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No ser, siendo | Por Miguel Palau

06/12/2017 10:00 AM

Miguel Palau

Antropólogo venezolano, con experiencia corporativa en investigación de mercados y experiencia del usuario. Actualmente es tesista en el Doctorado de Antropología de la U.C.V. En twitter es @MiguelPalau

“¿No perciben ustedes la fabulosa paradoja que esto encierra? ¡Un ser que consiste, más que en lo que es, en lo que va a ser; ¡por tanto, en lo que aún no es! Pues esta esencial, abismática paradoja es nuestra vida”

José Ortega y Gasset

Se hace compleja dar una explicación dentro de lo cultural venezolano a las preguntas:

¿Por qué soy, somos de esta forma?

¿Cuál es nuestra Cultura?

¿Cómo la comprendemos?

¿Cómo la vivimos?, siendo portadores de ella cómo es posible que actuemos así.

La pregunta no hecha y no comprendida es que la cultura no es el disfrute del ser, es que la cultura es el mecanismo que se nos da y que permite comprender y otorgar sentidos a lo que somos los venezolanos.

Cuándo lo explicamos es común:

“Pero si yo no soy así, no todos los venezolanos somos iguales”,

Es una de las respuestas habituales ante la posibilidad de explicar la cultura en términos de la ciencia antropológica. Es una de las respuestas abundantes encontradas en las redes sociales, es una frase común en una discusión sobre el “ser” venezolano.

Lo cierto es que sufrimos de la enfermedad de la ausencia de reconocimiento de lo propio del ser; ahora somos otros y hemos perdido el “ser” de nosotros mismos, estamos en el desvío cultural extremo en el que no podemos sino exteriorizar la culpa de forma personalizada a un proceso de orden interno que nos afecta pero no somos capaces de reconocer, y en lo cierto estamos que del por qué somos así no sabemos interpretarlo y por ende no podemos encontrar nuestro problema propio incluyendo la reversión del código cultural del poder, no ser serviles sino colocar y exigirá al que sirve políticamente el bienestar del proyecto social venezolano.

Si bien la antropología en Venezuela ha realizado históricamente esta labor, la acogida publica de ella ha sido insignificante. No es necesario leer siempre, vaya dificultad que tenemos los venezolanos para leer un artículo de ciencia sobre nuestro país, que a fin de cuentas es un modelo de explicación e interpretación que nos da un poco más por sobre lo que somos, nos permite ver en profundo y no quedarnos en lo informativo o placentero.

Preferimos escuchar de forma condensada una respuesta no para la explicación de lo cultural en tanto sea social, (que todos o muchos lo tengamos); en Venezuela actualmente aquello que nos parece más familiar es lo que nos diferencia entre lo más mínimo unos a los otros; esa problemática nos convierte a todos en diferentes entre sí, alejados de una forma media y a eso le llamamos “sociedad” venezolana. Nos vemos socialmente como ser distintos hasta en la pobreza y puedo dar fe de ello en múltiples etnografías de los barrios populares venezolanos, en dónde “esos que viven por allá, no son iguales que yo”.

Es por ello que la labor por hacer, es lo que hemos conversado en las aulas de clase, yo sin ser académico he asumido la responsabilidad de co-ayudar en la difusión y comprensión de lo científico del “ser” venezolano a través de sus pensadores y protagonistas desde la antropología, re-traducir las palabras y las ideas bajo el consentimiento de los pensadores.

Es nuestra parcela dentro del país, cada venezolano tiene la co-responsabilidad de contribuir en la suya.

La sociedad, entonces en Venezuela es todo aquello que nos separa del otro, (anti-social) y en lo perceptivo, aquello que veo o escucho es la medida de las cosas; porque nunca podremos ser así todos; lo cual comprende una negación del problema del ser, y vamos entre lo que no somos, lo que no compartimos lo que no está allí.

No ser.

Por ello, ante la falta de interés por proyectar lo académico fuera de sí, es decir llevar la reflexión y el conocimiento de nosotros mismos hacia lo social y porque no, hacerlo entender en lo popular, el venezolano se resiste con firmeza a la posibilidad de poder aceptarse como un polo negativo o que su cultura posea elementos de orden negativo. Y en este sentido este modo de comprender quienes somos nos orienta a la continuación de los errores.

