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Intelectuales fingidos y partidistas | Por Luis Eduardo Rodríguez

26/01/2018 10:30 AM

Eduardo Rodríguez Mo

De Valencia, Venezuela. Conservadurista liberal. En twitter es @Edurodriguezmo

Nuestro país está rebosado y harto de intelectuales fingidos, de ciertas personas que se han atribuido ese término quizá por azar o conveniencia y lo ofician con bastante arrogancia. Se creen absolutamente dueños de toda la razón usando palabras lindas para el decoro de sus desrazones, balbucean pues, como unos monos cuando les dan demasiados cambures para entretener en el circo. Unos monos además muy feos.

Nos pasa algo muy grave a nosotros los venezolanos con las palabras, nos le cambiaron el significado. Acá se le llama “intelectual” a todo aquel que tenga capacidades o conocimientos sobre algo, acá un experto sobre mangos es un intelectual, que le conoce a la fruta los tipos de ésta, el tiempo de su maduración, como tumbarla del árbol, cómo hacerla en jugo, cuándo comerlo salaíto, e incluso, cómo sacar las hebras que deja entre los dientes. Eso no es ser intelectual, eso es, efectivamente, tener conocimientos sobre algo. Como en ese sentido, un historiador, un poeta o un qué sé yo que otra cosa, no es un intelectual, es alguien que tiene facultades en ciertos campos.

Un ser intelectual es quien, con pensamiento, mediante lo que dice expresa la comprensión que tiene de la realidad que lo rodea, sea esta de índole cual fuere. Muy ciertamente, es todo lo contrario a los que (se) denominan de gran intelecto en Venezuela, porque ese grupete exacerbado en rebuzne no es más que una maquinaria que sirve solo y únicamente para mantener los posicionamientos de quienes defienden.

Es totalmente incoherente que alguien catalogue como intelectuales a personas que responden a intereses partidistas contrarios a la mayoría social, pues entonces la supuesta realidad que estos bufones seres “comprenden” sería la que gira en el mero eje suyo o el de sus aparentemente jefes; y no la realidad más grande, que es la nacional y la toda. Eso los convierte, demasiado irónicamente, en mercenarios de la intelectualidad. Desde luego que, la gente amante del mango jamás entendería mucho de intelecto.