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La agonía del régimen / Por Antonio Sánchez García

Foto: Vladmir Marcano 14/06/2017 10:00 AM

Por Antonio Sánchez García @sangarccs 

 

            “¿Francisco escuchará a los prelados, y comenzará a enviar mensajes duros, públicos o privados, al señor Maduro? Podría ser una oportunidad única para mostrar al mundo que puede ser un formidable crítico de los regímenes e ideologías izquierdistas como lo es de los conservadores y los capitalistas.” La pregunta y la propuesta han sido formuladas por The Economist, la prestigiosa revista londinense, en un comentario de uno de sus más afamados columnistas sobre la reunión de seis arzobispos venezolanos, entre ellos sus dos cardenales y el presidente y máximas autoridades de la Conferencia Episcopal, con Su Santidad Francisco I sostenida el 8 de junio pasado en el Vaticano.

 

            Es una señal inequívoca de que Venezuela constituye el problema más acucioso de Occidente, que la Iglesia venezolana está en el ojo del huracán y que el papado se ve ante la urgencia de tomar partido no sólo frente al trágico derrotero que pareciera conducirnos hacia el abismo de una guerra civil y su toma de partido entre su Iglesia o el régimen de Nicolás Maduro, sino ante el sino de su política frente a los graves conflictos que afectan a la humanidad. ¿Cabe ante una crisis definitoria y trágica como la que se vive en Venezuela sostener una neutralidad a todo trance, así dicha neutralidad favorezca los designios tiránicos de una de las partes?

 

Si desde el comienzo mismo de su principado, Jorge Alejandro Bergoglio no tuvo empacho en condenar al capitalismo y al dinero, según él máximo causante de muerte y pobreza, y confesó no haber votado jamás por la derecha, ahora se ve puesto ante la encrucijada de aclarar si está dispuesto a manifestarse con la misma claridad, rotundidad y firmeza frente al socialismo marxista, cuya presencia al frente de la dictadura venezolana constituye un incontrovertible mentís a las afirmaciones papales: en Venezuela, es precisamente el socialismo marxista el máximo causante de muerte y miseria. Las pruebas son tan contundentes, como lo fueron en el Chile de Salvador Allende y lo son después de sesenta años en Cuba, países que conocieran la riqueza y la prosperidad bajo el imperio de la libertad de empresa, para convertirse en naciones miserables y sufrientes en cuanto cayeron bajo el domino del estatismo marxista. ¿Puede sostenerse lo contrario sin traicionar el imperativo categórico de una recta justicia: decir la verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad? 

 

Independientemente del efecto íntimo y personal que la visita de los obispos venezolanos y la cruda exposición que le hicieran al Santo Padre de la tragedia sobre la que hasta entonces no asumiera una posición clara y categórica, provoque o vaya a provocar sobre sus íntimas convicciones, lo único cierto e irrebatible es que se ha visto en la obligación de respaldar la posición del arzobispado venezolano y ponerse claramente de acuerdo con su frontal oposición a la dictadura marxista de Nicolás Maduro. No habrá respaldo papal al pedido de auxilio de Nicolás Maduro y sus reiteradas convocatorias al diálogo. Lo mismo estará aconteciendo con el llamado Papa Negro, prepósito de la Orden de Jesús en Roma, el venezolano Arturo Sosa Abascal, desde siempre claramente alineado junto a las fuerzas marxistas venezolanas. El sismo que sacude a Venezuela también ha llevado a los jesuitas

venezolanos a situarse de parte de su Iglesia y oponerse sin dudas de ninguna especie a la dictadura de Nicolás Maduro y su subordinación a los dictados de la tiranía cubana. 

 

Imposible desconocer la influencia que la crisis venezolana está teniendo y seguirá teniendo sobre la conciencia política de una región que, tras sesenta años de trágica ingerencia castrocomunista aún no termina por enterrar sus veleidades, como puede observarse en Chile y México. Sus efectos disgregadores, como se expresan en el seno de la OEA, marcarán la pauta del inmediato futuro político de la región.

 

A la indudable victoria de la oposición venezolana frente al papado, fortalecida por el valiente comportamiento de su Iglesia, deben sumarse los potentes efectos de la masiva e irrefrenable insurgencia popular sobre la institucionalidad del régimen y la estabilidad del sistema, hoy gravemente fracturada por la disidencia de la Fiscal General de la República, Luisa Ortega Díaz, y las grietas que comienzan a producirse en el interior de sus fuerzas armadas.  Prueba irrebatible de ellas es la renuncia del Secretario Permanente del Consejo de Defensa de la Nación,  mayor general Manuel López Ramírez. En ambos casos, producto del frontal rechazo al proyecto de convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente, tanto por la naturaleza anticonstitucional e ilegítima de dicha convocatoria cuanto por su propósito de desconocer la legalidad vigente e instaurar un régimen totalitario en Venezuela. En ambos casos, dicha irreparable fractura surge de la supuesta lealtad al proyecto originario del chavismo y el rechazo sin retorno al actual estado de cosas: la defensa de la Constitución legada por Hugo Chávez y la oposición al claro sesgo totalitario y filo castrista del gobierno de Nicolás Maduro. El mayor general López Ramírez participó del golpe de Estado del 4 de febrero de 1992 y la fiscal Luisa Ortega Díaz ha sido una tenaz defensora del régimen chavista. Confirman la vieja sabiduría que reza que la revolución comienza por devorarse a sus mejores hombres. Le están devolviendo las mascadas.

 

Los efectos prácticos de este sismo inmanente al sistema marcarán el futuro político inmediato de la Nación. La Fiscal General, lejos de amilanarse ante las amenazas físicas y verbales de la dictadura, ha elevado el nivel de su disidencia, asumiendo un propio liderazgo de frontal oposición al gobierno, al exigir y plantear no sólo la anulación de la convocatoria a la ANC, única acción política del castromadurismo de corto y mediano plazo, sino la inmediata disolución del Tribunal Supremo de Justicia, parapeto seudo legal sobre el que Nicolás Maduro basa todas sus acciones de gobierno. Con lo cual se fija la tensión que atenaza a la dictadura: el frente legal institucional, que une en un solo movimiento a la Fiscalía General de la República y a la Asamblea Nacional, por una parte; y el frente cívico de la resistencia activa, con participación de todas las fuerzas políticas y sociales democráticas, que ya causa conmoción en el interior de las Fuerzas Armadas.

 

El objetivo inmediato de esta exitosa e irreversible guerra de movimiento es forzar la renuncia de Nicolás Maduro y su tren ejecutivo a la mayor brevedad, para constituir un gobierno transicional de Salvación Nacional, resolver las exigencias opositoras  inmediatas – abrir las puertas al auxilio humanitario de alimentos y medicinas -, liberar a todos los presos políticos y preparar unas elecciones generales al mayor y más breve plazo posible. Si su inminencia depende de factores relativamente imponderables, su irreversibilidad es indiscutible. El

régimen agoniza. Falta el desenlace fatal. Que vayan ensayando sus exequias.