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Militares al acecho | Por Iván Ciriaco-Useche

30/04/2018 12:12 PM

Iván Ciriaco Useche

Venezolano. Politólogo. Escritor freelance. En twitter es @IvanPolitics

No es coincidencia alguna que en 1903 haya sido un “general” (porque cualquier personaje de importancia social y con unas armas a su disposición era considerado como “militar” en la Venezuela postindependencia) como Cipriano Castro quien creara formalmente a la Escuela Militar del país, la institución moderna más importante para la época y que sería la academia del poder para cualquier interesado en alcanzar la silla presidencial. En 186 años de vida republicana, la nación sólo ha tenido 13 gobiernos civiles para un impacto de 52 años históricos; mientras que los militares han mandado durante 130 años entre caudillismo, golpismo y dictaduras.

Después del General Castro, le seguiría en el poder otro General, su compadre Juan Vicente Gómez, a la muerte de éste vendría su ministro de Guerra y Marina el General Eleazar López Contreras al mando, y, sucesor suyo sería su también ministro de la misma cartera, el General Isaías Medina, el cual inició un proceso acelerado democratizador al punto que el candidato del gobierno militar era un civil y por estas razones sería derrocado por… sí, por una junta militar con una composición civil a la postre incómoda para los uniformados que en pocos años decidieron tomar las riendas del gobierno por sus propios guantes y llevar a un triunvirato verdeoliva a Miraflores teniendo como colofón al General Marcos Pérez Jiménez como Presidente del “Gobierno de las Fuerzas Armadas” hasta el golpe de Estado que lo depondría para inaugurar el único período continuado de dominio de los civiles conocido precisamente como la República Civil.

Paradójicamente, a los gobiernos de la Constitución de 1961 le sucedería el de un militar –no retirado sino expulsado de la Fuerza Armada por los golpes de Estado fallidos de que intentó y estuvo involucrado– al que buena parte de la intelectualidad, la clase media y las élites pavimentaron su camino al poder. Ya en Palacio, el Teniente Coronel Hugo Chávez pisoteó la legalidad que le permitió ganar las presidenciales y convocó a una razzia de la institucionalidad democrática: el resultado, el encumbramiento de los militares en la beligerancia política con la facultación constitucional del voto, de la promoción del “desarrollo nacional” y el nombramiento de los ascensos en el puño del Presidente de la República y no del Parlamento como era en antaño. De esos vientos vinieron estas tempestades.

Los militares entraron de lleno en la cosa pública cuando el expresidente Chávez los sacó del cuartel y los instaló en las oficinas públicas manejando cada vez más ingentes cantidades de recursos manejados con absoluta discrecionalidad mientras aporreaba los vestigios aún no sumisos del país democrático al que les lanzaba como perros de presa al ataque represor a la disidencia. Trabajadores petroleros despedidos por el mandato presidencial eran expulsados de sus residencias a palo y plomo artero, previo a esto la Fuerza Armada quedaría fracturada entre quienes se negaron a asegurarle el orden a Chávez a sangre y fuego en el protestatario abril de 2002 y los maquiavélicos que depusieron al Comandante para después retornarlo al poder (¿?)… Juegos de guerra de los milicos, se entiende.

A medida que la dictadura chavista se afianzaba entre carisma propagandístico, petrodólares a mares y un Poder Público servil de la Revolución, cundió el mito del “militar institucional”: aquel adalid del respeto a la democracia que actuaría en el momento de mayor crispación social del país depondría al régimen. Así se insuflaban bríos al manoseado cuento de que “los militares son garantía de orden”, pero, ¿garantes de una democracia y un Estado de Derecho? En absoluto, son el principal partido político de Venezuela: el partido militar.

Murió el hegemón militar mas no su régimen. El sistema que ha permanecido es una corporación de grupos de poder que no distan mucho de la organización clásica de las mafias. Extraen los recursos de la renta petrolera, controlan todas las instancias gubernamentales y sojuzgan a la población que vive bajo su dominio. Sí, es el cártel verdeoliva el que maneja el Ministerio de Finanzas, la banca pública, numerosas gobernaciones y alcaldías (sobre todo en las fronteras con Brasil y Colombia), se lucran de la porosidad fronteriza traficando directamente o cómplicemente desde combustible hasta estupefacientes, persiguen la distribución de lo poco que se produce en el país, gerencian cementeras hasta el sistema eléctrico, asedian las instalaciones de todo el parque industrial, vociferan desde su propio canal de televisión, controlan el proceso electoral, distribuyen el racionamiento alimenticio en todos los mercados, tienen impunidad parlamentaria con su fracción en la Asamblea Nacional, dirigen las embajadas en las potencias de la Tierra y ahora son los todopoderosos usufructuantes de la minería y los hidrocarburos (gracias a la generosa corporación estatal que el Gobierno ha creado para manejo del Ministro de la Defensa).

La Fuerza Armada actual con toda su parafernalia organizacional es quien manda hoy, mensaje relevante para quienes aún en su insondable ingenuidad confían en una solución expedita nacida de su seno que deponga al chavismo y nos lleve en una alfombra mágica voladora de la dictadura a la democracia. La gesta histórica de salvar a Venezuela pasa por la asunción de un proyecto consensuado netamente civil. Regresar a la reverencia del “hombre fuerte de uniforme” es un anacronismo peligroso.

Los únicos que “sí volverán”… pero a los cuarteles –de donde han debido mantenerse– son los oficiales de la Fuerza Armada, que debe ser reformada hasta su médula para garantizar que las armas de la República no se vuelvan contra ella y su civilidad.