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La tragedia del buenismo | Por Iván Ciriaco-Useche

12/03/2018 7:38 AM

Iván Ciriaco Useche

Venezolano. Politólogo. Escritor freelance. En twitter es @IvanPolitics

Al despuntar el alba, Venezuela recibe otro mandarriazo más contra la convivencia propia de la civilización. Todo viene a causa de la lógica de destrucción del "orden burgués" que materializan los fanáticos socialistas y los criminales que mandan desde el atalaya del Estado.

El país democrático elevó a los golpistas que atentaron contra el Estado de Derecho al poder; generalizar es absurdo pero menester es recordar los respaldos que la intelectualidad y buena parte de las élites culturales -aparte de las económicas- tuvieron para Chávez y sus secuaces. Ya en el gobierno, el empeño de estos últimos sería demoler la institucionalidad republicana y comenzar el saqueo y el autoritarismo. Ante la amenaza rupturista, los defensores de la República Civil prefirieron el suicidio de los partidos históricos y sus entes asociados. Pensaron que era inevitable la construcción de la hegemonía que comenzaba y se rindieron sin luchar. Así, la Corte Suprema de Justicia se autodisolvió, el Congreso no protestó su cierre y los partidos se replegaron. Chávez arrasó sin contendor.

La lenta reconstrucción del tejido democrático comenzaría cuando el zarpazo de la tiranía se mostrara impúdicamente con la conculcación de los derechos de propiedad y la toma de Petróleos de Venezuela. La sociedad civil se politizó y batalló con bríos y firmeza, el incipiente dictador fue depuesto y en medio del vacío, el poder fue ocupado por arribistas felones hasta que el desplazado retornaría al gobierno y dispuesto a acabar con todo lo que se le interpusiera en su camino del poder total.

Tras diecinueve años de resistencia es hora de evaluar el papel del país democrático y de sus instituciones. Lo fácil implica señalar los puntos negros, lo duro es hacer el balance de lo perdido o de lo obtenido. Sin ambages, el régimen chavista es hoy día más amplio en la cobertura de su dominación: gestó una novel oligarquía dueña y administradora de las palancas de la economía formal y subterránea, creó una red de espionaje y de control social en las zonas más pobladas y en los bordes fronterizos, raciona elementos básicos de supervivencia a través del pulpo estatal y muestra las fauces de la represión a través de una Fuerza Armada partidizada y embelesada con prebendas y permisos para sacar provecho del delinquir.

Las columnas que sostuvieron al autoritarismo chavista fueron sido tres: 1) La legitimidad carismática del autoproclamado líder “supremo de la revolución”, 2) La abundante renta petrolera manejada discrecionalmente, 3) El secuestro del Poder Público y su usufructo dispendioso, y, la perversión de las elecciones convertidas en sucesivos plebiscitos de autolegimitación. El propósito -nunca velado- del régimen ha sido instaurar y perpetuar su dominio so pretexto de que obedecen a una "necesidad histórica" de acometer la Revolución. Y la edificación de ésta última es un proceso inacabado y en permanente "peligro" por lo que cada vez más se requieren de "sacrificios" y de suspender los derechos de la "formalidad burguesa", la democracia pues.

Y es que en Venezuela quienes no están en la acera de la dictadura, no han sabido clarificar atinadamente las dimensiones del conflicto y las estrategias de lucha consiguiente. En este sentido, la organización partidista antichavista ha venido creciendo más por las debilidades del régimen que por crédito de una acción política eficaz capaz de ofertarles a los venezolanos un proyecto histórico consensuado basado en la democracia, el Imperio de la Ley y la libertad. La zancadilla a este hercúleo propósito está representada por la visión del buenismo que es el corazón de la línea estratégica de la alianza multipartidista Mesa de la Unidad Democrática. Ese buenismo subestima al proyecto histórico chavista, lo considera un caos gerencial y supone que la lógica de la corrupción es la causa esencial de la hegemonía actual. El buenismo se sintetiza en la manida frase: “¡No vale, eso no va a pasar aquí, estamos en Venezuela, esto no es Cuba!”

Y no, la realidad es más terca de lo que se espera de una visión ilustrada, civilizada y democrática. El mal existe así como contraposición efectiva del bien; pero es primordial poder reconocer a ambos y ello ocurre tras un ejercicio ético que trasciende lo individual y se conjuga en la comunidad. Por eso, que buena parte de la oposición antichavista haya optado por el camino “largo, pedregoso, que evita la confrontación entre hermanos” de la aceptación del chavismo como “democracia imperfecta” y su sustitución en cámara lenta, es asunto de discordia y de polémica. Los críticos de lo anterior han esgrimido las evidencias del comportamiento despótico del régimen y sólo concilian la resistencia beligerante y la fórmula de la tabula rasa para saltar de la dictadura a la libertad.

¿Quién tiene la razón en el campo de la lucha del país democrático? Estimo que la lucidez de quienes advirtieron sobre los impulsos totalitarios de Chávez y sus acólitos fue menospreciada. Los errores de conducción del antichavismo costaron su enraizamiento fatal. Sin embargo, tratar de derrotar al régimen en el juego cuyas reglas ellos mismos diseñaron no sólo es ingenuo sino trágico. La muerte de la democracia venezolana vino del suicidio de quienes pudieron atajar a la bestia y se abstuvieron así como de los propios enemigos declarados de la civilidad.

Venezuela se halla en la encrucijada de la inercia que lo disuelve todo. El liderazgo democrático no ha cuajado reconocerse como una alternativa de poder dispuesta enfrentarse contra el represor y predicar el mensaje de la esperanza en el mañana mejor. La oposición es rehén de su dispersión de fuerzas, está ahíta de un eje de articulación real con la crisis que devora los cimientos propios de la nación moderna. El buenismo nos ha traído hasta aquí. El chavismo es la horda, el primitivismo, el conuco, la guerrilla, el racionamiento, la escasez, la oda a la muerte, la glorificación de la violencia y el desprecio a la convivencia entre distintos. No se ha evitado la tan temida guerra civil porque ya nos encontramos en efecto dentro de un conflicto de desintegración agresiva.

El país debe reunirse en una sola tarea: derribar a la tiranía. Mañana será la reconstrucción y las diatribas propias de la civilización.