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La Jara Constitucional | Por Edwin Ríos

Foto: Cristian Hernández (@FortuneCris) 23/10/2017 10:54 AM

Edwin Rios

Puertorriqueño dedicado a la causa de la libertad. Participó por nueve años en las fuerzas armadas de los Estados Unidos. Egresado de la Universidad del Estado de Nueva York y de la Universidad de Phoenix.

No sé si ustedes recuerdan a los hospitales cuando tuvieron una época de vacas acorraladas. Uno preguntaba cómo se llegaba a radiografía, y te decían que siguieras la línea roja. Entonces en el piso veías rayas de colores, cada una guiándote a un departamento distinto. Cuando uno observaba a la gente, parecían vacas, con la cabeza baja, caminando por los pasillos persiguiendo una idiotez de colores, como si fuesen de camino al despeñadero.

Fue una filosofía de idiotez humana explotada hasta en las mejores películas. Quién puede olvidar al personaje de Dorothy en El Mago de Oz, que fue transportada, después de una tormenta infernal, a un lugar maravilloso donde no existía ni el hambre ni las enfermedades. Sólo existían los defectos de la personalidad, representadas en el león, el espantapájaro, y en el hombre de estaño, que se iban borrando por el camino. Pero también existía lo que siempre resulta inevitable: el bien y el mal. Y el mal era representado por una bruja que aparece arbitrariamente en cualquier momento. Lo importante para Dorothy era mantenerse por el camino de la raya amarilla, que la llevaría al Mago de Oz, quien podía ayudarla a regresar a Kansas, el lugar que tanto extrañaba.

Bueno, Kansas es el último lugar que un ser humano puede extrañar. Algunos urbanistas que han tenido la dicha de ir a Kansas, me lo han descrito como una planicie sin fondo, donde parece que el tiempo se detiene, lleno de tormentas y tornados, y donde el ser humano siempre vive pendiente de la madriguera más cercana que pueda servirle de refugio, para imbuirse lejos de las amenazas del ambiente. Eso era lo que Dorothy extrañaba, a pesar de disfrutar en un mundo lleno de maravillas, en ese viaje de ensueño que se había producido como resultado de una tormenta infernal.

Yo más bien creo que es una filosofía del romanticismo, que niega lo peor de las condiciones humanas, en busca de un ideal lejanamente perdido. Por ejemplo, yo nunca he visto la película de Héctor Lavoe, llamada El Cantante. Si me preguntan, digo que es porque no tengo afinidad con el cantante Marc Anthony, quien hizo el papel de Héctor en la película. Nunca me ha interesado ni su música, ni sus proyectos, a pesar de que soy un fan empedernido de la salsa.

Eso se debe a una razón simple. A mi no me interesa escuchar nada sobre el problema que tuvo Hector Lavoe con las drogas. Eso destruye la idea romántica que yo tengo con ese flaco, que cuando se paraba de frente, parece que estaba parado de lado. Yo a ese hombre la quería a pesar de todos sus defectos. ¿No se supone que el amor es así?

Claro, la idea de Marc Anthony es una excusa para tapar lo otro; que yo no puedo enfrentar a una realidad histórica. Yo prefiero al realismo mágico, que admite defectos, porque eso es lo que me hace feliz con la idea de Héctor Lavoe. Lo mismo ocurre con la idea del Che Guevara. No lo soporto, y en este caso prefiero la visión histórica de su vida, mientras otros prefieren al romanticismo que se ha creado alrededor de él, hasta que están dispuestos a ignorar el hecho de que fue un genocida comunista. Los reviews que he leído me dicen que este film tiene una visión mucho más romántica de lo que yo estoy dispuesto a digerir. En cuanto al Che, prefiero la cruda realidad.

Cada cual que vive en el país de las maravillas, persiguiendo rayitas de colores, no admite críticas, ni argumentos, en contra de los defectos del objeto de su amor. El cerebro romántico no tiene forma de hacer ese análisis. De hecho, creo que el amor del pueblo por Héctor Lavoe culminó con la canción Mi Gente, que él vocalizo en el Coliseo Roberto Clemente de San Juan, Puerto Rico, temprano en la década de los 70. En su soneo Hector dijo: “Todo el mundo dice que yo estoy caliente,” seguido de, “Que critiquen, que critiquen...” Bueno, en el argot boricua, decir que estas “caliente” significa que estás drogado.

Luego Héctor comienza a hablarle directo al publico, diciendo: “Yo quiero que todo el mundo cante, y no le tengan miedo a la jara. Porque si yo digo algo fresco, nos van a llevar todos presos. A mi no me pueden llevar solo, ¿verdad?” La jara, en el argot boricua, significa policía. Obviamente, Héctor hacía célebre el gran amor que el público tenía por él, un público que estaba dispuesto a ir a la cárcel por su ídolo, y que ciertamente lo amaba con todos sus defectos.

