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La guerra de Rómulo Betancourt contra la invasión cubana | Por Antonio Sánchez García

La invasión que envenena a la Nación, el alacrán es importado. (Ilustración: Andrés Rodríguez del Villar) 23/08/2017 10:20 AM

Antonio Sánchez García

Historiador y Filósofo de la Universidad de Chile y la Universidad Libre de Berlín Occidental. Docente en Chile, Venezuela y Alemania. Investigador del Max Planck Institut en Starnberg, Alemania. En twitter es @sangarccs

“Lo que sí quiero decir lo diré aún más claro. Si el régimen de Castro continúa en su política de agresión a Venezuela y otros países del Caribe, llegará el momento en que los gobiernos de esos países concierten una acción conjunta de sus fuerzas de aire, mar y tierra para hacerle la guerra a Fidel Castro, a sus 300 mil milicianos y a sus asesores militares soviéticos.” Rómulo Betancourt, 1972.

El 16 de agosto pasado, The Wall Street Journal publicó un estremecedor Informe Especial sobre Venezuela de la analista política Mary Anastasia O´Grady bajo el título Intervención masiva de Cuba en Venezuela. Se trata del recuento más pormenorizado publicado hasta la fecha sobre la práctica invasión de Cuba a Venezuela, en donde se ha apoderado de las palancas institucionales claves del control de un país inmensamente más grande, poblado, rico y poderoso hasta estrujarlo, exprimirlo y convertirlo en un arruinado despojo de lo que fuera, imponiendo bajo las políticas que les ha dictado al agente encargado de lo que se ha convertido en la primera satrapía de la tiranía cubana en Tierra Firme incluso una crisis humanitaria.

El control del gobierno cubano, iniciado abierta y desembozadamente luego de la crisis de abril de 2002, comenzó con la ocupación de miles de funcionarios cubanos tras las mamparas de la asistencia médico hospitalaria, la ocupación estratégica de los barrios más populares de las ciudades y poblados venezolanos mediante establecimientos ambulatorios ocupados por paramédicos y personal sanitario cubano bajo el paraguas del por ellos inventado programa de asistencia social llamado Barrio Adentro, más miles de asesores deportivos, y el control de notarías e identificación por personal cubano. Simultáneamente a la presencia activa de oficiales y soldados en los altos mandos de las fuerzas armadas venezolanas. Incluido algunos generales.

Como retribución por esa intervención armada y esas asesorías muy sui generis, además de un pago exorbitante por los servicios prestados al estado cubano, del que los funcionarios cubanos, tratados in situ como esclavos, han recibido una parte insignificante, el gobierno venezolano de Hugo Chávez Frías se comprometió a hacerle entrega al de Fidel Castro la bicoca de cinco mil millones de dólares anuales, así como cien mil barriles de petróleo diario, sin ninguna contraprestación.

El regalo más cuantioso y de más larga duración que le haya hecho gobierno alguno en el mundo a la isla colonizadora. Muy superior al que le otorgara la Unión Soviética a cambio de su incorporación al bloque comunista y los servicios militares que le prestara en su política imperialista en África.

Jamás se conocerá en detalles la política diseñada, planeada e implementada por los hermanos Castro para, luego de apropiarse de los deseos más íntimos, la voluntad y la salud del pobre infeliz que se les rindiera a sus pies creyendo que en lugar de ser recompensado con un cáncer fulminante y apropiarse hasta de sus suspiros, sería premiado con la creación de una nueva república del Caribe – Cubazuela o Venecuba – y él coronado como su primer presidente revolucionario. penetrarla hasta en sus más íntimos resquicios, infiltrarse en el aparato de Estado venezolano, corromper, someter, dominar y amaestrar a sus fuerzas armadas, lavarle el cerebro a las autoridades venezolanas, dirigir la sala situacional de Miraflores en la que se seguía el día a día de la dominación y aplastamiento de Venezuela a los propósitos cubanos, aunque es fácil deducir que los planes diseñados en La Habana buscaban apropiarse de las riquezas venezolanas, quebrarle el espinazo a la oposición, esclavizar al funcionariado chavista, hundir la economía y terminar por desquiciar y devastar una república que Fidel y Raúl Castro han odiado hasta llevarla al borde de su extinción física.

