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Golpes malos y golpes buenos | Por Fernando Delgado

"Una tiranía que ha decidido desechar el derecho y las reglas del juego democrático no puede ser ingenuamente combatida como si se tratase de un adversario que cumple con esas reglas" 04/01/2018 11:57 AM

Fernando Javier Delgado

Fernando Javier Delgado Rivas, abogado en ejercicio egresado de la Universidad Central de Venezuela, actualmente cursando la especialización en Derecho Administrativo. En twitter es: @FernandoCaracas

“Solo los Sith se manejan en absolutos.”

Obi-Wan Kenobi

“Cuando la tiranía es ley, la revolución es orden."

Pedro Albizu Campos

Al momento de escribir estas líneas, el sistema electoral venezolano o, mejor dicho, la totalidad de las instituciones del Estado venezolano encargadas de garantizar la efectiva representación de la soberanía popular, los mecanismos de participación política y el derecho al sufragio, se encuentran profundamente desprestigiadas, quizás con el nivel mas bajo en los últimos años, hecho comprobado tanto por la alta abstención del pasado domingo 10 de diciembre, como por la desorientación y falta de estrategia clara de la plataforma unitaria de los principales partidos de la oposición, la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), que hasta octubre del año pasado había levantado la bandera de la participación electoral como fundamental e irrenunciable (a pesar de todas las violaciones a la normativa electoral denunciadas por ellos mismos) de cara a la lucha frente al régimen chavista.

En este ambiente de desesperanza, falta de responsabilidad y respuesta por parte de líderes políticos e incertidumbre casi total de la ciudadanía, resurgen los debates y las discusiones sobre en qué forma se puede enfrentar un sistema que niega en la práctica los mecanismos democráticos clásicos para lograr los cambios políticos. Uno de los puntos más álgidos de estos debates, tratado casi como un tema tabú, es la pertinencia o no, de las salidas de fuerza, los llamados golpes de Estado.

¿Pero qué es exactamente un golpe de Estado? Si buscamos en Wikipedia, fuente rápida y moderna para aclarar cualquier duda que surja en discusiones informarles, se le define como “la toma del poder político de un modo repentino y violento, por parte de un grupo de poder, vulnerando la legitimidad institucional establecida en un Estado, es decir, las normas legales de sucesión en el poder vigente con anterioridad nacidas del sufragio universal (voto) y propias de un estado de derecho”. Basándonos en la definición de Wikipedia, podemos inferir que los golpes de Estado no son para nada algo bueno o deseable y suceden exclusivamente cuando son derrocados gobiernos democráticos que funcionan bajo un Estado de Derecho ¿Qué sucede entonces cuando son derrocados por la fuerza gobiernos autocráticos o totalitarios? ¿Son rebeliones, revoluciones, restauraciones, estallidos o que cosa? Pareciera que las denominaciones para este tipo de movimientos son sumamente subjetivas y relativas. En cambio, por nuestra parte opinamos que no es necesariamente la acción, medio o forma la que posee una cualidad de “bueno” o “malo” sino más bien las motivaciones y las intenciones (así como el contexto en el que se produzcan) de los que las emplean, las que definitivamente definirán la esencia moral de este tipo de movimientos y proporcionarán las herramientas para que la historia los juzgue.

Dejémonos entonces de eufemismos y actitudes zanahorias, hay golpes, rebeliones, revueltas, revoluciones o como quiera que se llamen, buenos y los hay malos también. Puede parecer que pensar de esta forma es quizás muy poco ortodoxo, relativista o tal vez hasta herético, pero es que la historia nos ha demostrado como muchos cambios violentos de gobierno o del poder político han resultado ser buenos (o por lo menos catalogados así por la mayoría de historiadores y estudiosos), mientras que otros fueron malos, preludios de épocas oscuras y/o antesalas de crueles dictaduras.