En días anteriores, escuchando al presidente de la Republica, mencionaba esto que llamamos los aspectos inconscientes en los que nombraba al proceso revolucionario ideológico como:

“el chavismo se nos enseñó como un Estado del Bienestar, y lograremos llegar nuevamente regresándonos a ese punto de equilibrio que nos enseñó el comandante”.

Estos pequeños actos del discurso nos dejan entrever de manera clara la inclinación culturalista del proyecto ideológico y no social. No habrá nada que construir a futuro negándolo para generar un retorno de forma permanente hacia la promesa incumplida de una forma utópica que no progresa en las condiciones desventajosas que ofrece en inversión, seguridad, cultura, etc. Ya bien estudiado por la antropología en Venezuela, se encontraba que esta concepción de la cultura como un estado de favorecedora permanente es más bien perjudicial (Hurtado, 2011):

“Según el concepto moderno de cultura en la escuela alemana que originó su estudio, aquélla pertenece a un “estadio de gracia”, según el cual la cultura siempre es benéfica, complaciente, y no tiene marcha alguna (inmaculada). Es un ámbito de lo humano que pareciera que tiene su principio en los deseos de los dioses primordiales.

Con estos prejuicios, la cultura y con ella la sociedad se abandonan a la inercia de la alabanza o adoración etnocéntrica, sin pensar que pueden enfermarse y morir, y que pueden enfermar y hacer morir al individuo que la porta".

Nos vemos cómo un imán con dos polos positivos; somos iguales por ambos lados, carecemos de las inclinaciones necesarias para llegar al lugar producto del esfuerzo, no recibimos bien la pobreza inducida a través de lo político por ineficiencia en las decisiones, nos aceptamos en planitudes (ponernos en igualdad siendo distintos) a través del placer en una sociedad de tipo cerrada típicamente narcisista.

No tenemos superficie, somos lisos como el espejo en donde nos reflejamos, pero no proyectamos imagen alguna real de nosotros mismos.

Con frecuencia, escuchamos las preguntas sobre nuestro origen como una forma justificativa de lo que somos, lo asociamos al origen de orden étnico (españoles, indios, negros, italianos, portugueses, árabes) como si la única explicación posible fuesen aquellos trabajos de inicios de siglo realizados por Francisco Herrera Luque, en dónde un poco explicaba con el pensamiento científico de aquellos días estos elementos de orden hipotéticos que arrastramos por dentro de las calaveras nuestras consecuencias del ser en una especie de banco genérico inalterable del carácter, y que además eso nos acompaña desde siempre.

No somos aquello que vino en el barco, somos aquello que construimos estando aquí.

Es decir, parece que lo social en términos de la percepción del cómo somos tuviese una especie de anclaje del pensamiento de conveniencia para darse respuestas externas y sublimadas de aquello que debe explicarse por sobre si en términos de lo cultural y nuestras formas de comportamiento siempre fijas.

No aceptamos ni deseamos construir el futuro a través de los pensamientos del hoy en lo social; aceptamos aquello que nos dicen y no contrariamos, pues no se puede contrariar la cultura en su afán de ser sagrada y que la inteligencia sea señalada como una profanación. Nos referimos ser una cultura de orden cerrado cuando vivimos aceptando las soluciones de lo que somos desde la vista trasera, siempre de reata, aunque en movimiento hacia delante; pensamos que nos estamos moviendo por que salimos de casa pero nuestro pensamiento en lo interpretativo es carente de herramientas para la comprensión de lo posible, y lo posible es el futuro en la modernidad carentes de héroes y llenos de estructuras construidas para hacer la sociedad de la que carecemos (hacer los acuerdos).

Somos culturalmente carentes de mecanismos de interpretación en nuestra propia cultura, desconocedores de nosotros en nuestro ser interno, introspectivo.

La ausencia de lectura del venezolano es un problema de inmensa repercusión, no por ausencia de tiempo sino por su interés infinito en la recepción de información solo en forma oral a través de lo que escucha y puede reconfigurar para repetirlo en lo familiar o lo social. La lectura de lo cultural tiene un carácter para los venezolanos que se acerca a las formas informativas (prensa, noticieros y redes sociales) y por ende el nivel interpretativo del mundo más allá de la cultura que acontece solo en rededor de los temas son sus formas de aproximación y entendimiento (lo que se nos da); ello es precario y manipulable; lo que pensamos sobre la realidad solo tiene una función temática, no nos gusta ahondar en las cosas.

