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La enfermedad del constituyentismo venezolano | Por Antonio Sánchez García

La constitución sirve para todo, decía Monagas. Sirve hasta para caricaturizarla, diría este manifestante. (Foto Cristian Hernández @fortunecris) 14/07/2017 10:58 AM

Antonio Sánchez García

Historiador y Filósofo de la Universidad de Chile y la Universidad Libre de Berlín Occidental. Docente en Chile, Venezuela y Alemania. Investigador del Max Planck Institut en Starnberg, Alemania. En twitter es @sangarccs

“La constitución sirve para todo”

José Tadeo Monagas, 24 de enero de 1848 

Hemos heredado los latinoamericanos y muy en particular los venezolanos un nominalismo constituyentista verdaderamente aterrador: veintiséis constituciones, casi todas inútiles e inservibles, con las que se puede hacer y de hecho se hizo de todo, incluso a redropelo de lo que ellas dictaban, aún no terminan por convencernos de que la más perfecta de las constituciones se desbarranca si no se corresponde con las pulsiones, instintos, usos y creencias de los ciudadanos a los que pretende encarrilar por el perfecto comportamiento ciudadano. No hay constitución, por más rígida que sea, que enderece el comportamiento pervertido de un Pedro Carreño o un Diosdado Cabello. La mejor de todas ellas, la de 1961, que alcanzó a internalizarse en la conciencia de varias generaciones, fue triturada en pocas horas por la estupidez, la cobardía y la necedad de esos hombres. Incluso de quienes la promovieran y redactaran. Por no hablar de quienes juraran defenderla para terminar agarrándola a cañonazos.  ¿O es que alguien se ha olvidado de la frase  marmórea con la que el gran constitucionalista, constituyentista  y dos veces presidente de la República se pasó dicha constitución por el fundillo diciendo que la democracia instituida por ella, asesinada mediante el golpe de Estado de los comandantes felones no merecía ser defendida, “porque democracia con hambre no es democracia”? 

La madrugada del 4 de febrero de 1992 la felonía uniformada trapeó el piso con la magna obra que diera inicio y enmarcara jurídicamente el período más estable, próspero y pacífico de nuestra historia. Salvo el presidente de la República y un pequeño grupo de sus más inmediatos colaboradores, casi toda la clase política, empresarial, mediática, académica, artística y militar de la Nación se limpió el trasero con ella. Como detesto la cobardía, sólo diré que no recuerdo otros nombres verdaderamente dignos y meritorios de encomio en esa trágica y ominosa circunstancia que los de quienes supieron desenmascarar la felonía de la hegemonía política y mediática del momento: Luis Ugalde, Juan Nuño y Manuel Caballero. De Cabrujas en adelante, todo fue solazarse en el jolgorio y la farsa de la automutilación. No hablemos de su discipulado, tan cercano a Teodoro Petkoff.

Ya muchos de los que hoy lloran lágrimas de sangre frente al muro de los lamentos de El País, de España, representantes de la llamada “diáspora”, se olvidaron de las alabanzas y elogios con que llenaron sus columnas en los principales periódicos del país antes y después del cuartelazo: el Caracazo, un motín delincuencial de saqueos y asaltos,  fue ensalzado como si se hubiera tratado de la toma de la Bastilla. Y el siniestro y avieso golpe de Estado, con cientos de muertes inocentes, como el despertar del más rancio patriotismo venezolano. Páginas enteras escritas por periodistas deslumbradas dedicadas al principal responsable de lo que ha devenido en la más sucia, fétida e inmunda crisis humanitaria de la historia latinoamericana.  

 Cien días y cien muertos, mártires que no vivieron esos hechos ominosos protagonizados por muchos de quienes hoy se oponen a lo que debieron oponerse hace veinticinco años, cuando ya no les queda más remedio, no han bastado para asentar una conciencia auténticamente política de nuestras circunstancias. Fieles creyentes en el valor de la palabra escrita, que en Venezuela jamás ha respetado nadie, creen verdaderamente que si la estafa del 30 de julio tiene lugar, “en Venezuela se habrá entronizado la tiranía cubana”.

Aún no comprenden que la política no obedece a voluntades leguleyas. Que con esa constituyente de tres al cuarto podremos limpiarnos - y de darse nos lo limpiaremos - el trasero. Que los mafiosos que la redacten siguiendo las indicaciones de sus amos cubanos tendrán que comérsela a mordiscos, si asumimos la única tarea que nos corresponde: mandarlos al carajo. No será la primera vez que suceda. Si bien, ojalá tengamos el honor de hacer que sea la última. 

Lo diré grosera, vulgarmente, para ver si entienden los hampones del régimen y los bobalicones dialogantes de la oposición leguleya. Si el pueblo decide defecarse en esa constituyente, tendrán que rogar por un huracán de viento, lluvia y fuego para limpiarse las cascarrias y librarse de la pestilencia. Todo lo demás es paja.