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La urna de Leonel Piñango | Por Daniel Lara Farías

Niños llevando niños al cementerio. Esa es la imagen que de Venezuela hablarán los historiadores en el futuro, al hablar de este época. 01/02/2018 4:30 PM

Daniel Lara Farías

Editor de La Cabilla. Internacionalista de formación y comunicador por vocación. Conduce el programa radial Y Así Nos Va por RCR 750AM de lunes a viernes a las 4 PM. En twitter es @DLaraF

I

Cuando yo estudiaba en la Escuela Municipal Hugo Domínguez Sánchez, compartía aulas de clase con niños que, como yo, vivían en los bloques de 10 de marzo, estos superbloques que Pérez Jiménez dejó como recuerdo. Pero otros niños vivían en los cerros alrededor de los bloques, en los barrios aledaños. Pobres éramos todos, si hacíamos sumas de carencias. Pero unos estrenábamos uniforme cada año, mientras otros tenían que estudiar en el turno de la mañana llevando los zapatos de sus hermanos, que estudiaban en el turno de la tarde. Sí, había unas diferencias basadas en esas carencias.

Yo creía que vivía mejor que mis compañeritos habitantes del cerro. Hasta que una vez hice el crossover y acepté la invitación, subí al cerro por primera vez en mi vida a hacer algo que cambió mi vida para siempre: volar papagayo desde un sitio llamado “la lomita”. Una de las zonas más altas del cerro, dispuesta sobre el techo de cemento de una de las casas del sector, sobre la cual los muchachos se posicionaban mejor para volar papagayos.

Era increíble. Yo hasta ese momento, volaba papagayos en el estadio de futbol del Polideportivo frente a los bloques. Ahí, semana tras semana, me sentía como Charlie Brown, cada vez que el papagayo se me enredaba en la misma torre de las luces del estadio. Ahí dejé como cincuenta papagayos hechos con papel celofán amarillo y templados al sol con pega Elefante. En el cerro no. En el cerro se volaban papagayos hechos con bolsas plásticas, se hacían más rápido, sin tanta pompa, adicionándole dos elementos muy importantes: guaral en vez de pabilo para volarlo y hojillas en la cola. Las hojillas eran para que, en medio del vuelo, si se te acercaba otro papagayo, le reventaras el hilo e hicieras que se fuese “a la isla” (o sea, al nunca jamás de los papagayos) o que al cortarle el hilo te lo trajeras amarrado en la “cola” de tu papagayo, robándole el papagayo a algún desprevenido. El guaral era para que se le hiciera más difícil a otro cortarte tu papagayo.

Felicidad era sinónimo de volar papagayo en el cerro. Lo máximo. La mayor emoción de la vida era ver un papagayo remontando desde lo alto del cerro y llegar más arriba. Hasta el cielo, pero bien arriba, donde nunca llegaba desde el estadio, por más guaral que tuvieras.

II

Leonel Piñango era un niño de 11 años, habitante de un barrio de Los Teques y sabía lo que era volar papagayo desde el cerro. Su lugar favorito, junto a sus amigos, era un cerro en específico, donde no vivía pero desde donde se volaba mejor, porque no tenía obstáculos alrededor. En ese cerro, donde hay un improvisado barrio producto de una invasión, seguramente se volaba papagayo muy bien. El hecho de que estuviera cerca de la Cárcel de Mujeres de Los Teques era lo de menos, porque los niños no saben nada de eso. Lo importante, era el papagayo y la brisa del cerro.

A ese cerro disparó el efectivo de la GNB sargento Joan Manuel Villamizar Carrillo el jueves 24 de abril, no se sabe a ciencia cierta por qué. Según dice él, hubo una fuga de presas de la cárcel y desde el barrio apoyaban a las fugadas, no se sabe cómo ni con qué medios. Tampoco se sabe si el sargento tenía dentro de sus procedimientos disparar a mansalva a la gente, o usar su arma contra viviendas. El hecho es que disparó. El hecho es que mató a Leonel, el niño de 11 años que volaba papagayos.

Dice la ministra de Asuntos Penitenciarios, que lo de la fuga es falso, que nadie se fugó. Dice el sargento que disparó a un matorral porque sintió movimientos sospechosos. Dice un amiguito de Leonel, uno de sus mejores amigos: “él me llamó la para ir a volar papagayos, a mi no me dejaron, pero se fue con otro amigo y ocurrió todo esto”.

