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Jerusalén: Promesa hecha, promesa cumplida | Por Alfredo Cepero

Trump ante el Muro de los Lamentos en su última visita a Israel. 14/12/2017 11:00 AM

Alfredo Cepero

Cubano en el exilio, poeta, articulista. Secretario General del Partido Nacionalista Democrático de Cuba y Director del portal La Nueva Nación.Veterano de la Brigada 2506 de Bahía de Cochinos y del ejército de EE.UU.

Hace sólo una semana, Donald Trump ordenó el traslado de la embajada norteamericana en Israel de Tel Aviv a Jerusalén. Cumplió la promesa que había hecho en múltiples ocasiones durante el curso de su campaña electoral.

Desde la creación del Estado de Israel, el 14 de mayo de 1948, once presidentes norteamericanos, comenzando por Harry Truman, evadieron la decisión de declarar a Jerusalén capital del estado judío. La opinión predominante durante todos estos años ha sido que tal declaración sería un obstáculo al éxito de las negociaciones para lograr la paz entre judíos y palestinos. La realidad es que 69 años después judíos y palestinos se siguen matando como desde el día en que nació el estado de Israel. No hay dudas de que ha llegado la hora de poner en práctica una nueva estrategia.

Afortunadamente, esa estrategia tiene una sólida base legal. En octubre de 1995, el Congreso de los Estados Unidos adoptó por mayoría bipartidista y abrumadora--93 a 5 votos en el Senado y 374 a 37 votos en la Cámara de Representantes--la "Jerusalem Embassy Act"ordenando el traslado de la Embajada de los Estados Unidos a esa ciudad. Según dicha ley, la embajada de los Estados Unidos en Israel tenía que ser trasladada a Jerusalén antes del 31 de mayo de 1999.

Sin embargo, la fecha llegó y pasó sin que ningún presidente hiciera cumplir dicha ley. De hecho, tres presidentes norteamericanos posteriores a la misma se escudaron en una de sus clausulas para aplazar su aplicación. En ese sentido, Bill Clinton, George Bush y Barack Obama, aunque prometieron durante sus respectivas campañas electorales declarar a Jerusalén como capital de Israel, cuando llegaron a la Casa Blanca renegaron de sus promesas.

Pero el 8 de noviembre del año pasado la política norteamericana experimentó un cambio radical con la elección de un presidente dispuesto a correr riesgos y a poner en práctica soluciones innovadoras. Hace sólo una semana, Donald Trump ordenó el traslado de la embajada norteamericana en Israel de Tel Aviv a Jerusalén. Cumplió la promesa que había hecho en múltiples ocasiones durante el curso de su campaña electoral.

Con ello, Donald Trump ha demostrado una vez más que no hace promesas para ganar votos o lograr la aprobación de las multitudes. Que cuando hace una promesa la cumple. Que cuando la cumple ignora las opiniones negativas y escucha únicamente a su propia conciencia. Y que es un hombre que no actúa según las encuestas ni se deja intimidar por sus enemigos. Por eso lo apoyaron millones de ciudadanos frustrados con la demagogia, la corrupción y la cobardía de los políticos profesionales. Por eso Donald Trump derrotó a Hillary Clinton y es presidente de los Estados Unidos.

Regresando a Jerusalén, esta no fue una decisión fácil para el presidente. Según fuentes anónimas pero dignas de crédito, la plana mayor de su equipo de seguridad nacional le aconsejó no dar ese paso. El vicepresidente Mike Pence, el Secretario de Estado Rex Tillerson, el Secretario de Defensa Jim Mattis y el embajador de EE.UU. en Israel David Friedman opinaron que sería un obstáculo a las negociaciones encaminadas a lograr la paz entre judíos y palestinos.

La única que apoyó la decisión del presidente fue Nikki Haley, embajadora de los EE.UU. ante las Naciones Unidas. En entrevista reciente con Fox News, la Haley dijo que aunque dignatarios europeos y hasta el Papa Francisco se han opuesto a la decisión "el coraje no se demuestra haciendo lo que otros opinan". No es de extrañar que la embajadora ignore la opinión del zurdo Francisco que le hace carantoñas a las mafias de los Castro, los Maduro y de las FARC.

Por otra parte, la mayoría de los mandatarios europeos que se han pronunciado contra la medida tienen tejados de vidrios porque se han dejado chantajear por los terroristas musulmanes. Quizás por eso el antisemitismo en Europa ha ganado fuerza después de la Guerra Fría. Un reciente análisis estadístico ha arrojado el ominoso resultado de que 150 millones de europeos tienen "una opinión negativa de los judíos". Esto se debe en gran medida a que, según el Pew Research Center, la población musulmana de Europa asciende actualmente a casi 26 millones (5 por ciento de la población total del continente). Un aumento de 6 millones o 30% con respecto a estadísticas de 2010. Y ya sabemos de la intensidad del odio de los musulmanes contra los judíos.

Ahora bien, desde un punto de vista histórico, Jerusalén ha sido centro de la vida social, militar y política de los judíos desde que el Rey David la declaró la capital de la nación judía 1,000 años antes de Cristo. En la ciudad cobraron fuerza e importancia las tres primeras religiones monoteístas del mundo. Durante los últimos tres milenios numerosos acontecimientos dentro de la ciudad proporcionaron significación religiosa tanto a sus primeros habitantes judíos como a los cristianos y musulmanes que vinieron después. Con el crecimiento, la ciudad se convirtió en escenario de luchas constantes y encarnizadas de unos contra otros que se han extendido desde los tiempos bíblicos hasta nuestros días. Dentro de ese contexto tenemos que admirar la audaz y valiente decisión del presidente Trump para poner fin a este conflicto milenario que pone en peligro la paz del mundo.

Por ejemplo, la medida tiene altas probabilidades de incrementar las tensiones en todo el Medio Oriente. Sin dudas habrá consecuencias que no serán del agrado de muchos, pero la alternativa sería la prolongación de una inercia que ha llenado de sangre a la región desde tiempos inmemoriales. Hacía falta alguien que actuara sin importarle los riesgos ni temerle a las consecuencias. Eso lo hizo Donald Trump. Fue un acto de valor político y de coraje moral como sólo es capaz de hacerlo quien pone sus convicciones personales por encima de la opinión ajena y hasta del juicio de la historia.

Pero quizás lo más importante es el hecho de que Donald Trump reconoció que las actuales negociaciones no están llevando a una solución satisfactoria. Que la libertad de Israel está estrechamente relacionada con la libertad de Jerusalén. Es el reconocimiento de una realidad que tiene probabilidades de conducir a una verdadera paz en la región. Una paz que ha sido frustrada por las falsas estupideces que se han cometido en las últimas dos décadas. Los palestinos no podrán ahora seguir obstaculizando las conversaciones de paz con exageradas exigencias en cuanto a quienes tendrán soberanía sobre Jerusalén. Si de verdad quieren la paz y no la destrucción del estado de Israel como han demostrado hasta ahora, los palestinos tienen que dejarse de chantajes y empezar a negociar en serio.