamente' con ellos en su empecinada resistencia a la agenda del presidente. Pero no todo son malas noticias para Trump. Los demócratas y sus aliados independientes tendrán que defender 25 escaños mientras los republicanos defenderá únicamente ocho. Peor aún, 10 de esos 25 escaños se encuentran en estados donde Trump, contra todo pronóstico, le dio tremenda pateadura a la Clinton.

Por otra parte, los republicanos controlan en la actualidad 238 escaños en la Cámara de Representantes frente a 192 los demócratas, más cinco escaños vacantes. La suma total es de 435 que, según estipula la constitución, son discutidos cada dos años en el mes de noviembre. La mayoría de los analistas políticos vaticina que los demócratas se encuentran en una sólida posición para arrebatarle a los republicanos un buen número de escaños en la Cámara Baja.

Estos analistas basan sus predicciones en el hecho de que, desde 1934, el partido con un presidente recién electo en la Casa Blanca ha perdido un promedio de 23 escaños en la Cámara Baja en las elecciones parciales. Pero estos pronósticos podrían correr la misma suerte de los formulados en el 2016 asegurando la victoria de Hillary Clinton sobre Donald Trump.

De todas maneras, vale la pena analizar los resultados en elecciones parciales de años anteriores. En las elecciones generales de 2008 y de 2012, un novato Barack Obama se hizo con la presidencia derrotando a John McCain y a Mitt Romney respectivamente. Obama es un hombre carismático como Donald Trump que despierta sentimientos casi fanáticos en sus seguidores.

Sin embargo, en las elecciones parciales de 2010 y 2014, le gente que votó por Obama en las generales de 2008 y 20012 no acudió a las urnas para votar por los candidatos del Partido Demócrata. En ambos procesos los republicanos lograron mayoría en ambas cámaras y, en 2014, se hicieron con 32 de las 50 gobernaciones estatales. Hasta el arrogante Mesías se vio obligado a reconocer la pateadura.

Existe además el factor de que, en la mayoría de los casos, la fascinación y el fanatismo por un líder no son transferibles. Quienes votaron por Obama no se sintieron motivados para votar por Hillary en las generales de 2016. Con un gigantesco 58 por ciento de aprobación, Barack Obama recorrió el país llegando a fustigar a sus seguidores diciendo que se sentiría traicionado si ellos no votaban por la Clinton. La campaña de un presidente en el ejercicio de su cargo a favor de un candidato de su partido que no tiene precedente en la historia política norteamericana. A pesar del apoyo de Obama, Hillary perdió y anda recorriendo el mundo como una pobre mujer enajenada que culpa de su derrota hasta al partido que la postuló y a la prensa parcializada que la respaldó sin el menor pudor.

En ese espejo haría bien en mirarse Donald Trump. No hay duda alguna de que, al igual que Obama, Donald Trump es un líder que despierta pasiones y fidelidad entre sus millones de seguidores. Lo demostró con su arrolladora e inesperada victoria en el 2016. De hecho, yo diría que, aunque gracias a Dios y a la vigésimo segunda enmienda Obama no puede de nuevo ser presidente, el electorado de los Estados Unidos está partido al medio entre partidarios fanáticos de estos dos hombres.

Por eso digo que Trump tiene ahora una oportunidad única para echar a andar su naturaleza competitiva y ganarle la batalla del liderazgo a Barack Obama. Tiene que lanzarse de cuerpo entero a hacer campaña por los candidatos republicanos en las elecciones parciales de este 2018. Con ello, retaría a la historia, ridiculizaría a los analistas de izquierda y tendría la alta probabilidad de mantener las mayorías republicanas en las dos cámaras legislativas. Una hazaña tan grande o quizás mayor que la de haberle ganado las elecciones a Hillary Clinton.

Con un nivel de aprobación del 19 por ciento para miembros de ambos partidos los legisladores federales son la última carta de la baraja política. Los republicanos salen mejor parados con un 28 por ciento pero todavía por debajo del 37 por ciento de aprobación de Trump. No hay dudas de que estos congresistas necesitan ayuda. Una ayuda que sólo puede darles el presidente, sobre todo en aquellos estados donde ganó en 2016 por amplios márgenes. Una ayuda que la mayoría no merece por su indiferencia y hasta hostilidad hacia la agenda del presidente de su propio partido.

Muchos de ellos se han distanciado de Trump y de sus políticas, sobre todo las relacionadas con inmigración, posesión de armas y salud. Hasta pilares de la derecha como los senadores Charles Grassley, de Iowa y Tom Cotton, de Arkansas, han hecho una deplorable danza política alrededor de preguntas relacionadas con los impuestos y la salud. Algunos viven aterrados de ser identificados con un presidente que la prensa de izquierda ataca despiadadamente como si fuera el diablo encarnado. No siguen principios ni están interesados en servir a sus votantes sino en servirse a sí mismos.

Algo que describió con meridiana claridad hace más de tres décadas un brillante político de Massachusetts que se llamó Tip O'Neill, quién presidió durante diez años la Cámara de Representantes. El demócrata O'Neill fue un leal aliado del republicano Ronald Reagan en la misión de servir al pueblo norteamericano. En su labor de lograr consenso, O'Neill sabía que tenía que superar los egoísmos humanos.

Por eso acuñó la frase de "toda política es local" para describir la conducta de los legisladores que ponían sus intereses políticos locales por encima del bienestar general de la nación. Su éxito como Presidente de la Cámara de Representantes estuvo en lograr que sus colegas pusieran la nación por encima de sus intereses reeleccionistas. Una labor de estadista que no se ve por parte alguna en el pantano que es el Congreso Federal de nuestros días.

El reto que confronta Donald Trump en el accidentado camino hacia las elecciones parciales de este 2018 es ignorar las traiciones y hasta los ataques de los republicanos en el Congreso. Hacer campaña por ellos aunque tenga que taparse la nariz para evitar la pestilencia del pantano.

No es tiempo de pasar cuentas sino de consolidar fuerzas. Un capitolio en manos demócratas sería el final de su presidencia y la muerte de la esperanza para los millones de ciudadanos que votaron por él. Para cumplir su promesa de "Hacer a América grande de nuevo" siempre será mejor contar con el apoyo de un republicano, por muy débil que éste sea, antes que confrontar la hostilidad corrosiva de un militante de esa izquierda que se ha apoderado del Partido Demócrata. En las elecciones parciales que se avecinan yo me taparé la nariz y votaré por los candidatos republicanos aunque muchos no lo merezcan.