Hoy --/--/----

Síguenos en nuestras redes sociales

La diferencia entre Fidel y el Che | Por Hugo J. Byrne

El segundo, hechura del primero, fue un fracaso total en todo cuanto emprendió hasta que se convirtiera en marioneta del otro por el resto de su vida 02/11/2017 8:20 AM

Hugo J. Byrne

Exiliado cubano, escribe sobre la realidad de Cuba y Latinoamérica, con análisis crítico con respecto a las acciones del comunismo en la región y las consecuencias que el castrismo ha dejado en su país natal.

No puede escribirse una biografía en dos cuartillas ni en cien, pero unas pocas líneas anecdóticas pueden establecer el carácter de cualquier personaje histórico, siempre que sean fidedignas. Durante más de medio siglo la tiranía totalitaria castrista ha devastado Cuba a un extremo total. Esa devastación colectiva ha sido terrible en el orden material, pero mucho peor aún en el orden social.

El legado castrista es la devastación ética del pueblo cubano. De cualquier forma en que se desarrolle un cambio político futuro, siempre estará a expensas de la calidad humana de quienes lo encaucen y la ética de aquellos en cuyo nombre se produzca. Un refrán popular viene a la mente: “Árbol que crece torcido jamás su tronco endereza”. Muchos desdeñan los refranes. Yo no. Expresan una fuerte filosofía popular.

Los dos personajes de la llamada “Revolución” con mayores consecuencias malignas para la ética, tanto en Cuba como fuera de ella, son Fidel Castro y Ernesto Guevara de la Serna. El segundo, hechura del primero, fue un fracaso total en todo cuanto emprendió hasta que se convirtiera en marioneta del otro por el resto de su vida. Guevara, aunque nos resulte repugnante, tiene una gran influencia mitológica entre la gente limitada y nadie dude que la limitación mental es muy extensa. Ese mito es “made in Havana”.

Castro, furtivo y cazurro por excelencia, obtuvo lo único que de veras quería: pasar a la historia como un personaje de dimensión mundial y extender su régimen hasta su muerte e incluso hasta después de ella. Para ello mintió, traicionó, asesinó y oprimió, no solo a los cubanos, sino a muchos otros en otras latitudes. Castro, en términos relativos a la población de Cuba, destruyó más vidas que Hitler, Lenin, Stalin o Mao. Solo lo superó el verdugo de Cambodia, Pol Pot.

En una oportunidad en los años noventa hablé en público sobre por qué Cuba había sido la primera nación de América en caer bajo la férula comunista. Recuerdo las tres razones que aduje en mi presentación. En el orden de importancia fueron: Fidel Castro, el determinismo histórico y el geográfico.

Aunque mi discurso fue calurosamente aplaudido, provocó la crítica de una joven quien comparó mi análisis de Castro a “la descarga de un profesor liberal e izquierdista de Humanidades”. De lo que se infiere que para demostrar la maldad de un criminal es necesario llamarlo bruto. También le había desagradado que me refiriera a la influencia política negativa en Cuba de los ochocientos años de dominio totalitario de España por los musulmanes, a quienes llamó “los moros”. En resumen, enfocó el capítulo del determinismo histórico como una diatriba antiespañola y ofensiva a sus abuelos. Nunca he desdeñado a quienes honestamente difieran de mi opinión o parecer, a menos que sea evidente que lo hagan por interés. Ella, simplemente, no entendió.

Los adjetivos no definen a nadie. Es mejor narrar los hechos objetivamente, dando elementos de juicio para que cada cual saque sus propias conclusiones. Las anécdotas de Castro y Guevara que van a continuación me fueron enviadas por un distinguido lector, Luis Lebredo. En mi criterio estas anécdotas sugieren las reales personalidades y habilidades respectivas de ambos sujetos.

La primera es del muy tardíamente incinerado Fidel Castro. La escena es la oficina de una de las mayores imprentas de la Cuba de entonces, sita en el Cerro, La Habana: “Fiallo, Paleo y Compañía”. El desaparecido Mario Fiallo, conocido diseñador de impresos, quien participó en las primeras negociaciones para la “Imprenta Nacional” y después fuera dueño de otro negocio del mismo ramo en Puerto Rico, era amigo de Lebredo.