La vaca horra de una PDVSA devastada por la politiquería y el saqueo fue exprimida hasta sus últimos extremos para mantener con vida a los parásitos cubanos. Sin pretender otro objetivo que su desaparición. Sobre la misma mesa en que deshuesaron el cadáver de Hugo Chávez firmaron la entrega de sus despojos a China y Rusia. Venezuela ha sido violada, ultrajada, explotada y exprimida hasta su última gota de sangre en un festín de canibalismo político sin precedentes en la región. Con el aplauso y el beneplácito de todos los gobiernos latinoamericanos, concertados por el Foro de Sao Paulo, Lula da Silva, Néstor Kirchner, Rafael Correa, Daniel Ortega, Evo Morales y el chileno José Miguel Insulza, que dirigió, desde la OEA, el asalto concertado a una nación víctima de un saqueo en cambote.

Si los precios del petróleo no se hubieran derrumbado y el cáncer no se hubiera devorado al teniente coronel que salió de lo oscuro, el obsceno carnaval imperial seguiría rumboso. Si las elecciones presidenciales norteamericanas hubieran consolidado al clan Obama-Clinton y la concupiscencia de los demócratas y el papa Francisco con la tiranía castrista hubiera terminado por cuadrar su hegemonía en la región, no estaríamos viviendo la profunda crisis en que naufraga la satrapía de Nicolás Maduro. Para fortuna de una Venezuela que se encuentra a pasos de su liberación, triunfó Donald Trump y la iglesia venezolana se impuso en el Vaticano. Por cierto, gracias a los factores que comparten su frontal rechazo a la tiranía cubana y a su satrapía en Tierra Firme. Que no es el caso de Jorge Alejandro Bergoglio, por quien la iglesia no debe meter sus manos en Cuba. Ni en Venezuela.

Deja mucho que desear sobre la integridad moral y la densidad intelectual, en primer lugar, de la oposición venezolana y, en segundo lugar, de todos los gobiernos de la región la torpe e hipócrita indignación con la que han reaccionado al mero anuncio de Donald Trump a considerar entre las opciones políticas de su gobierno también el empleo de la fuerza para resolver la trágica extinción de Venezuela como Nación y República independiente.

Así los socialdemócratas venezolanos le hagan coro al griterío filocastrista en su horror a una intervención militar en Venezuela, debieran tomar cuenta de lo que respecto de Cuba y el inmenso peligro que representaría, ha representado, representó y representará para América Latina la maldición de la llamada “revolución cubana” quisiera dar a conocer una nota absolutamente inédita de las memorias manuscritas de Rómulo Betancourt de 1972 en la que expresa, de su puño y letra, lo siguiente:

“Lo que sí quiero decir lo diré aún más claro. Si el régimen de Castro continúa en su política de agresión a Venezuela y otros países del Caribe, llegará el momento en que los gobiernos de esos países concierten una acción conjunta de sus fuerzas de aire, mar y tierra para hacerle la guerra a Fidel Castro, a sus 300 mil milicianos y a sus asesores militares soviéticos. Los pueblos y gobiernos democráticos no son bélicos, pero pelean cuando se les agrede, como peleó la India del Padit Nehru cuando su país fue agredido por la China de Mao. No es una perspectiva agradable ni deseable la que se avizora, pero entre las previsiones de los gobiernos y pueblos del Caribe y Centro América debe contarse con una coyuntura futura de una acción militar conjunta para ponerle cese a la exportación a la exportación desde Cuba de profesionales del terrorismo y de alijos de implementos bélicos. Llegada esa oportunidad de paralizar la acción perturbadora del régimen de Cuba sobre la zona americana de su más cercana vecindad geográfica apreciarán los dictadores de La Habana que no es lo mismo dominar con tropas y policías numerosísimas a un pueblo inerme que vérselas con pueblos también armados…”

Si ese era el pensamiento del fundador y líder indiscutible de Acción Democrática en 1972, ¿qué pensaría hoy del Caribe cómplice y de quienes se dicen sus compañeros de partido y toleran la colonización de su amada Patria por una agresión consumada de Fidel Castro a Venezuela?

No es difícil imaginárselo.