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La Unidad Democrática, esa ficción suicida | Por Antonio Sánchez García

Una Unidad ficticia, usada como chantaje para esconder intenciones e intereses. (Foto Vladimir Marcano) 21/08/2017 9:09 AM

Antonio Sánchez García

Historiador y Filósofo de la Universidad de Chile y la Universidad Libre de Berlín Occidental. Docente en Chile, Venezuela y Alemania. Investigador del Max Planck Institut en Starnberg, Alemania. En twitter es @sangarccs

Que tras veinticinco años de inclemente asalto de la barbarie a esta única forma de convivencia social civilizada que conocemos y aceptamos como propia, la democracia liberal, no se haya consolidado una unidad de las fuerzas políticas que hasta ahora la han representado para enfrentar exitosamente la homogénea, coherente y monolítica unidad de las fuerzas asaltantes, es digno de un profundo análisis y un correspondiente examen de autoconciencia. Toda vez que el objetivo que debiera impulsar al logro de dicha unidad no requiere de mayores esfuerzos intelectuales: desalojar a un régimen culpable de la devastación material, espiritual y moral de nuestra República. Doscientos años pisoteados, ultrajados y pervertidos bajo el concierto del golpismo militarista y el castro comunismo cubano. ¿Es de tan difícil comprensión?

Antes que impulsar e imponer esa unidad esencial en torno a muy concretos y elementales propósitos, los distintos partidos han preferido cautelar sus propios intereses y competir por apoderarse del respaldo de la sociedad civil, apegados a viejas concepciones, a viejos hábitos y a ritos formales de representación, sin otra perspectiva que esperar pacientemente el desgaste del régimen para heredar el gobierno. Sin siquiera haber aclarado la naturaleza del régimen que debieran combatir y el proyecto específico que los anima, salvo la trágica dialéctica del poder por el poder. Enmascarando esa descarnada competencia por imponer sus propias apetencias con la falacia de una supuesta naturaleza propia a la democracia: la diversidad de sus componentes.

Ponen de manifiesto, con ello, una visión absolutamente oportunista, vacía, mezquina y utilitaria de la acción política como el combate, a veces despiadado, por el derecho a apropiarse de parcelas de poder formal. Desencajadas, bajo la formal definición de “espacios”, de la dialéctica totalidad nacional en crisis. O creyendo, en un caso de insólita ignorancia y desconocimiento de lo político y de la naturaleza del Estado, que la Nación, la República o como quiera llamársele a la unidad nacional de identidad e historia, es la simple y mecánica sumatoria de espacios geográficos, políticos o territoriales. Y no ese complejo e inasible complejo dialéctico, vital, en perpetuo movimiento, de naturaleza, tradiciones, esencia y existencia que conforman la identidad nacional. Articulados bajo el Estado: no un ciego, mecánico y aritmético conglomerado de componentes, un amasijo de poderes interrelacionados, sino el espíritu que da vida a esa unidad nacional. Habiéndose conformado en los esfuerzos de sus mejores hombres, que dieran su vida, su sudor, sus lágrimas y su sangre para despertar y levantarse dándole vida superior y suprema a la colectividad hasta entonces colonizada. Vuelvo a recordar el magnífico diagnóstico con que Mario Briceño Iragorry definiera en 1950 las causas últimas y primeras de esta inveterada crisis que hoy sufrimos: no es una crisis de circunstancia. Es una crisis de pueblo. Gravemente atacado de desmemoria. Y ahistoricidad.

Esta visión mecánica, formalista y carente de toda auténtica inteligencia política que se acopla a esta crisis de pueblo, es la razón de la trágica situación que vivimos. La barbarie, por contradictorio que parezca, infinitamente más capacitada intelectualmente para comprender la naturaleza de lo político – el enfrentamiento mortal entre amigos y enemigos para asaltar y hacerse de la propiedad material, espiritual y política de una nación: el Poder – ha terminado por hacerse de la República, desencajarla, devastarla y arruinarla para reducirla a las riquezas de que requiere para su proyecto totalitario. Una siniestra forma de fagocitosis político militar. Para los cipayos al servicio de Cuba, que nos coloniza tras la vil y espantosa traición del golpismo militarista, nuestro país, por insólito que parezca, aún siendo su propio país, no es más que un amasijo explotable de dólares, petróleo y minerales –incluido el uranio - para el proyecto imperial cubano, que se asienta y proyecta sobre el proyecto comunista de dominio universal fundado teóricamente por Carlos Marx y prácticamente por Vladimir Ilich Lenin. Que no por haber implosionado tras la histórica derrota de la Unión Soviética ha desaparecido. Continúa alimentando los fuegos de las izquierdas marxistas y sus parientes socialdemócratas en todo el mundo, pero muy en particular en América Latina. Aliadas hoy, en un juego de inestimables consecuencias, con el terrorismo talibán que sacude al mundo. Y dispuestas a conquistarlo. Llámense Estado Islámico, Podemos, Foro de Sao Paulo, Partido Comunista o Partido Socialista. Y lo que jamás me cansaré de reiterarlo: con la insólita complicidad del Vaticano y los demócratas norteamericanos. Incapaces de poseer una visión macro política, dialéctica, de los conflictos universales que nos aquejan. Lo que posibilita la aberración de un papa que se niega a comprender la principal responsabilidad y el siniestro papel, incluso anticristiano, que juega la tiranía cubana en la actual devastación de Venezuela.

Sería profesión de maniqueísmo creer que la pervivencia de las mezquindades, ambiciones y sectarismo sólo existen y ejercen su destructivo papel en el seno de los partidos de la llamada Mesa de Unidad Democrática. Ellas también están presentes en los restantes partidos de la oposición, tan incapaces de actuar en función del patriotismo, el desprendimiento y la generosidad como aquellos a los que enfrentan. La soberbia y la prepotencia también se anidan en las mejores causas y sus causahabientes.

Tal vez radique en esa suicida negación a la generosidad y el desprendimiento una de las causas fundamentales que impiden la superación de esta tragedia. ¿Tendremos que llegar al extremo de Ricardo III quien, según la tragedia de Shakespeare, al borde de ser asesinado, ofreciera cambiar su reino por un caballo?