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La Joya de la Corona | Por Javier Lara

Venezuela para el castrismo es similar a lo que fue para el Imperio Español el virreinato del Perú (Foto Cristian Hernández @fortunecris) 19/08/2017 10:00 AM

Por Javier Lara

En Twitter: @vzla_apesta

Debe quedar claro a estas alturas ya, que el destino de la nación no está en las manos de unos políticos mediocres que prefieren pactar migajas antes que buscar el premio mayor y más digno, tampoco está en las manos de quiénes aún no se deciden entre tibieza y rebeldía fingida romper con los mediocres, y cuya inacción termina también siendo mediocre.

En estos momentos, los destinos de quiénes parecemos haber sido malditos con esta nacionalidad, reposan sobre los resultados de reuniones en Camp David, el Kremlin, Itamaratí y por último y más importante para desgracia nuestra, en La Habana, donde como reyes de un vasto imperio, los comunistas de Castro miran con terror la posibilidad aunque lejana, de perder una de sus colonias, donde han puesto tantos esfuerzos y que sobre todo tantos frutos a su causa maligna, sus relaciones públicas y en especial a sus bolsillos, han otorgado.

Para ellos es sumamente importante esta colonia si bien ya su imperio, por vía del Foro de Sao Paulo ha realizado anexiones, alianzas o influencias sobre casi toda América y hasta ha logrado establecer franquicias en Europa Occidental. Sin embargo, cual adagio romántico de “El primer amor nunca se olvida”, la cabeza de playa del colonialismo parásito cubano, como medida de supervivencia de una tiranía rémora al borde de la muerte tras la caída de su huésped soviético a inicios de 1990 es Venezuela, incluso siendo parte de su plan original de expansión continental del comunismo desde aquella visita del aún emergente líder cubano a Venezuela en 1959 que sirvió para fertilizar lo que luego sería el fallido escenario de lucha armada donde fue derrotado militarmente.

Así, siendo derrotados por el otrora forjador de libertades Ejército Venezolano, en los 60’s, tuvieron que aplicar una fase distinta y más lenta de lucha para apoderarse de Venezuela y con ello del continente. Una fase de treinta años consistente en la infiltración de esa misma Fuerza Armada que les dio aquella derrota, conquistando los corazones y mentes de ciertos elementos altos y medios, que poco a poco fueron encontrándose con los elementos ya residentes en las academias y élites hasta dar su primer zarpazo entre 1989 y 1992, con resultados de algo visto como fracaso al inicio, pero que resultó ser solo un retroceso para impulsarse seis años después.

Con todo el esfuerzo puesto en esta industria, de años, soldados, espías, agentes culturales y cursos, es normal que no quieran soltar a esta “Niña de sus ojos” en la que se han convertido los restos de este territorio donde alguna vez habitó una república.

República en la cual fue esta colonización recibida sin resistencia de ningún tipo, fue recibida entre vítores y aplausos, con aulas magnas llenas de asistentes listos para escuchar conferencias de agentes culturales, procónsules y miembros de la metrópoli, con críticas acalladas o siendo voces en el desierto acerca de lo que deparaba el futuro y que hoy, vienen a ser medio atendidas aún en la desconfianza del eterno soberbio que jamás admite su equivocación. Una república en donde además, uno de los jerarcas de ese imperio criminal comunista, como fue Carlos Lage, en ese entonces vicepresidente mucho antes de que una purga castrista lo aislara, llegó a decir para acallar esas voces críticas que hablaban de la inminente cubanización de Venezuela que “No hay riesgo de que Venezuela se cubanice. El riesgo es que Cuba se venezolanice” en unas palabras que aunque parecen un simple chiste para salir al paso, dicen más sobre el verdadero miedo que hace que el castrismo quiera seguir clavando sus colmillos en este territorio más allá de las reservas petroleras.

En esta confesión irónica, se termina poniendo de manifiesto como el miedo castrista es a que una eventual expulsión de la tiranía proconsular que han impuesto termine dando ánimos a una alicaída oposición rebelde en la isla, que al ver como su dominio sobre una nación que parecieron dominar por tanto tiempo con su mejor labor de infiltración, pueda ser quebrada por un espíritu rebelde tan característico para la venezolanidad como la gastronomía fundada en arepas. Un espíritu rebelde, que al fin y al cabo ha estado en la nación desde 1810, ha marcado la historia sucesiva de esta y hasta hoy día está en el articulado de la Constitución, por mucho tufo de preparado castrista que esta posea.

De esta forma, Venezuela para el castrismo es similar a lo que fue para el Imperio Español el virreinato del Perú, para el Japón de la Segunda Guerra Manchurria o para la Unión Soviética el estado satélite que tenían en Afganistán. No es solo una fuente de expolio para su élite, es parte de su sistema de control hacia su base, la forma de decirles que si pueden dominarlos fuera de sus fronteras, adentro el dominio será tan fuerte que cualquier resistencia será castigada de peor manera.

No es solo algo de dinero, es un punto de honor, una joya en la corona, un amuleto que si es perdido, el efecto psicológico para una tiranía que vive del miedo ajeno, podría transformarse en el miedo propio que finalmente les daría la estocada que tambalee su piso sangriento.