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Los Trovadores: Narrativa de la inmoralidad de las izquierdas | Por Antonio Sánchez García

El genocidio en nombre de la revolución siempre tiene quién le cante y pinte 04/10/2017 1:30 PM

Antonio Sánchez García

Historiador y Filósofo de la Universidad de Chile y la Universidad Libre de Berlín Occidental. Docente en Chile, Venezuela y Alemania. Investigador del Max Planck Institut en Starnberg, Alemania. En twitter es @sangarccs

Antonio Sánchez García

@sangarccs

"Es una de las más repudiables taras de la conciencia contemporánea: la inmoralidad de las izquierdas. Haberse habituado al crimen, al narcotráfico, al robo y al saqueo en nombre de la utopía. ¿Cuántos cientos de millones de cadáveres yacen en los campos del futuro feliz? Pregúnteselo a los bardos y trovadores de las izquierdas."
Nadie lloró el brutal asesinato de los millones de rusos de todas las clases sociales, perseguidos, encarcelados y asesinados por la Cheka de Lenin y Stalin. Comenzando por la burguesía y las clases acomodadas, siguiendo por los kulaks, terminando por los campesinos pobres y los proletarios más desamparados. La primera matanza colectiva, el primer genocidio nacional del Siglo XX. La inmensa mayoría de las víctimas sin siquiera imaginar las causas de sus tragedias. Algunos de ellos tan abandonados a su suerte y confinados en sitios tan inhóspitos y aislados, que terminaron devorándose unos a otro, en el más salvaje y desesperado acto de canibalismo, por miles. Muy por el contrario: ¿cuántos poemas, cuántas canciones, cuántos ditirambos recibieron los asesinos? ¿Cuántas historias, cuántas novelas, cuántas obras de teatro se escribieron para ensalzar el brutal genocidio cometido? La apología del crimen político - si es de izquierdas - colma la literatura, la pintura, la música, el teatro y el cine de la primera mitad del siglo XX. Inolvidables las maravillosas obras de los grandes creadores al servicio de la apología del gebnocidio: Picasso, Malraux, Neruda, Bertolt Brecht entre los más grandes genios del siglo a la cabeza de ellos.

Fue el primero de una serie de horrendos genocidios que conmovieron al mundo, pero para su admiración y asombro. Y si Hitler se hubiera conformado con dominar Europa, del Atlántico a los Urales, y no hubiera caído en el delirio de enfrentarse a todos los poderes fácticos de la tierra, deteniéndose ante los portones de Auschwitz y observando desde Polonia las puertas de Moscú, hubiera muerto en su lecho, como Stalin, su contraparte. El perfecto reverso de la medalla. Si un accidente hubiera acabado con su vida en 1938, sería recordado por moros y cristianos como el más grande estadista alemán de todos los tiempos. ¿Quién lloró a los miles de asesinados por Fidel, Raúl y el Che Guevara? ¿Quién a las decenas de miles de cubanos devorados por los tiburones en las aguas del Caribe mientras intentaban escapar del infierno? ¿Quién a los millones de cubanos que debieron huir dejando abandonados sus bienes, productos de generaciones de esfuerzos? Nadie. Fidel Castro dictó la sentencia: los asesinados, encarcelados, devorados y desterrados ni siquiera eran cubanos: eran gusanos.

¿Cuánto duraron, en cambio el llanto, el lamento y las exequias del Che Guevara y Salvador Allende? ¿Cuántos los dedicados a Lenin y a Stalin? ¿Cuánto los declamados, cantados y publicados en honra al Gran Timonel, a Ho Chi Min, a la Pasionaria?