Los amiguitos de Leonel, el que fue con él a volar papagayo y el que no pudo ir, fueron dos de los niños que cargaron la urna blanca de Leonel, que fue enterrado en una fosa cedida por la mamá de un compañerito de clases, porque la familia del niño no tenía la muerte dentro de sus planes, por lo cual no tenía ningún plan de previsión funeraria.

Durante el cortejo fúnebre y alrededor de la tumba de Leonel, sus amiguitos volaron papagayos. Los niños que volaban papagayos en el cementerio, no lloraban. Es difícil llorar y volar papagayos a la vez. Pero muy seguramente, para todos esos niños, volar papagayo de ahora en adelante no será la misma cosa.

III

A Eliécer Otaiza, héroe de la Revolución, lo mataron. La fiscalía dice que fue un robo que salió mal. Nadie explica por qué el ex director de la DISIP y presidente del Concejo Municipal de Caracas andaba de madrugada y sin escoltas por un barrio conocido por hechos de violencia. Nadie sabe por qué el cadáver apareció en un sitio dos días después y nadie había denunciado la desaparición de Otaiza. Nadie sabe por qué el CICPC tardó seis horas en llegar al sitio donde estaba el cadáver. Nadie se explica, tampoco, por qué la fiscalía imputa a un delincuente por robar y matar a Otaiza, pero el ministro Rodríguez Torres dice que el crimen “no responde a los patrones normales de robo”.

Honras fúnebres para Otaiza, casi funeral de Estado. Promesas de la ministra Varela de que “la muerte de Otaiza será vengada”, dejando claro que ella, ministra de las cárceles, no cree en la justicia sino en la venganza. Palabras elogiosas al difunto. Reseñas varias sobre su figura. Recuerdos de su pasado. Su nombre en una urbanización. Hijo de Chávez, titula con letras rojas un diario oficialista.

Mientras tanto, me suena como un eco la frase de Miguel Rodríguez Torres: “el crimen no responde a los patrones normales de robo”. ¿Qué será un patrón normal de robo? ¿Qué hay de normal en un robo?

IV

Rodríguez Torres dio una rueda de prensa en la que habló de planes golpistas, de intervención del imperio, de amenazas a la revolución y conjuras.

Nombró a mucha gente y tildó a muchos de conspiradores. Sacó una lista de venezolanos y los estigmatizó como golpistas.

No habló de Leonel Piñango, ni de su familia ni de su asesino, militar como él. Ni de uso indebido de arma de fuego, ni de impunidad ni de indemnizaciones ni de revisión de protocolos y procedimientos de actuación de fuerzas militares para evitar casos como este.

Es como si Leonel no existiera. Ni él, ni su urna blanca cargada por sus amiguitos, ni su papagayo.

Pareciera que el hampa no existe, por eso no se habla de ella. Por eso, si el hampa mata a un jerarca chavista, se niega la especie: no fue el hampa, no responde a los patrones normales, por lo tanto fue el Imperio, la CIA, los paracos, Uribe, la oposición apátrida y los medios mienten. Por eso, si el hampa mata a diario, también se niega. Prueba de esto, es la nula reseña que se hace en los medios del gobierno de casos criminales. Para los periodistas oficialistas no existe la delincuencia ni la violencia, cosa que solo se reseña si se trata de protestas a las que se debe llamar “guarimbas”. No hay presos sino “privados de libertad”. No hay “Pranes” sino “líderes negativos”. No hay malandros sino “bienlandros”. No hay cifras oficiales de muertes y crímenes, porque está prohibido decir que aquí manda el hampa.

¿De quién es el golpe entonces? Del régimen que se niega a combatir al hampa que asesina venezolanos. ¿Contra quién es el golpe? Contra los ciudadanos.

V

Desconozco al país en el que nací. En la Venezuela donde nací y viví mi infancia, los niños podían volar papagayo en un cerro, preocupados solo por las hojillas de los demás papagayos.

Hoy, vivo en un país donde a todos nos cortan el guaral de nuestra vida y nos mandan el papagayo de nuestro futuro a la isla.

¿Quién le devuelve la vida a Leonel y a su papagayo? ¿Quién le devuelve el papagayo al futuro de Venezuela?

Nota del Editor: Originalmente publicado el 27 de abril de 2014 en la antigua página de La Cabilla.