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Mando que no abusa se desprestigia | Por Samuel Hurtado Salazar

Gómez y los "gomeros" aún presentes en la política nacional. (Foto archivo web) 28/09/2017 3:00 PM

Samuel Hurtado

Sociólogo y antropólogo venezolano de origen español. Autor de numerosos libros, es un dedicado estudioso de la cultura venezolana y de la sociedad nacional en su conjunto.

Cómo avanza la política en Venezuela (4ª entrega)

Admonición: De “gomeros” califica el gran historiador tachirense, Ramón José Velásquez a todos los presidentes de la historia de Venezuela. “Gomero” proviene de “Gómez” (Juan Vicente), el incomparable dictador venezolano del siglo XX. El presidencialismo los convierte en “gomeros” (incluidos los llamados demócratas), pero sobre todo los convierte en “gomeros” el estilo de trasfondo del ser venezolano, es decir, su etnocultura: difícil de dirigir y fácil de dominar. Es el modo de ser esquivo y rebelde, que despotrica del “gomero” pero lo añora y retiene para sostenerse en su propio ser. Se trata de un rasgo del complejo de cultura matrisocial, complejo que a su vez hace de reactivo regresivo el señorío heredado de los conquistadores españoles, no maceradamente refinado aún en la saga política venezolana.

Se expone otro fragmento del artículo “Democracia furtiva y el falso mito de la participación”. Revista INTENTO, Doctorado en Ciencias Sociales, Universidad Central de Venezuela, Caracas, 2001 (fue escrito el año 2000).

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La “relación de imposición” (caudillista) demanda, hemos apuntado, una expresión de abuso; de lo contrario pareciera que no existe la “autoridad”, es decir, la imposición requiere de autoritarismo, que es el abuso de poder. El abuso se puede dar de mil formas: ocultar información, deformarla, exceso de retórica locuaz, el halago o lisonja, la decisión personalista, arbitraria, aprovechar la transitoriedad con patente de corso... Todo ello expresa unos permanentes “golpecitos de estado”, un salirse de la norma constituyente o una interpretación personal para obrar al margen de la ley. En ciertas situaciones un general (español) solía decir: “Mando que no abusa, se desprestigia” (Solana, El Mundo, 5/6/97, Madrid).

Las políticas intervencionistas, y claramente, gobernar por decreto, ocultan sencillamente (son la epifanía, mejor) del abuso de autoridad (=autoritarismo). Pero la razón estratégica es que se abusa del mando o no se va a creer la gente que el gobierno manda. El abuso se canaliza por una voluntad no instituida o arbitraria. Lo que queremos recalcar es que en una sociedad dominada por una “clase ociosa” (Veblen, 1995) como la venezolana, el caudillo está avezado a mostrar el abuso coincidiendo con la demanda étnica de la imposición. Parece como que la masa popular expresa su sumisión con más dignidad si la clave del prestigio se sitúa en un hombre fuerte. Al fin y al cabo se trata de una sumisión masoquista.

Pero el abuso debe ser enmascarado no sólo a través de un pathos personalista, sino también en las formas institucionales públicas. Las instituciones tienen que estar en pie, lo que no significa que funcionen. El abuso puede tomar la vía del “miedo a gobernar”, lo que hace de las instituciones parapetos o cascarones por donde se pasea furtiva la autoridad (Escobar, 1994; Abrizo, 1998; Hurtado, 1999). Del miedo o pánico a la realidad surge la prepotencia del gobernante (Cf. Zambrano, 1988) que no es lo mismo que competencia o capacidad. Lo que termina de rematar el poder fuerte (el caudillismo) es su rol de garantizar por las malas o por las buenas (siempre imponiendo) las formas de las instituciones, esto es, el cascarón institucional.

Que funcionen las instituciones u organismos del estado no tiene importancia, pero si es necesario para seguir enmascarando el abuso, el estado caudillesco implementará el funcionamiento con base en operativos o “batidas”, esto es, acciones extraordinarias y puntuales para alcanzar un objetivo concreto en el colectivo. El funcionamiento del cascarón institucional se requiere para mantener y defender los privilegios, así como el prestigio del poder. Dicho funcionamiento no tiene la lógica del trabajo (capitalista); en el modelo del taita, la autoridad y su trabajo de gobierno se encuentran ausentes (Cf. Hurtado, 1999). Para hacerlo posible se originan las “movidas” reivindicativas de la población o los esfuerzos titánicos del cliente para hacer que se mueva el armatoste burocrático. El cliente tiene que seguir como un calvario los pasos administrativos de su solicitud; la reivindicación debe ser estruendosa, sea trágica sea histriónica para que al fin la “autoridad” se mueva y ejercite institucionalmente.

Referencias

ABRIZO, M. (1998): “El Paltó está ahí”. EL UNIVERSAL, 22 de marzo.

ESCOBAR, R. (1994): “El miedo a gobernar”. EL NACIONAL, 18 de julio.

HURTADO, S. (1999): Tierra Nuestra que estás en el Cielo, Consejo de DesarrolloCientífico y Humanístico, UCV, Caracas.

SOLANA, N.: Mando que no abusa se desprestigia”. El Mundo. Madrid, 05 de junio de1997.

VEBLEN, Th. (1995): Teoría de la clase ociosa. Fondo de Cultura Económica, México.

ZAMBRANO, M. (1988): Persona y democracia. La historia sacrificial. Anthropos,Barcelona.