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Más nunca, Venezuela | Por Eliécer Hernández Falcón

No se tomaron la molestia de mirar más allá de sus narices y sembrar educación a lo largo y ancho del país para evitar, precisamente, lo que hoy nos ha destruido como nación (Foto: Cristian Hernández) 03/09/2017 8:56 AM

Eliécer Hernández F.

Venezolano. Especialista en Seguridad Informática. En twitter es @EliecerHF

Estamos sintiendo en carne viva lo que pasa cuando se ejerce el sufragio con el estómago y no con la cabeza. Sufrimos las consecuencias de haber sustituido la educación y la crítica constructiva por el adoctrinamiento y la censura. Cuarenta años de supuesta democracia no fueron suficientes para que muchos venezolanos, padres e hijos, sintieran amor por el país y no terminaran regalándoselo a los apetitos destructores de una tiranía invasora.

Generaciones de venezolanos, hijos de un país que comenzaba a brillar gracias a la democracia, decidieron “vacilarse” la vida durante la bonanza y la estabilidad que le brindaba una economía próspera, aliada y socia de Estados Unidos, a expensas de la calidad de vida de otros, porque debemos recordar que Venezuela no solamente es Caracas. Hay más estados en donde la “bonanza petrolera” del siglo XX no llegó, ni siquiera se asomó.

¿Qué se trata de hacer entender con lo supra? Que las generaciones del siglo XX fueron excesivamente egoístas. No se tomaron la molestia de mirar más allá de sus narices y sembrar educación a lo largo y ancho del país para evitar, precisamente, lo que hoy nos ha destruido como nación y ha desaparecido a la ciudadanía, asesinándola, expulsándola del país y encerrándola (en cárceles y casas, porque no toda prisión es impuesta) hasta dejar un remanente de habitantes en la calle que no son más que eso: pobladores sin rumbo ni futuro promisorio.

Nos condenaron a entrar al siglo XXI sin preparación ni expectativas, más allá de las típicas mediocres: tener una casa, un carro, una familia (corta, porque el salario no alcanza) y morir de viejo recibiendo una pensión miserable por haber vendido lo más valioso que tenemos -nuestro tiempo- a quienes supieron utilizarlo muy bien para llevar una vida que nosotros no podíamos pagar, a nuestras expensas. Nos hicieron conformarnos con la medianidad de lo básico, encumbrando la humildad como un valor, siendo todo lo contrario, una grave tara emocional que nos opaca nuestra propia luz y nos condena a vagar por una sociedad de “vivos criollos”, paladines del facilismo y el nepotismo.

Bien acuñada la frase que versa “Venezuela es un mar de conocimientos, de un centímetro de profundidad”, haciendo alusión al grueso de los venezolanos que se venden como “navajas suizas” que todo lo hacen y todo lo pueden, pero terminan cayendo en el espiral de la ignorancia y la mediocridad, arrastrando consigo a quienes de verdad son especialistas en lo que hacen, y no pueden darle rienda suelta a sus conocimientos porque “un vivaracho” se le adelantó.

Somos amantes de la chapuza. De hacer lo posible por gastar menos cuando necesitamos un servicio. Queremos que ese servicio sea eficiente y funcione, pero fruncimos el ceño cuando vemos el costo. Preferimos ir al local de al lado, del que no paga impuestos, ni siquiera factura de electricidad, y le confiamos vehementemente nuestra fe porque “cobra barato” y “se ve buena gente”, desconociendo el esfuerzo que aplicó el profesional para aprender sobre lo que hoy tu necesitas, pero te niegas a pagárselo.

La cultura de la extracción, esa que nació en Venezuela a partir de mediados del siglo XX, hizo un daño inconmensurable a la psiquis del venezolano, quien se inventó la gran falacia de “todos los niños venezolanos nacen con un pan bajo el brazo”, ¿es esto cierto? ¿cómo podemos generalizar si para esa época había desnutrición infantil y atraso social en el país? El hecho de que Caracas fuese una urbe iluminada con estructuras públicas relucientes y una sociedad cuasi afrancesada, no eximia el hecho de que a cientos de kilómetros dentro de la misma geografía, niños morían de hambre y por enfermedades dolorosas, cuyas vacunas existían en Caracas, pero nunca llegaron allí porque “Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebra”.

Esa cultura extractora saca lo peor de las sociedades, porque cualquier maleante se siente con los mismos derechos que las personas que realmente producen algo por el país. Es injusticia el simple hecho de otorgarle viviendas y regalías a chupópteros a cambio de un voto, alimento de los populistas que aprendieron a someter a la población de forma silente para robar -si, con violencia- los recursos de la nación y repartir migajas entre los pobladores, que vienen siendo la masa clientelar que, con su voto e ignorancia, avalan los desmanes que sufren, sin conocer nunca una vida mejor.

Esas dádivas del gobierno hacia cierto sector de la población atacan las consecuencias sin pensar en las causas. Son comida para hoy y hambre para mañana, además que son denigratorias para el grueso de la población que se ve privada de sus derechos contenidos en las normativas legales porque el gobierno “decidió” gastar esos recursos para llenarles el bozal de arepa a los súbditos clientes votantes.

¡Rancia invasión asesina que hoy nos somete! Aliada con aquellos que se hicieron llamar nuestros compañeros de lucha por casi 20 años, y hoy muestran, cual pavo real, su verdadero plumaje, que resultó ser rojo sangre.