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La injusticia y el chantaje: El Caso Jerusalén | Por Antonio Sánchez García

Manifestantes palestinos huyen durante los enfrentamientos con las tropas israelíes, cerca del asentamiento judío de Beit El (Foto: Mohamad Torokman. REUTERS) 10/12/2017 11:32 AM

Antonio Sánchez García

Historiador y Filósofo de la Universidad de Chile y la Universidad Libre de Berlín Occidental. Docente en Chile, Venezuela y Alemania. Investigador del Max Planck Institut en Starnberg, Alemania. En twitter es @sangarccs

El derecho de la precedencia y la primogenitura han ordenado el caos natural del universo. Sin ellos, la humanidad aún viviría sumIda en ese caldo oscuro y plagado de energía que según los cosmólogos antecedió a la creación. De creer en los escritos testamentarios, el suceso ocurrió tal cual lo describe el Génesis, 1 3: “Y Dios dijo hágase la luz, y se hizo”.

En la cultura religiosa, histórica y humanística en la que he sido educado, Jerusalén es una realidad indisoluble, consustancialmente vinculada al judaísmo, desde hace tres mil años vinculada al Rey David y desde el nacimiento del cristianismo clave y símbolo del sacrificio ritual que elevara a Jesús a las máximas alturas de la espiritualidad occidental. Como la Meca es el símbolo por excelencia de los musulmanes. Y Roma, desde la conversión de Teodosio, la capital del cristianismo.

Siendo así, factual, históricamente, ¿por qué nadie disputa la primogenitura del Islamismo sobre la Meca y del cristianismo sobre el Vaticano, negándoseles a los judíos su primogenitura sobre Jerusalén? Por una razón milenaria: porque Jerusalén ha sido el botín privilegiado de moros y cristianos, la razón de las cruzadas – y sus atrocidades y matanzas imperiales – y de la Intifada. El punto de no retorno del antisemitismo, la piedra de tope del odio cristiano y musulmán al pueblo de Israel. Clave de la injusticia y del chantaje que hace de un punto geográfico mínimo visto desde la inmensidad del espacio – desde el que llevamos décadas observándolo perdido en las estribaciones del Medio Oriente – un asunto de honor de viejos prejuicios, viejos rencores y odios cainitas que ni siquiera el espanto de la Shoá ha logrado poner en vereda.

¿Qué tiene de escandaloso que un presidente que decidió tomarse en serio una vieja decisión de sus gobernantes, instalar su embajada en el corazón histórico de Israel, provoque una conmoción y un rechazo mundial mayor que la decisión de Corea del Norte de seguir insistiendo en preparar un ataque nuclear contra los Estados Unidos?

Detrás de la alharaca provocada en Occidente por el anuncio de Donald Trump resuena el chantaje sangriento del terrorismo islámico, que si por él fuera, ya se hubiera apoderado de Roma e instalado el califato mundial en El Vaticano. Objetivo que se encuentra mucho más cerca del cumplimiento de cuando el jefe de lo que llegaría a ser el Estado Islámico se lo proclamara como un objetivo irrenunciable, histórico, a la periodista italiana Oriana Fallaci. Por entonces, mediados de los setenta, nadie imaginaba que llegaría un momento en el que la cantidad de minaretes superaría con creces a los milenarios campanarios de Italia. Ya los superan.

Detrás de la hipócrita alharaca de los representantes de las naciones occidentales en Naciones Unidas contra el anuncio de Donald Trump resuena la misma auto legitimada disposición a entregarse a la barbarie invasora que vienen practicando las víctimas del castrocomunismo en nuestra región, a la que la pusilanimidad de la MUD se entrega en alma y corazón, Podemos en Madrid, Puigdemont en Cataluña.

Hoy por hoy, el derecho de primogenitura lo tiene la barbarie. La justicia ha sido anulada por el chantaje. La violencia del invasor ha adquirido aterciopelada carta de ciudadanía y lo razonable no es lo que dicta la razón, sino lo que acata las órdenes del bárbaro. Por eso, para mi, Jerusalén fue, es y será israelita, la capital del judaísmo. Como la Meca de Mahoma y el islam, y el Vaticano de Cristo y Francisco. Es el orden de las cosas. Así les cause un profundo disgusto a la pusilanimidad y la cobardía occidentales.