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Los niños muertos y la indiferencia adulta | Por Daniel Lara Farías

La foto tétrica que acompañó el reportaje del New York Times sobre la muerte masiva de niños en Venezuela. 02/02/2018 12:01 PM

Daniel Lara Farías

Editor de La Cabilla. Internacionalista de formación y comunicador por vocación. Conduce el programa radial Y Así Nos Va por RCR 750AM de lunes a viernes a las 4 PM. En twitter es @DLaraF

A Rosa Jiménez y su familia, sintiendo su dolor como mío.

I

Hace cuatro años, hablé de la muerte de Leonel Piñango, un niño asesinado por un GNB, mientras volaba papagayo con unos amiguitos. Un caso espantoso. Dolió en aquel entonces.

Una vez , hablé de lo que creía era el Infanticidio Nacional a raíz de la detención de un niño en una protesta en Caracas, llevado a rastras por un policía. Indignó en aquel entonces.

Vendrían luego los casos del niño Kluivert Roa, de Neomar Lander y de tantos, tantos muchachos, que ya se cuentan por miles. Solo hablando de los conocidos. Si vamos a los anónimos, llegamos a las decenas de miles o quien sabe. Horror mayúsculo.

Pero el horror es mayúsculo y doble, pues no solo es el horror que se padece, sino el horror magnificado por la indiferencia de quienes viendo el padecimiento, viven como si nada pasara. No parecen conmoverse millones ante el sufrimiento de miles. Como si no lo vieran, como si la compasión se esfumó de la sociedad.

Pero, a pesar de esa indiferencia adulta, que creció y se enquistó, el horror siguie, sin detener su marcha ni su ritmo.

II

Desde el 20 de julio de 2013, la emisora Radio Caracas Radio me ha dado refugio en sus estudios, junto a Nehomar Hernández, para dar a conocer mi opinión y, mucho más importante, conocer la opinión de la inmensa audiencia que tiene la emisora. De esa manera, durante casi cinco años, hemos logrado conocer de primera mano las angustias de quienes nos llaman o escriben, de sus vivencias, de sus tristezas y alegrías, en medio de tanto horror. Y de algunos, casi somos familia ya.

Muchos de nuestros oyentes actuales, nos acompañan desde ese primer día sábado. Un programa sabatino donde se hablaba de política y se permitía la participación de la audiencia, que por varios avatares del destino, pasó a ser de emisión diaria cuando durante la semana empezaron a quedar espacios vacíos producto de la censura del régimen contra compañeros como Iván Ballesteros o Nitu Pérez Osuna. Voces que siempre estaban allí para hacer sentir su presencia y su opinión, a veces de acuerdo a veces en desacuerdo, con lo que debatíamos. Teresa Padilla, Luis Chirinos, Luis Cruz, Alegría González, Francisco Romero, Rosa Jiménez. A Rosa, de Guatire, la empezamos a conocer como “la cabillera de Guatire” como ella misma se bautizó, porque siempre lograba que la llamara le cayera y siempre opinaba, de forma bastante graciosa, sobre hechos que complicaban la vida de los venezolanos y que el régimen acostumbraba dejar servido en bandeja de plata para la burla.

Esta semana, escuchando a Thays Peñalver en su programa de los mediodías en la emisora, con atención oía a Thays conversar con la siempre puntual Blanca Rosa Mármol sobre la justicia en el país. Y al abrir las llamadas, allí estaba Rosa Jiménez, de Guatire, con su tono de voz habitual de siempre. Y participa para decirle a Thays algo así: Este fin de semana que pasó, en el hospital de Guatire nacieron unos gemelos prematuros, sietemesinos. No había incubadora en condiciones para tenerlos y los dos bebes murieron. Y Rosa remata diciendo. “Doctora ¿y sabe por qué se todo eso? Porque esos bebes eran mis bisnietos”.

Un inmenso corrientazo me recorrió la columna. Un corrientazo físico. Me sentí electrocutado al escuchar a Rosa, normalmente jocosa y alegre a pesar de las circunstancias, con la voz quebrada y triste, gimiendo su dolor de madre, de abuela, de bisabuela. Su impotencia. Me quedé atónito. Quise correr a abrazarla y llorar con ella.