La historia del Siglo XX es la historia de la homérica venganza de la barbarie represada contra la cultura y la civilización construida durante los diez mil años de historia precedente. Librada en nombre de la cima de su filosofía: Hegel. Y su más adelantado discípulo: Karl Marx. Desde la revolución francesa la humanidad decidió negarse a si misma, castigarse a si misma, mutilarse a si misma. Cumpliendo con pertinaz rigor la faena de Prometeo: devorarse las entrañas. Hispanoamérica puso su granito de arena bajo el fulgor asesino de las lanzas coloradas. La narrativa del mártir y el tirano, subyacente al Occidente cristiano desde la épica de la crucifixión, terminó transfigurada gracias a la obra de Hegel y Marx en la épica de la auto mutilación de la cultura. El discurso de la afirmación trascendental de lo que había sido y era fue transmutado en el discurso aniquilador de lo que era en función de lo que debía ser. El sentido de la utopía arrasó con el sentido de lo real: lo inmoral o amoral se convirtió en máxima moralia. Viva la devastación. Viva la muerte. La vida no es hoy, es mañana.

No son teorías. Es la trágica realidad del desprecio, el menosprecio y el abandono de nuestra civilización y nuestra cultura en el que se han empecinado los hombres desde que la revolución socialista les sirvió el pretexto perfecto: derribar lo construido para sobre sus ruinas levantar lo por construir. La moral del porvenir en oposición y contraste con la moral del presente. El ideal desconocido por sobre lo conocido que nos rodea y determina.

El respaldo consiguiente, enceguecido y turbio, al crimen cometido, siempre en la expectativa de los resultados que vendrán. Aplaudir las matanzas, porque de ellos, los asesinos, será el reino de los cielos. Cantarle al Che y a Fidel mientras asesinaban a todo aquel que se les opusiera, seguir cantándoles mientras consolidaban la opresión y convertían a Cuba en un campo de concentración y travestir el crimen de lisonjas, de días y flores. Porfiadamente. Así, tras sesenta años de tiranía, Cuba no esté un milímetro mejor de lo que estaba bajo el dictador en miniatura, Fulgencio Batista. Es más: estando mucho peor.

Pondré un ejemplo menudo y posiblemente insignificante, pero clarificador y a la altura de nuestras circunstancias. ¿Dónde están los cantos de los bardos de las izquierdas de España y las Américas que venían a llenar nuestros estadios y salas de espectáculos en tiempos de la democracia protestando indignados contra las dictaduras militares del Cono Sur mientras le cantaban loas a la tiranía del Caribe? ¿Dónde, criticando esta dictadura militar asesina y sanguinaria, que ha hundido en ruinas aquella próspera sociedad que se permitía financiar la protesta trovadora? ¿Dónde, ensalzando el coraje de quienes se oponen a la tiranía de Nicolás Maduro, a pecho descubierto y sin armas en la mano? ¿Dónde los lamentos de los trovadores en honor a los jóvenes caídos, reprimidos, gaseados, perseguidos, encarcelados y asesinados por la satrapía venezolana? ¿Volverán a pisar algún día las calles de lo que es nuestra ciudad ensangrentada?

Es el insólito maniqueísmo de las izquierdas. La abrumadora inmoralidad de las izquierdas. La amoralidad de las izquierdas. Una narrativa tan asentada en los entresijos de la hegemonía dominante, que resiste todas las pruebas de la veracidad, los brutales hecho cotidianos. Si se dice de izquierdas y obedece a los dictados del castrismo, del Foro de Sao Paulo, de los partidos socialistas, comunistas, ultra izquierdistas y compañeros de ruta no sólo tiene permiso para matar: tiene el derecho y la obligación de hacerlo.

Y lo hace abierta, desembozada, impunemente. Es una de las más repudiables taras de la conciencia contemporánea. Haberse habituado al crimen, al narcotráfico, al robo y al saqueo en nombre de la utopía. ¿Cuántos cientos de millones de cadáveres yacen en los campos del futuro feliz? ¿Cuántos esperan su turno? Pregúnteselo a los bardos y trovadores de las izquierdas. Sólo tiene que pagar la entrada.