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Los tres comunismos | Por Manuel Gerardo Zapata

La frase "eso no es verdadero comunismo" es la excusa normal para librar de culpas al comunismo en sus fracasos 11/08/2017 10:37 AM

Manuel Gerardo Zapata

Manuel Gerardo Zapata es estudiante de medicina en la UCLA de Barquisimeto, estado Lara. En twitter es @ManuelGZG

Hubo un tiempo en que yo exculpaba un poco a los comunistas universitarios. Ellos eran de verdad personas idealistas, oligofrénicos perdidos, eso está claro, pero al menos era gente que creía que su ideología era un antídoto contra la maldad del mundo. A esos comunistas los dejé de mirar con benevolencia, puesto que cuando se desarrolló la maldad comunista en pleno, cuando vieron que sus propios hijos no iban a tener siquiera donde caerse muertos, ni donde caerse vivos, ni donde caerse, dijeron que ellos eran “chavistas pero no maduristas”, sin siquiera mostrar algún signo de arrepentimiento, sin siquiera proferir un disimulado mea culpa. Simplemente se asustaron al verle la cara de cerca al monstruo.

Yo tuve en mi universidad a profesores así, creo que todo aquel que haya estudiado en una universidad pública sabe de qué le estoy hablando.

Los comunistas universitarios son los que profieren la frase “eso no es comunismo” cuando se desarrolla la maldad comunista en pleno. Esta tara cognitiva, de no poder reconocer el comunismo cuando lo ven de cerca, se parece a la que tenía aquel poeta sudamericano que escribía todo el día poemas sobre nenúfares, pero al verlos preguntó a Unamuno de qué mata se trataba aquella que flotaba sobre la laguna.

Los comunistas universitarios vivieron toda su vida de espaldas al mundo, desarrollaron su vida académica parasitando la universidad pública, sin siquiera acercarse a la sociedad para ver cómo es que funciona una empresa, cómo se dan en realidad las relaciones laborales y cómo funciona de verdad el mercado. Querían acabar con todo excepto con su parasitismo universitario, y solo se asustaron cuando su simbiosis se resintió. Ahora ya no son más “maduristas”, dicen, pero si les preguntas, afirman que seguirán siendo comunistas hasta que se mueran.

De todas formas, éstos son los comunistas más benévolos. Existen otros dos.

Está por una parte el pobre fanatizado, los peones ignorantes que se fanatizan rápido. A un hombre que no entiende el mundo, que no entiende siquiera por qué es antihigiénico cogerse a una burra, evidentemente los conceptos marxistas le servirán de andamio para poder sostener su menguada comprensión de la realidad. Algo similar pasa, a modo de inciso, con el freudismo. A un completo ignorante en psicología le das los 3 conceptos fundamentales del psicoanálisis: represión, yo y súper yo, y ya cree entender toda la psique humana. El psicoanálisis es una anécdota en la historia de la psicología que apenas aparece en los libros modernos de neurociencias, y aparece solo para hacer referencia a alguna excentricidad de la teoría, al estilo de “un tal loquito llamado Freud creía tal cosa sobre los sueños”.

A un pobre infeliz le explicas más o menos en qué consiste el plusvalor marxista y ya tiene pretexto para inmolarse. Por más que el centro de la teoría marxista, el concepto de plusvalor, sea una barbaridad desechada por las ciencias económicas modernas ( y yo me di cuenta de esto leyendo el Capital) no deja de ser un sugestivo remplazo de inteligencia, un rellenador de huecos cognitivos. No hay nada mejor que la sensación de creer entender el mundo. Los comunistas de calle comparten con los comunistas universitarios, para desgracia de estos últimos que se creen intocados, esta tara intelectual, la de creer entender. Desde el punto de vista intelectual, los comunistas universitarios no se diferencian de los comunistas lumpen, la diferencia fundamental es que los comunistas lumpen en ocasiones sí están dispuestos a llevar su teoría a las últimas consecuencias lógicas: las mantanzas masivas.

Los terceros comunistas son en realidad los verdaderos comunistas. Los que saben para qué sirve cualquier ideología. Estos son unos verdaderos labriegos en el sentido de que saben manejar la hoz y el martillo. Conocen, al cabo, que el comunismo es una herramienta. Una técnica de dominación. En Latinoamérica tenemos dos ejemplos que conocemos como nuestras propias manos. A nosotros, específicamente a nosotros, a los venezolanos, ningún comunista universitario del mundo nos va a venir a joder con su idelismo pueblerino. Nosotros sabemos en realidad cómo se baten los guisos comunistas- perdonen mi polisemia marxista-.

Fidel Castro y Chávez se volvieron comunistas después de viejos. A estos comunistas tardíos los precedió las ganas de dominar a sus respectivos países, luego, tiempo después, se hicieron comunistas. No se volvieron malos por comunistas, se volvieron comunistas porque antes eran malos. Una vez adueñados del Estado supieron perfectamente que la única forma de mantenerse y de profundizar su dominio era a través de la ideología de Marx. El Fidel de Sierra Maestra no era comunista. El Chávez del baño del Museo Militar no era comunista. La revolución marxista no existe, al cabo lo que existe es un golpe de Estado o una guerra indiferenciada ideológicamente, que después adquiere el cariz de comunista cuando sus promotores se percatan de que no hay dominación posible sin estructura ideológica, sin método de esclavizar a las masas y de monopolizar los recursos.