Las palabras con las que Thays y Blanca Rosa Mármol respondieron a esa noticia tan terrible, fueron para mi un complemento a mi estupor. El reclamo de Thays y de Blanca Rosa, fue el reclamo también de dos madres y de dos abuelas, pero también de dos ciudadanas venezolanas que señalaron al sitio de la sociedad donde están los indiferentes a ese dolor. La pregunta que quedó en el ambiente fue ¿Dónde están ustedes, los que gritaban “con hambre y desempleo, con Chávez me resteo?” ¿Dónde están ustedes, los que gritaban “Así es que se gobierna” cada vez que el insepulto comandante de la desgracia gritaba “¡Exprópiese!”? ¿Dónde están ustedes, los que se enorgullecían de chocar el puño contra su palma, a modo de saludo amenazante, cuando veían a opositores expresándose en las calles?

¿Y dónde están ustedes, los que se iban a la playa cuando había marchas opositoras? ¿Dónde están ustedes, los falsos ciudadanos que creen que su único deber es ir a votar cuando lo convocan, sin importarle que hacen con su voto ni con el resultado de esas elecciones, sin reclamarle a los dirigentes que una y otra vez los llevan a votar, enclaustrados todos en un electoralismo que usan de coartada para su superioridad moral?

¿Donde están? ¿A dónde se fueron todos?

III

Es indiferencia en principio pero indolencia al final. Sobre la tumba de la República está la lápida de la indolencia nacional e internacional. Adornan esa lápida, epitafios como “Bueno, qué le vamos a hacer”. Internacionalmente, la indolencia, la indiferencia y la irresponsabilidad, se presentan cínicamente en discursos de personajes como Juan Manuel Santos y su canciller María Holguín, quienes hoy, en los últimos meses de sus largos ocho años de gestión de gobierno en Colombia, se horrorizan porque hay venezolanos dumiendo en sus estaciones de buses, vendiendo chucherías en los semáforos o colmando pasos fronterizos. Indignada la Canciller, reclama la situación con las parturientas venezolanas que llegan a hospitales públicos colombianos, desconociendo lo que significa parir en Venezuela, pero “haciéndose la paisa” a su vez con la responsabilidad que tiene con el agravamiento de la situación en Venezuela, al pasar 7 de sus ocho años de gestión sirviendo de aguantapatas a la tiranía chavista, a la cual se negaba a condenar, con la cual colaboraron entregando perseguidos como Lorent Saleh y Gabriel Valles a un régimen que los encarcelo y torturó sin permitirles siquiera tener un juicio.

El indiferente gobierno colombiano y su indolente Canciller, su Nobel presidente y su irresponsable opinión pública, puso alma, vida y corazón en ignorar la situación en Venezuela para no incomodar al régimen venezolano en medio de ese proceso de paz con la narcoguerrilla de las FARC, haciendo una “Operación Chamberlain” donde se les dio a escoger entre la desvergüenza y la guerra, escogieron la desvergüenza y, parafraseando a Churchill, tendrán también la guerra. Esos desplazados venezolanos son víctimas, muchos, de sí mismos por haberse negado a luchar contra el régimen que hoy los hace huir. Pero son también víctimas de la indiferencia de quienes creen que a ellos no les pasará lo mismo pronto, o de quienes pudiendo hacer algo desde sus posiciones para evitar la metástasis, le dieron más cigarros gratis al amigo con enfisema.

Y la indolencia sigue su curso. La indiferencia llegó a la adultez mientras los niños venezolanos siguen esperando su turno en la lista de la desgracia: pueden morir de hambre o de enfermedad, de parto o de sobresalto, de un balazo o con una bomba lacrimógena lanzada a mansalva a la cabeza. De miedo, de llanto. De cualquier síntoma.

Pero la enfermedad es la indiferencia convertida en su etapa superior: Indolencia.

IV

Aquí, en mi exilio que apenas comienza, cuando camino por las tranquilas calles alemanas llenas de historia, me pregunto ¿Cómo hablarán los historiadores del futuro de esta Venezuela que nos vio partir a muchos, que vio morir a tantos y que padece tanto horror? Ayer, hundido entre los libros de la biblioteca pública que me refugia todas las tardes en esta ciudad, me respondí: De esta Venezuela dirán los historiadores que no es más que una tierra llena de padres sin hijos, de abuelos sin nietos y de niños que cargan ataúdes de otros niños, mientras esperan su turno para morirse también.

A veces, el gentilicio es, más que una nacionalidad, un dolor.