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Las elecciones y el relevo en Cuba | Por Dimas Castellanos

Con dos "pioneros" como testigos y custodios de la urna, el dictador cubano Raúl Castro deposita la papeleta con el voto que todo el mundo sabe a qué partido corresponde, pues solo hay uno: el de él. 10/04/2018 5:28 AM

Dimas Castellanos

Politólogo y periodista independiente cubano. Reporta desde La Habana. miembro del Consejo de Redacción de la Revista Digital Consenso y de la Junta Directiva del Instituto de Estudios Cubanos con sede en la Florida

La presidenta de la Comisión Nacional Electoral de Cuba, Alina Balseiro, informó en conferencia de prensa, que a las elecciones para Delegados provinciales y Diputados a la Asamblea Nacional del Poder Popular, efectuadas el pasado 11 de marzo, de 8 926 575 electores registrados acudieron a las urnas 7 399 891 (82,90%); depositaron las boletas en blanco 335 215 (4,53%) y las anularon 93 238 (1,26%). La suma de esas tres categorías arroja que 1 939 597 cubanos, el 21,72% de los electores expresaron su descontento con el sistema electoral.

Tres peculiaridades del sistema electoral cubano

– A las “elecciones” se presenta el número exacto de los que integrarán las asambleas. La opción del pueblo se limita a ratificarlos. La elección corre a cargo de las Comisiones de Candidatura, integradas por las figuras centrales de las llamadas organizaciones de masas, las que, constitucionalmente, están subordinadas al Partido Comunista.

– La Asamblea Nacional del Poder Popular se conformará con los 605 candidatos previamente elegidos, de los cuales menos de la mitad fueron electos por el pueblo; lo mismo ocurrirá con los 1265 delegados a las asambleas provinciales del Poder Popular.

– Como existe un solo partido político, las elecciones no son inspeccionadas por ningún organismo internacional ni por figuras políticas del exterior como ocurre en otros países, pues sin competencia la observación foránea carece de sentido.

Volviendo a las cifras

Aunque la casi totalidad de los que asisten a las urnas lo hacen en las horas tempranas, según la información brindada, una hora antes del cierre habían asistido 6 963 028 cubanos. Sin embargo, en la última hora y en 41 municipios que extendieron el horario, asistieron otros 476 863, casi medio millón de cubanos.

De todas formas lo significativo no radica tanto en los datos como la tendencia.

En las elecciones municipales del domingo 26 de noviembre de 2017, de 8 548 608 electores, votaron 7 610 183 (89,02%) y de ellos 313 958 (4,12%) las depositó en blanco, mientras 310 348 (4,07%) las anuló. Es decir, en los cuatro meses que separan ambos comicios, la cifra de los que asumieron esa conducta pasó de 1 562 731 a 1 939 597: un aumento de 376 866 electores.

En ese mismo período -de noviembre de 2017 a marzo de 2018- los que no asistieron, que es la forma más definida de rechazo al actual sistema electoral, aumentó de 1 246 809 a 1 526 684, es decir, se incorporaron 279 875 a esa opción.

Más evidente se manifiesta la tendencia al comparar las últimas cuatro elecciones parlamentarias, celebradas en los años 2003, 2008, 2013 y 2018. En ellas, la suma de los que no asistieron, entregaron en blanco o anularon las boletas fue de 509 872; 656 219; 1 249 935 y 1 939 597 respectivamente; una cifra que bordea los 2 millones de cubanos.

Fuera de contexto, las cifras citadas pudieran parecer insuficientes para hablar de fracaso y agotamiento, pero las condiciones y el momento en que tienen lugar demuestran que las mismas son altamente significativas.

Las condiciones

En el presente año 2018, seis décadas después de la toma del poder por los revolucionarios, por vez primera la figura principal del Estado cubano no forma parte de la generación que arribó y sostuvo las riendas del poder por tan largo período de tiempo.

La relación de ese hecho con las elecciones que se acaban de efectuar consiste en que los comicios representan, incluso para países totalitarios, un mecanismo para la legitimación.

Los revolucionarios que asumieron el poder en 1959 al legitimarse por las armas, por la distribución populista de la producción creada hasta entonces y por las subvenciones extranjeras, pudieron primero obviar la consulta popular: ¿Elecciones para qué?

El, o los relevos, que no asumirán el poder mediante la insurrección, están obligados y lo han intentado, legitimarse por las urnas, pero el sistema electoral vigente carece de instrumentos democráticos para que el pueblo pueda elegir realmente a sus gobernantes. La transferencia de poder se va a producir, pues, en un momento en que el mecanismo electoral, carente de visos democráticos, está totalmente agotado, lo que se expresa en que, a pesar de la existencia de un solo partido político, casi dos millones de cubanos han demostrado una inconformidad manifiesta, pues los elegidos, o mejor, designados, resultan de una selección previa realizada por las Comisiones de Candidaturas y que se presentan al pueblo para su confirmación.

El momento

Desaprovechadas las oportunidades para introducir los cambios estructurales que el modelo político y económico exigían y exigen, como fueron el fracaso de la zafra de los 10 millones, la desaparición del campo socialista o el giro de la política estadounidense hacia Cuba durante los dos mandatos del presidente Barack Obama, el cambio tendrá lugar ante los escasos resultados del programa mínimo de reformas iniciado en 2008, un Producto Interno Bruto que linda con el decrecimiento, sin las necesarias fuentes de financiamiento para reanimar una economía colapsada, con un pueblo desinteresado en el aumento de la producción y de la eficiencia, con infinidad de trabas impuestas al sector privado emergente. Todo ello agudizado por los fenómenos naturales que golpearon al país el pasado año 2017.

Esos y otros factores explican que, a pesar de la abrumadora campaña de la radio, la televisión y la prensa escrita, desarrollada desde el viernes 5 de enero de 2018 cuando el Consejo de Estado dispuso la celebración de las elecciones para el 11 de marzo, el resultado no sirve para sustentar la legitimidad que se quería brindar al nuevo gobierno, por lo que emergerá sin la legitimidad que en un momento dieron las armas y que ahora no logró por las urnas.