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Las flores marchitas de la Primavera Árabe | Por George Chaya

31/08/2017 11:08 AM

George Chaya

Historiador y especialista en Medio Oriente. Profesor universitario y autor de varios libros sobre el conflicto en el mundo árabe, siendo además articulista de prestigio en el tema.

Transcurridos seis años de las revueltas árabes, la situación no ha cambiado mucho y esto se debe, entre otras cosas, a que los regímenes árabes pueden considerarse sistemas de gobierno continuadores del colonialismo que les ha marcado y los precedió.

Los ejemplos en contrario que han tenido lugar no fueron cambios revolucionarios reales, se basaron en la prometedora pero fallida idea del panarabismo y el socialismo arabista, ambos conceptos extemporáneos en cualquier uso que se pretenda a tal terminología.

Así, partiendo de una premisa ideologizada, los medios de comunicación creyeron que la mal llamada Primavera Árabe” podía considerarse como el comienzo de una era poscolonial. Sin embargo, ante el actual escenario, seis años después es muy claro que: «ninguna Primavera Árabe ha tenido lugar».

El pluralismo político en el mundo árabe era y es inexistente, aunque los partidos políticos no estén prohibidos abiertamente, para constituir uno de ellos se requiere todo tipo de permisos gubernamentales que hacen de tal situación un proceso kafkiano. En consecuencia, a quienes hablaron de democracia y libertad en el mundo árabe solo podemos decirles: «Error», de mínima se han equivocado de buena fe.

Otro punto no menor es que las Constituciones no contienen las aspiraciones y derechos de los ciudadanos, y esto es así porque los ciudadanos nunca desempeñaron un papel concerniente a ciudadanía o a la adopción de tal categoría. En los países árabes la noción de ciudadanía es secundaria, se encuentra subsumida en la pertenencia sectaria y religiosa. También la sucesión política ha sido igual en reinos y emiratos y casi dinástica en Yemen, Egipto, Libia, Irak y Siria.

Muchos gobiernos árabes se otorgaron poderes de emergencia (Siria, Egipto, Argelia y Sudán, por nombrar algunos) que han estado en vigencia durante 30 o 40 años. La justificación, generalmente ha sido la falsa teoría del chantaje, cuya regla indica que «es el régimen o la desintegración y el caos sin el». Así, en los países árabes la seguridad estatal recibió vía libre para detener y aterrorizar a quienes disientan con sus Gobiernos. La libertad, los derechos civiles, políticos y humanos son conceptos ajenos a la mayoría de estos países.

En lo económico, la rentabilidad de países productores de petróleo ha sido y es usufructuada por las monarquías o los dictadores de turno, jamás fue puesta a disposición de una mejor calidad de vida para sus pueblos. Los niveles de desempleo eran y son escandalosos; el crecimiento económico nulo, la distribución de la riqueza injusta y la educación y la igualdad de oportunidades limitadas e inexistentes cuando hablamos de los derechos de la mujer.

Esta breve lista negativa podría ampliarse con la corrupción, el culto a la personalidad y un sinfín de etcéteras. Pero lo descrito es suficiente para ser claro en que nadie voluntariamente decide vivir bajo condiciones injustas y abusivas. Sólo era cuestión de tiempo para que las personas reclamaran sus derechos. Así se ha desarrollado la historia de la humanidad. Todo ser humano se inclina a ser libre y todos los dictadores y regímenes tiránicos finalmente caen. Esto es tan simple como la ley de gravedad.

La verdadera primavera árabe tendrá lugar cuando la mayoría silenciosa de los musulmanes se imponga a la minoría ruidosa y violenta que maldice a Occidente criticando su debilidad moral y desvergüenza, al tiempo que depende de él para todo lo que tiene que ver con sus vidas; desde la importación de alimentos, coches, trenes, aviones, ordenadores, neveras y lavadoras de ropa; por no mencionar la tecnología, el software y las medicinas que Occidente dispone y de las que el mundo árabe se sirve gustoso. Lo cierto es que este mundo árabe se ha convertido en una carga para la comunidad internacional y hoy, más allá del petróleo que dispone bajo su suelo y por lo cual no se puede reclamar ningún merito científico, su aporte a la civilización humana es muy pobre.

Si las naciones árabes verdaderamente hubieran implementado la esencia de las directrices del Islam y las demás religiones, estarían a la vanguardia del mundo moderno. Pero por los últimos 60 años esto no sucedió, aunque ellos sienten que el mundo es injusto y esta complotado en su contra. Es cierto que Occidente no es un paraíso, hay cosas que deben corregirse, pero no se hunde en trivialidades y apariencias externas como lo hace el mundo árabe. Pero no habrá ninguna “primavera” diseminando culpas sin asumir las propias responsabilidades.

Confrontar la violencia con violencia, engendrará más violencia. La salida a estas endemias está en acallar las voces del odio con la voz de la cordura, no reduciendo la libre expresión ni llamando al asesinato.

Lo alentador es que algunos intelectuales y artistas árabes como Bassem Al-Youssef, actor egipcio, escribió tiempo atrás en el periódico Al-Shorouk: «Nosotros exigimos que el mundo respete nuestros sentimientos, pero nosotros no respetamos los sentimientos de otros. Gritamos asesinato y muerte cuando ellos prohíben el niqab en algún país europeo o impiden que se construyan minaretes; aun cuando estos países siguen permitiendo la libertad religiosa como quedó de manifiesto en la construcción de mezquitas y en la prédica que se desarrolla en Europa. Sin embargo, en nuestros países no permitimos que otros prediquen en público sus creencias, ni autorizamos que se construyan Iglesias. Quizá deberíamos analizarnos antes de criticar a otros porque algo esta funcionando mal en nosotros mismos». Sostuvo Al-Youssef, quien ya fue amenazado de muerte por la hermandad musulmana en Egipto.

Concluyendo y según lo veo, diría que cuando haya verdadera libertad de expresión en el corazón del mundo árabe y un respetuoso diálogo entre el Islam y Occidente, pero también un respetuoso y sincero diálogo entre los propios musulmanes, allí estaremos frente a una verdadera primavera árabe.

Lo que importa no es lo que partidos políticos y agrupaciones árabes-musulmanas dicen representar. Lo que importa es lo que se dicen a ellos mismos en lengua árabe con respecto a qué representan y qué es lo que consideran como excesos en su contra. Este debate interno fue frustrado durante años por autócratas árabes cuyos regímenes suprimieron partidos islamistas, con lo cual nunca permitieron realmente que sus ideas fueran contrastadas con el derecho a la libertad de expresar e interpretar el Islam de forma independiente, moderna y progresista por partidos políticos seculares realmente legítimos.

Como sea, es muy pronto para saber si el escenario actual dará lugar a cambios positivos, pero vale la pena rescatar la reacción moderada a la expansión fundamentalista. Mientras tanto, ni antes ni ahora, ninguna primavera árabe ha tenido lugar.