Por ejemplo ¿Quién podría afirmar que la gesta independentista americana fue ilegitima, antidemocrática o “mala” solo por el hecho de que se dio por medio de revoluciones y, largas y cruentas guerras? Muy pocos se atreverían a opinar hoy en día que los rebeldes de entonces hubiesen tenido que pactar con la monarquía española o algo por el estilo como alternativa bella y hermosa, antes que tomar vías de fuerza totalmente contrarias y por fuera del régimen o sistema establecido para la época, ya que sería muy difícil defender (siquiera imaginar) como es que en una monarquía el Rey hubiese cedido graciosamente su poder producto de negociaciones o transacciones pacíficas. Al final, con todo y los sufrimientos propios de la guerra, estos movimientos fueron victoriosos y por esa razón muy rara vez escucharemos a alguien refiriéndose a ellos como simples revueltas, rebeliones o levantamientos, mas bien son definidos con palabras que los hacen ver como hechos históricos mucho más épicos y heroicos.

Pero eso es solo una pequeña muestra de lo que se pretende demostrar, muchos de los seguidores de la doctrina constitucionalista-pacifico-electoralista responderán rápidamente que en ese momento no existía un Estado de Derecho, ni constitución, ni leyes ni nada parecido a lo que tenemos hoy en día (solo en el papel), como fundamento y herramientas de lucha que permiten la tan mentada y consagrada “salida electoral”. Habrá que ver entonces ejemplos de salidas de fuerza en los que, teóricamente, se contaba con todo eso.

El más polémico y discutido en Venezuela es el episodio del 18 de octubre de 1945, muchos de nosotros lo celebramos como “la Revolución de octubre”, otros despectivamente se refieren a éste como un vulgar “golpe de Estado adeco” (vean cómo cambian radicalmente las denominaciones dependiendo del enfoque que se le dé). Si nos guiamos por la definición popular de Wikipedia, el 18 de octubre podría ser una especie de golpe de Estado parcial o un cuasi golpe, debido a que si bien fue una violenta toma del poder en contra de un sistema supuestamente legítimo que contaba con constitución, leyes y mecanismos claramente estatuidos para la sucesión del poder político, en modo alguno puede alguien afirmar que el gobierno derrocado era uno que se ajustaba totalmente al contenido y principios de un Estado de Derecho tal y como lo conocemos hoy en día, menos aún que éste haya tenido origen en el sufragio universal. Aún así, muchos intelectuales, políticos y opinadores en general, insisten en afirmar despectivamente que aquello fue un golpe de Estado más, y la mayoría de las veces dejan ver que para ellos fue algo malo en nuestra historia republicana. Según su opinión, supuestamente la democracia llegaría mas pausada y tranquilamente en algún momento, de no haberse producirse el “golpe”. Otros si creemos que fue una salida correcta, quizás no la más perfecta e ideal o menos costosa, pero las intenciones detrás de ésta, así como las consecuencias que produjo creemos respaldan esta visión. Nada mas y nada menos que Venezuela pudo lograr al fin el derecho al sufragio universal directo y secreto, y dar los primeros pasos hacia la conformación de un Estado de Derecho liberal, sin mencionar que por primera vez se estaban tomando en cuenta las necesidades de una población que hasta ese momento lo que podía comer era algo de maíz, papelón y sufrir el azote de las peores enfermedades tropicales, debido a una total ausencia de políticas dirigidas al desarrollo y modernización del país en ese sentido. Lo que sí no negamos nunca, es que la Revolución de octubre, o como quieran llamarla otros, fue indudablemente una toma violenta del poder, específicamente por parte de un sector de las fuerzas armadas que, contando con el apoyo de Acción Democrática, se sublevó contra el gomecismo imperante, el cual, al haber fallado una negociación para la paulatina democratización definitiva del país, pretendía seguir repartiéndose el poder entre los jefes militares de la hegemonía andina.

Mucho menos debate supone el evento del 23 de enero de 1958, quizás porque hubo mucho menos dolientes en ese momento y, los únicos, los aduladores del régimen que fuera derrocado, mal pueden hablar de “golpismo” cuando más bien Pérez Jiménez fue protagonista dos veces de este tipo de movimientos. Los efectos positivos de este otro “golpe” no los niega casi nadie.