Ese es el mismo riesgo que uno toma cuando se entromete en pelea de matrimonio. Uno trata de salvar a la mujer, pero después resulta que los dos te quieren caer arriba. Y para los que se atormentan con la falta de lógica que existe dentro del romanticismo, también es lo mismo que ocurre con la fiscal Luisa Ortega; que entre Hugo Chávez y Nicolás Maduro, considera sólo a Nicolás Maduro como un dictador vagabundo y malandro, mientras que, para ella, Chávez fue un ciudadano ejemplar. Contra uno existe la lógica, contra el otro existe el romanticismo.

Claro, la Asamblea Nacional Constituyente (ANC) existe porque Maduro se considera un Héctor Lavoe. Se cree tan célebre y popular, que considera que la gente quiere ir a la cárcel por él, mientras ignoran a todos sus defectos. Es un intento de quitarle autoridad moral a quienes lo critican. En otras palabras, Maduro busca justificarse por el romanticismo, convirtiendo al pueblo en un instrumento al servicio suyo. Es interesante observar que la constitución de los Estados Unidos fue firmada por 40 constituyentes, mientras que la ANC venezolana tiene 500 miembros. Tantos miembros que no caben sentados dentro del hemiciclo del parlamento que ellos derrocaron. El razonamiento romántico, si se le puede llamar razonamiento, de ese cuerpo tan grande es que debe tener una representación digna de la clase obrera, mientras que la cruda realidad es que Maduro busca diseminar su culpa entre el pueblo.

Para el romántico, no existen críticas. Viven en un mundo aparte de la realidad. En ese mundo de rayitas de colores, donde no debe haber hambre ni enfermedades, y donde los defectos personales desaparecen con el caminar. El problema está en que el estómago gruñe y se está sintiendo el hambre y las enfermedades de una manera fehaciente, antes de llegar al final del cuento. Y en vez de sanarse los defectos de las personas que te rodean, en ese andar por el mundo de las “maravillas”; ocurre todo lo contrario, se agudizan. Y poco a poco, vamos pasando del romanticismo a la realidad y nos preguntamos si, al momento de caer el sistema, estamos dispuesto a ir a la cárcel, o inclusive a morir, por una lucha que defienda a una historia de amor ciego y equivocado. Una historia tan equivocada, que ella misma trató de convertirnos, en la oposición, en una jara política que buscaba destruir a la cruda realidad.

Curiosamente, el periodo de la música sinfónica romántica ocurrió en el siglo 19, y terminó temprano en el siglo 20. La música romántica termina y comienza el modernismo. Pero el modernismo no solamente marca el final de la música romántica, sino que marca el comienzo del final de la música polifónica que el mundo occidental ha usado desde hace siglos. En otras palabras, esas escalas musicales tradicionales que marcan la distancia entre un DO y un RE, entre un RE y un MI, entre un MI y un FA , etcétera, tanto en sus formas de escalas mayores y menores; todo eso está desapareciendo. Hay inclusive un término llamado “diabolus in musica” que designa a ciertos acordes que eran prohibidos en práctica, pero que luego fueron adoptados en la música moderna. He hecho, se dice que el rock está plagado de esas sonoridades estridentes y chillonas que solamente el oído del diablo podía procesar en tiempos pasados. Eso fue una realidad en todas las épocas de la historia de la música, pero lo interesante es que, mientras el romanticismo desaparece, se lleva la base del producto entero que le permitió existir en primer lugar.

Eso ocurre en muchos ejemplos, cuando desaparece el romanticismo. Lo que quiero decir es que el romanticismo es una cosa temporal, que cuadra y controla al cerebro humano, pero que está destinado a morir, y cuando muere, como todas las cosas, logra exponer una base; no aquella base que le permitió existir, sino la base de la cruda realidad, que siempre existe, a pesar del romanticismo y de la música. Esa es la base donde todo el bien y todo mal queda bien definido, sin equivocaciones y sin filtros políticos.

Henry Ramos Allup, Julio Borges, y Henrique Capriles, se equivocan si creen que pueden llevar a la oposición por el despeñadero del romanticismo, como lo hizo el chavismo y el madurismo. Esa época se acabó y hay que buscar a un modernismo político. Uno que deshonre a los filtros y a las rayitas de colores, y que nos conduzca hacia la base de la cruda realidad. Y esa cruda realidad, que siempre existe, no se destapa criticando a los demás, como si nosotros fuéramos también parte de una jara política. Eso se logra comenzando con la autocrítica. Ya es hora de que Dorothy aterrice en Kansas con una nueva fibra de pensamiento.