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Irán culmina su conquista del Líbano | Por Michael J. Totten

Líbano, futura provincia persa 15/11/2017 11:49 AM

Michael J. Totten

Periodista Estadounidense. Escribe frecuentemente sobre temas relacionados a los múltiples conflictos hoy vividos en el Medio Oriente.

Saad Hariri dimitió de su cargo de primer ministro del Líbano aduciendo que se estaba preparando un complot para asesinarlo, presumiblemente por parte de su socio de gobierno Hezbolá. “Allá donde se asienta, Irán siembra la discordia, la devastación y la destrucción, como prueban sus injerencias en los asuntos internos de los países árabes”, dijo en un discurso televisado. Las manos de Irán en Oriente Medio “serán cortadas”, añadió después.

Hariri pronunció ese discurso y dimitió no desde Beirut, sino desde Arabia Saudí.

En una siniestra declaración digna del tirano sirio Bashar al Asad, el presidente del Líbano, Michel Aún, desde hace mucho un títere de Damasco, afirmó que no aceptará la dimisión de Hariri si éste no vuelve a Beirut y se la entrega en persona.

Nadie sabe realmente qué está pasando. A veces el Líbano es uno de los países más difíciles de entender, incluso para los expertos, porque allí hay fácilmente diez versiones de cada acontecimiento, casi todo el mundo miente y el medio de comunicación libanés típico es una mezcla sectaria y tribal de Breitbart, Alex Jones y Pravda. Así, el secretario general de Hezbolá,Hasán Nasrala, dice que los saudíes obligaron a Hariri a renunciar y el histérico panfleto pro Hezbolá Al Ajbar llega incluso a afirmar que Hariri está bajo arresto domiciliario en Riad, noticia que inmediatamente se demostró falsa, dado que Hariri se encuentra ahora en Abu Dabi.

El Ejército libanés dice que no le consta que haya en el país ningún complot asesino. Es difícil creerlo. En estos momentos Hezbolá controla el Ejército libanés, y en 2011 un tribunal de Naciones Unidas independiente señaló a Hezbolá por el asesinato del padre de Hariri, el 14 de febrero de 2005, con una gigantesca bomba que hizo explosión en el centro de Beirut. Ni siquiera un maldito idiota esperaría que el Ejército dijera: sí, nuestros amos están planeando retirar de la circulación a otro primer ministro.

El diputado Samir Geagea dice que Hariri dimitió porque “el Gobierno no fue capaz de ejercer su autoridad como se esperaba de él (…) Los acontecimientos de los últimos ocho meses no dan lugar a que nadie siga respetándose”.

Esta sí que es una afirmación creíble, aunque Hariri debería haber sabido desde el principio que acabaría poniéndose en peligro, tal vez fatalmente, al acceder a formar Gobierno con una organización terrorista apoyada por Irán. No tenía otra opción si quería el cargo, y la gente razonable puede entender que se pudiera haber convencido de que sería una fuerza moderadora, pero nunca hubo la menor posibilidad de que eso saliera bien.

Poner a Hariri de primer ministro era como poner una tirita sobre una herida abierta en el pecho, pero es un buen tipo que no tiene absolutamente nada que ver con los nefastos ayatolás iraníes, los reyes vinagres del Golfo o los dictadores militares que instalan grandes carteles con sus rostros en los que vigilan a sus súbditos tras sus gafas de sol reflectantes.

Me reuní con él una vez, cuando me invitó a mí y a otros periodistas a cenar en su casa de Beirut (antes de que se convirtiera en primer ministro por primera vez, en 2009). Desde fuera, su casa parecía el típico bloque de mediana altura de una populosa zona urbana, pero todo el edificio es suyo. Tomamos un ascensor para ir al comedor, una opulenta jaula de oro. Cuando quería salir a cenar, tenía que hacerlo en Francia.

Cuando me recibió, me dio la mano y me dijo: “Hey, ¿qué tal?”. Bebe whisky y juega a la Xbox. (O al menos lo hacía). Quiere la paz con Israel, aunque es reacio a decirlo por motivos que supongo obvios. No está interesado en tener un poder absoluto, aunque sin duda el Líbano estaría en mejores condiciones si alguien como él lo tuviese.

Pero el Líbano es la clase de lugar donde nadie puede tener un poder absoluto, ni siquiera Hezbolá, ni siquiera Asad cuando su Ejército ocupaba la mayor parte del país. El Líbano tiene decenas de partidos políticos, casi veinte sectas religiosas distintas, apiñadas todas en un espacio cuyo tamaño es la mitad del minúsculo Israel; casi cada familia está armada hasta los dientes, y pocos titubean al apretar el gatillo para proteger a sus comunidades. Casi ningún otro lugar en el mundo sería más difícil de transformar en un colectivo jerárquico piramidal con un dictador en lo alto.

Mi conversación con Hariri fue íntegramente off the record, así que no puedo citar nada de lo que me contó, pero diré esto: este hombre no es de ninguna manera parte del problema de Oriente Medio. Y para acompañar a problema pueden poner lo que quieran: terrorismo, guerra, autocracia, intolerancia religiosa, asesinatos masivos y todo lo demás. Hariri, como su padre antes que él, es uno de los pocos líderes políticos verdaderamente liberales que Oriente Medio haya producido jamás.

Y ahora está fuera. Otra vez. Lo único sorprendente de que ya no sea primer ministro es que lo haya sido alguna vez.

Pero fue básicamente un hombre de paja. La cara sonriente de un régimen letalmente comprometido con Hezbolá, los restos amputados del régimen de Asad y la República Islámica en Irán. Es mejor que no renuncie a su legitimidad moral y política y se niegue a colaborar con terroristas y asesinos, y a los demás nos está haciendo un favor al exponer al Gobierno del Líbano como lo que realmente es: un rehén de maléficos poderes foráneos radicados en Damasco y Teherán.

¿Hay realmente un complot para asesinar a Hariri? ¿O sólo está siendo paranoico? ¿O es sólo una tapadera y está dimitiendo por motivos completamente distintos? No tengo ni idea. Las tres explicaciones son perfectamente plausibles.

Pero lo que sí sé es que la conquista y anexión de facto del Líbano por parte de Irán se ha consumado. Ahora que Hariri está fuera, Beirut ya anda sin máscara.

© Versión original (en inglés): World Affairs
© Versión en español: Revista El Medio