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El venezolano, ausente de sí | Por Miguel Palau

No hemos sabido actuar frente al agresor, pero más importante frente al terror de aceptación en el desamparo que vivimos 10/07/2017 9:48 AM

Miguel Palau

Antropólogo venezolano, con experiencia corporativa en investigación de mercados y experiencia del usuario. Actualmente es tesista en el Doctorado de Antropología de la U.C.V. En twitter es @MiguelPalau

Justamente, me encuentro escribiendo un artículo sobre aplicaciones para Minería de Datos en la que pretendo explicar con datos cuantitativos la ausencia del ser venezolano.

¿Y cómo se puede estar ausente de sí?

Pues no solo de sí mismo sino de los otros también, vivimos en una especie de influencia por sobre una condición que a través de la cultura nos hace evitar la realidad, verla siempre de lejos, ser el narrador de nuestras propias desgracias, contarlas y fabularlas exageradamente, contándola a manera de chiste porque es así como nos entendemos (desde fuera) no internalizamos la realidad, le hacemos fácil al aprovechador de la condición cultural existente la oportunidad a “cualquier”- “héroe” de apersonarse cuando las condiciones se hacen propicias (crisis-sociales y políticas).

Esta fotografía me llamo curiosamente la atención por sobre el comportamiento que tienen los venezolanos de estar ausentes de sí mismos. Entiendo algo de ello debido a los recientes acercamientos a la etnopsiquiatría y como nuestra cultura orientada al placer nos hace ausentes “narcisistas” y de mucha forma evitantes-expectadores del sufrimiento desde lo lejano. En términos de la realidad, es ser partícipe del dolor, pero no siendo participe de él, somos ambivalentes culturales lo expresamos siempre a través del resguardo del clan, nos arropamos por la familia, nos hemos enclaustrado dentro del hogar, no salimos, no conectamos no tenemos la posibilidad autoimpuesta de luchar por hacer que sea posible.

En Venezuela, cuando se suscitan las crisis (constantes desde que tengo memoria) al primer lugar al que solemos ir, es a casa; pero nunca al enfrentamiento de la realidad. Ese que está en la calle, corre el riesgo por nosotros, ese que está afuera enfrenta a la muerte, es un pillo que carga neveras, aunque tenga hambre (recolecta), el otro que esta allá siempre es aquello que no somos nosotros. Al final, ese otro que puede o no morir significa solo una fotografía en la pared del Facebook, el botón nos hace participes y satisfechos de nuestra labor “ciudadana”.

Una de las cuestiones más importantes de ello, es que los venezolanos seguimos poniéndonos en manos de otros (resolvemos así el problema); no somos nosotros mismos, y de allí nace el poema de los hombres de Venezuela, el escrito no nace como un poema sino de la necesidad de re-plantearse la figura del hombre venezolano.  El cual, es el menos presente en la resolución de los problemas, el hombre político que esta presente es generador permanente de ellos, el político se convierte en un estorbo cuando ya no es capaz de proveer la renta (petrolera) para repartirla. 

Además,  de ser tan problemática esa situación pero no el problema en sí, mujeres se enfrentan a vehículos blindados y niños con escudos hacen su rito de paso en la conversión hacia la hombría temprana enfrentándose a un grupo de sujetos no con la lógica de la guerra, el orden o la prevención sino el producto cultural de una selección del gobierno de colocar como parte del orden al malandro y al perpetrador, que a su vez no es de resguardo sino un originador de la pillería, del abuso y la muerte.

Nuestras formas de expresión no son éticas (el deber ser),  la ausencia de la lucha nos viene de nuestro pensamiento mágico,  adquirimos “derechos” a tenerlo todo, lo que pensamos que merecemos por derecho “divino” nacimos en una tierra “bendecida” por todas sus bondades; aunque estas bondades sean siempre turísticas, pero no orientadas a estar presente en ellas, disfrutamos de las playas y de la selva, pero no del trabajo necesario para llegar hasta ellas y por sobre todo preservarlas, cuestión que al final nos permite ser “bendecidos”, esa magia que nos permite disfrutar sin pasar por las fases intermedias relevantes, y las mismas se relacionan con el trabajo de hacer, de hacerlo ético y de construir el país.

Disfrazamos las hermosas playas para evitar ajustarnos a la creciente necesidad de enfrentarnos a la urgente tarea de pelear por los derechos y espacios políticos.

Nos alejamos de la marcha porque de retorno hay que meterse en la tasquita de Chacao para tomarnos unas cervecitas.

Nos refugiamos con las redes sociales sintiéndose placenteramente que somos participes de la solución haciendo ReTwitt, compartiendo la información para todo el mundo se entere como si fuese un chisme contado de la forma en como solo los venezolanos sabemos hacerlo.  Somos repetidores, (informando) sobre lo que sucede en nuestro propio país alejados de sí mismo, repetimos a las redes sociales sin cuestionamiento introspectivo de la realidad.

Nos gusta en nuestro narcicismo, echar culpas externas, reclamando la ineficiencia política a los líderes elegidos, sintiendo que nosotros mismos no podemos convertirnos en nuevos líderes sustituyéndolos o cuestionándolos cuando no hacen su trabajo para el “pueblo”, pero nosotros no podemos convertirnos en ellos, porque siempre estamos ausente de lo que podemos hacer, siempre en Venezuela es más importante aquello que el otro puede hacer por ti.

Somos pasivos ante la urgencia de la realidad, somos permisivos antes la muerte, el encarcelamiento y la tortura. Y allí, concordaba con Hurtado en donde nos describía a los venezolanos desde el punto de vista cultural como “permisivos” al punto de llegar a ser cómplices de lo que queremos enfrentar.

No hemos sabido actuar frente al agresor, pero más importante frente al terror de aceptación en el desamparo que vivimos, ante el rompimiento de la estructura de soporte que siendo política generaba el constructo social venezolano.

Así que la fotografía me encuentra y sorprende escribiendo sobre la caracterización de un mapa de condiciones culturales-psicológicas del venezolano, en las que nuestros primeros atributos son (estar ausente y creer ser aquello que no somos) en realidad, ser narcisistas.

Sin embargo, lo más relevante, es que uno de los atributos de ese mapa que se encuentra casi de ultimo en la lista, es que el pánico y la ansiedad (miedo) a enfrentar la realidad es mucho menor al restante de las condiciones, es decir parece que no tenemos miedo, pero sí parece que acumulamos la rabia y en algún momento eso podría impulsar el cambio necesario.