También hay ejemplos de golpes o derrocamientos violentos que al final han resultado ser malos, por varias razones. En Chile, por ejemplo, el golpe que derrocó al socialista de Salvador Allende, cuyo gobierno destruyó la economía de ese país, no termino de abrir el camino a una democracia prospera, sino a 17 años de una larga y cruenta dictadura militar, de la cual no es posible justificar sus crímenes contra las libertades de los chilenos, por mucho que haya sido exitosa en el ámbito económico. Otro lamentable ejemplo, es el de Fujimori en Perú, quien en 1992 decidió, en su carácter de Presidente de la República, disolver violentamente el Congreso y la rama judicial del poder público de ese país, argumentando que era la única vía para continuar con el programa de ajustes económicos que estaba llevando a cabo, y que el Congreso pretendía detener. Por muy buenos que hayan podido ser los ajustes económicos propuestos por Fujimori, no se justificó jamás que atentara tan groseramente contra una de las instituciones mas fundamentales de todo Estado de Derecho moderno, la cual solo estaba cumpliendo con sus funciones de ley, sin importar que hayan sido de la conveniencia o no para la economía del país. Las consecuencias que esto trajo fueron, entre otras, la de una inestabilidad política permanente para el Perú y desprestigio en el exterior, a la vez que terminaron de convertir a Fujimori y sus colaboradores en unos sujetos decididos a no abandonar más nunca el poder, capaces de acudir a todas las vías posibles y corruptas para retenerlo, el resto es historia.

Pareciera entonces que dependiendo del momento y de las intenciones de sus protagonistas, puede haber golpes malos y golpes buenos. Por ello, resulta muy superficial, poco pensada y hasta contradictoria, esa consigna repetidísima de que las únicas salidas posibles e irrenunciables para cualquiera que se declare luchador por la democracia, la ley y las libertades en general, deben ser siempre del tipo electoral constitucionales y pacíficas, sin importar la clase de tiranía que se tenga que enfrentar. Estos constitucionalistas-pacifico-electoralistas defienden hoy en día tal posición como si fuese un dogma religioso y se rasgan las vestiduras cada vez que alguien osa mencionar algo como que la vía electoral esta cerrada o cualquier cosa parecida, presumiendo de ser los mas pulcros y perfectos demócratas, negando algunas veces la historia de los mismos partidos en los que militan. Resulta curioso que mucho de estos señores apenas “criticaron” a los gobernadores electos de la oposición que fueron a juramentarse ante una ilegitima y espuria asamblea nacional constituyente, en ese momento se les olvidó la democracia y la constitución que tanto dicen defender.

La política es muy volátil y cambiante, una buena estrategia en un momento dado puede ser absurdamente fatal en otro, no existen dogmas absolutos, y la mayoría de las veces no se puede contar con lo que establezca una constitución para luchar contra regímenes de corte totalitario. Una tiranía que ha decidido desechar el derecho y las reglas del juego democrático (que en esos casos solo existen en apariencia y como propaganda política) no puede ser ingenuamente combatida como si se tratase de un adversario que cumple con esas reglas. Poco ayudan las predicas hipócritas de políticos sobre la irrenunciable y sacrosanta salida constitucional-pacifica-electoral en contextos donde de hecho ya ha sido derogado todo principio democrático y prácticamente no existe el derecho, más cuando estos individuos (muy parecido a lo que hace el gobierno chavista) relajan sus dogmas religiosos en algunas ocasiones, lo cual pareciera develar sus verdaderas intenciones.

Lo más prudente entonces es ver todo con una perspectiva abierta, algunos medios de lucha no son malignos o malvados por si mismos, sino que deben ser juzgados como un todo, incluidas las intenciones y finalidades de quienes los empleen y, no menos importante, el contexto en que se produzcan. Muchas veces las alternativas de lucha se agotan y de insistirse con la erradas, el tiempo podría agotarlas absolutamente todas.