Llega Castro, interesado en un diseño de Fiallo para la portada de la segunda edición de la revista “INRA”. Los socios del negocio, en espera de la visita, estaban preparados para dar una respuesta negativa. Después de admirar la impresión en cinco colores de una de las varias prensas, Castro ofrece un millón de pesos por el negocio.

El socio mayoritario Paleo, le responde sonriente que la prensa de los cinco colores había costado por sí sola más de un millón de pesos, pero intuyendo lo que vendría después, agrega: “pero si nos hace un depósito de un millón de dólares en un banco de New York, la imprenta es suya.” Castro furioso responde no y se larga sin despedirse. Poco tiempo después el negocio es “intervenido” por el estado castrista.

Al salir Fiallo de Cuba, Lebredo es quien le provee los cinco dólares que dejaban sacar individualmente a quienes optaran por el destierro. Después de quince años en la prisión política de Castro, es el turno de Lebredo al exilio. Para ese entonces Fiallo es dueño de una imprenta en Puerto Rico, muchísimo mayor que la del Cerro.

¿Es honesto ofrecer un millón de pesos por lo que sea, sabiendo que por la propia mano el valor de cambio de esa moneda en el mercado internacional será cero en poco tiempo? Los impresores podían escoger entre papel sin valor futuro o confiscación inmediata. Pero deshonestidad y capacidad para estafa, genocidio y toda clase de crimen, poco tienen que ver con habilidad y truculencia. La frase dramática “genio tenebroso” no es de mi invención sino el título de una biografía del influyente Fouché. Por supuesto, eso lo entienden muchos, pero nunca ha de faltar quien afirme que Byrne cree genial a Fidel Castro.

Le toca el turno al reverso de esa medalla. En oposición a lo que parece creer la desinformada mayoría, Guevara nunca le hizo la menor sombra a Castro. Por el contrario, su mito fue creado por quien lo usara continuamente desde que lo conociera en Méjico hasta su mutis en Bolivia. Lo toleró por algún tiempo hasta percatarse de que era mejor usado como mártir de su causa.

La primera oportunidad de deshacerse de él fue en el Congo, donde escapó “en tablitas”. La inconformidad soviética con el argentino del bigotito cantinflesco y sus “tendencias maoístas” fue real, pero muy dramatizada por La Habana, cuyos servicios de contrainteligencia ya en plena gestación, usaba las triquiñuelas de la KGB y de su contrapartida de “La República Democrática Alemana”. Guevara nunca tuvo el menor asomo de rebeldía o distanciamiento de Castro.

No entendía su truculencia y siempre fue su perro faldero. Además, ni siquiera estaba al tanto de los asuntos que vitalmente le concernían. La siguiente anécdota confirma esta última conclusión.

Lebredo era entonces amigo de Aleida March, la última esposa de Ernesto Guevara. Se conocían desde que March fuera “activista laboral” de maestros en Las Villas y Lebredo Abogado del Colegio Nacional de Maestros.

Una vez instalado el régimen castrista y ya con “el Che” como “Presidente del Banco Nacional”, Fiallo, sabiendo de la amistad entre Lebredo y March, le pide al primero concertar una entrevista con Guevara. Su propósito es la adquisición de una impresora “state of the art” en la República Federal Alemana, al costo de un millón de dólares. La impresora sería usada por la Imprenta Nacional.

Guevara accede de mala gana a reunirse con los vendedores alemanes, pero con Fiallo y Lebredo como intérpretes: los alemanes hablan buen inglés pero Guevara apenas se comunica en castellano. Después de las cortesías preliminares y antes de empezar la negociación propiamente dicha, Guevara pregunta por qué no comprar una impresora más barata o “de gratis” en la Unión Soviética.

Guevara muestra a todos los presentes una revista de propaganda soviética, con impresos de colores y papel satinado. En ese momento los alemanes hablan entre ellos y piden a Lebredo concluir la entrevista. Sonriente, triunfante y aliviado, Guevara se despide.

A la salida el vendedor principal hace un aparte con Lebredo: “Tratar con este fanático sería una absurda pérdida de tiempo. Ni siquiera sabe que esa revista se imprime en Suecia.”