Hoy --/--/----

Síguenos en nuestras redes sociales

Los Odiadores. | Por Alfredo Cepero

Trump, consecuencia del odio de un establishment irresponsable e incapaz de frenarlo legalmente. 07/12/2017 10:30 AM

Alfredo Cepero

Cubano en el exilio, poeta, articulista. Secretario General del Partido Nacionalista Democrático de Cuba y Director del portal La Nueva Nación.Veterano de la Brigada 2506 de Bahía de Cochinos y del ejército de EE.UU.

La presidencia de Donald Trump pasará a la historia política norteamericana como un fenómeno lleno de primicias, muchas de las cuales habrían descarrilado las aspiraciones de cualquier otro candidato tradicional. El primer hombre que se convirtió en multimillonario por esfuerzo propio que llega a la presidencia de la nación. El primer candidato que es elegido presidente sin haber ostentado con anterioridad otro cargo electivo. El primer presidente que no se abochorna de ser acaudalado y es capaz de despertar simpatías entre gente de limitados recursos. El primer candidato que hace campaña condenando la corrupción y los vicios de toda la clase política, incluyendo a los miembros de su propio partido.

Un rarísimo "mirlo blanco" cuyo plumaje contrasta con el característico color negro de esas aves y de los plumíferos que pueblan y contaminan la "ciénaga" que Trump ha prometido drenar. Eso no se lo perdonan los mirlos negros del Congreso y de la burocracia federal temerosos de perder sus privilegios. De ahí la avalancha de odios con la que tratan de descarrillar su presidencia, aun al precio de dañar a la nación que dicen servir y defender.

Los ejemplos más patéticos los encontramos entre republicanos como Mitch McConnell, John McCain y Jeff Flake, quienes no pierden oportunidad de obstaculizar la agenda del presidente de su propio partido y muestra mayor afinidad con sus colegas del partido contrario. Esta gente bien podría militar en el movimiento promovido por los demócratas que no se resignan a su pérdida electoral y es conocido como "La Resistencia".

No importa que seas un republicano de "Nunca Trump" como Mitt Romney, Bill Kristol o George Bush o un demócrata como Hillary Clinton o Michelle Obama. Todos tienen cabida en una resistencia que se ha lanzado a las calles como la "Marcha de las Mujeres" en enero, donde Madonna expresó su deseo de "volar la Casa Blanca", los medios de comunicación masiva o los medios sociales. El odio es generalizado en una guerra a muerte de la que no se han salvado ni los familiares del presidente.

La izquierda virulenta de la farándula no sólo ha derramado su odio contra Melania Trump sino contra Barron, su hijo de apenas 10 años de edad. La aspirante a comediante Chelsea Handler se burló del acento extranjero de la primera dama, una mujer que habla cinco idiomas, y llegó a decir que su inglés era deplorable. Estoy seguro que la Handler habla únicamente el inglés en el que improvisa sus chistes de mal gusto.

Ni los zapatos de Melania se han salvado de la crítica destructiva de los enemigos de su marido. Incapaces de buscarle otro defecto a una mujer de clase y belleza excepcionales, la prensa de izquierda ha descargado su vitriolo contra los tacones de Melania. La misma crítica han dirigido con anterioridad por la selección de calzado de Ivanka Trump. Ningún miembro de la prensa norteamericana se habría atrevido jamás a descargar su sarcasmo contra Hillary Clinton o Michelle Obama. Y muchos menos contra Chelsea Clinton y Malía o Sasha Obama. Hasta la llegada de Donald Trump, la familia de los políticos era respetada. Pero eso fue barrido por el odio visceral al presidente.

Ahora bien, estos ataques contra la familia presidencial, aunque ruines y repulsivos, no ponen en peligro la integridad constitucional y la estabilidad institucional de la nación americana. Lo que si pone en peligro la integridad constitucional y la estabilidad institucional de la república son los ataques permanentes contra un presidente que obtuvo 304 votos electorales frente a los 227 de su adversaria. Donald Trump ganó con todas las de la ley y, por el bien de la nación, ya es hora de que sus enemigos lo acepten como presidente.

Lamentablemente, con sus estridentes proposiciones de "impeachment" (juicio político) del presidente, los extremistas demócratas en el Congreso como Maxine Waters y Luís Gutierrez están echando más leñas a esta amenazadora hoguera de odio. Si estos alucinados se saliera con la suya, cosa muy poco probable, podríamos ver una reacción violenta por parte de quienes pusieron a Donald Trump en la Casa Blanca.

Esa gente votó por Donald Trump porque había sido olvidada y abusada por las maquinarias de los dos partidos. Tengo la seguridad de que no se dejará robar la victoria por una minoría de fanáticos que ponen su ideología personal por encima de la seguridad nacional y hasta los intereses de sus votantes. Tal es el caso de un Chuck Schumer y una Nancy Pelosi que, por motivos totalmente políticos, rechazaron una invitación presidencial para discutir una reducción de impuestos que beneficiaría a los mismos ciudadanos que los mandaron a ellos a Washington. Fieles a su tradición de obstruccionismo, los demócratas votaron en bloque contra el plan de reducción de impuestos del presidente.

Por otra parte, cuando no tienen éxito en el campo político, los enemigos del presidente optan por el camino jurídico, aún cuando no tengan bases sólidas o pruebas concluyentes. Así lo han hecho con la "cacería de brujas" en que se ha convertido la acusación de que Trump conspiró con los rusos para ganar las elecciones. Cuando la acusación perdió credibilidad debido a una admisión de culpabilidad del General Michael Flynn donde no se probó conspiración alguna, el procurador especial Robert Mueller apela ahora a la acusación de obstrucción de justicia.

Mueller, por su parte, confronta una crisis de credibilidad debido a su selección de un equipo de abogados que donaron miles de dólares a la campaña presidencial de la Clinton en una proporción de 99 a uno. Lo mismo está ocurriendo con una Oficina Federal de Investigaciones cuya plana mayor fue corrompida y parcializada por la personalidad narcisista de James Comie. Según fuentes dignas de crédito, los profesionales del FBI, que son la mayoría, muestran un alto grado de inconformidad ante hechos que comprometen su imparcialidad investigativa. Sin más demora, Jeff Session y Donald Trump tienen que limpiar la casa sucia dejada por Comie y manipulada ahora por su amigo y mentor Robert Mueller.

Para colmo, los enemigos del presidente lo acusan ahora de provocar al orate de Corea del Norte con su advertencia de que si ataca a los Estados Unidos o sus aliados lo desaparecerá de la faz de la Tierra. Ya era hora de que algún presidente se pusiera los pantalones. La realidad es que Kim Jong Un y su familia de facinerosos nunca han necesitado provocación para chantajear y amedrentar a los Estados Unidos. Ya lo he mencionado y no voy a repetir la cantidad, pero tres presidentes norteamericanos--Clinton, Bush y Obama-- sucumbieron al chantaje y le regalaron miles de millones de dólares a Pyongyang.

En conclusión, nada que haga el Presidente Trump contará con la aprobación de quienes han abandonado todo diálogo racional y civilizado. Para ellos no es suficiente ganar el argumento y esperar el momento de las futuras elecciones presidenciales para sustituirlo. Andan de prisa para destruirlo como gobernante y hasta como individuo porque el éxito de su agenda pondría al desnudo la inutilidad del estado benefactor y todopoderoso. Trump es una amenaza a su existencia como partido y como clase política. Mi esperanza es que el presidente ha demostrado estar vacunado contra el odio y que le sobra el coraje para no bajar la guardia ante quienes han hecho de ese odio el arma para destruirlo.