¿Y si tenemos que ahondar en la comprensión del “ser”, no entendemos que debemos orientarnos éticamente a la resolución del problema, y para qué? Si es así nuestra cultura (…) y no puede cambiarse.

Bajo este contexto, nuestra interpretación del mundo y de las cosas no tiene una base interpretativa más allá de lo cultural, no pensamos en la ciencia ni en las objetividades, no comprendemos las subjetividades como complementos de lo objetivo; los venezolanos en mucha medida no solo nos hacemos voceros a través de lo mítico (fabulado) sino que hemos aprendido a ver el mundo solo a través de lo político(s). Hemos aprendido a despersonalizarnos de tal forma, que los individuos hablan de los otros y no de sí mismos, se han convertido en aquello que es el otro (politizado) pero que no son introspectivamente parte de sí mismos, nos vemos bien estando mal.

“Pero siempre cuando se elige una irrealidad entre los -humanos- es para decir algo importante sobre la realidad, porque parece que los meros recursos de la realidad resultan insuficientes para decir la profundidad a que apunta un problema real”. (Hurtado, 2011).

Es una de las observaciones realizadas en las filas para la compra de alimentos en diversos sectores de la ciudad capital. Las personas hablan del país, pero no del hambre, se habla del cobro de la pensión y del aumento del salario, pero no del valor real del trabajo, se habla de la “dieta” del presidente que es inducida forzadamente cuando lo que en realidad sucede es que somos desnutridos y vamos a favor de la enfermedad cuya consecuencia inmediata ante la ausencia de medicamentos es la muerte.

En múltiples ocasiones así también, esta condición de observarnos por fuera de sí, nos impide el establecimiento del diagnóstico de nuestros malestares de la cultura, reconocer que hemos sido inoculados con la enfermedad de la negación de si, para asumirnos en el otro cuya intención en ausencia de resolución del conflicto político es la confrontación social, trasladando las responsabilidades de lo político a lo público, eliminando las instituciones del Estado conformado para la impugnación, es decir la eliminación vía psico-cultural de la ciudadanía y la civitas e introduciéndonos en la condición ya presente del negativismo social y de sí mismos.

Lo político en ese sentido ha ocupado todos los espacios del ser venezolano. Nos hemos re-aprendido y vistos desplazados en términos de lo político y lo militar a través del aprendizaje del lenguaje de origen para vernos entre nosotros como un grupo humano cuya base de las relaciones es la desconfianza, la mentira y el engaño ante lo problemático. Por ende, ante la imposibilidad de generar no a través de la renta sino de la enfermedad propia de lo cultural una condición de seres incapaces para la auto-realización que en consecuencia es la generación de una mayor dependencia emocional hacia lo externo de orden no familiar; y así, si la familia se enferma, en lo externo lo político ya enfermo nos genera un doble daño de orden traumático convirtiéndose en una agresión.

Y así, las instituciones que generan el custodio y la guardia de los habitantes venezolanos cuyas formas de agresión e imposición también hacen de una especie de componenda en la que todo el entramado es capaz de agredirse a sí mismos en respuesta a cualquier fenómeno de orden externo. Si hay una pequeña solución positiva en Venezuela, lo percibiremos como algo negativo y si hay algo negativo lo veremos doblemente negativo, es el camino del arriba y el abajo como espejo para hacernos mal; es decir somos y estamos enfermos de lo político.

Pero si de esta forma es la cultura y lo cultural; no lo hemos perdido del todo aplicándonos en el “ser” aquello que no debemos continuar siendo porque si bien la cultura enferma, para nosotros la cultura es sanadora, si y solo si cuando se han identificado, diagnosticado los elementos que son perjudiciales y pueden ser corregidos, (Hurtado, 2011):

“Así es de ambigua por no decir laberíntica y con ello a veces ininteligible por sus contradicciones internas, la acción de la cultura sobre la realidad, que puede enfermarse a sí misma, y al mismo tiempo desarrollar unos antídotos para lograr su propia curación”.

Por otro lado, una de las condiciones de las revoluciones, incluyendo esta de orden populista-caciquil (figura y forma) es la frase con la que comenzamos la elaboración de este pequeño artículo. Indiferente a los precios del petrolero, cuya dependencia genera el bienestar social en Venezuela, la figura del caudillo ante la crisis conlleva a un tipo de agresión que va enfocado de forma directa hacia el abandono y la destrucción de uno de los elogios importantes de la cultura venezolana, la familia nuclear.

Las formas de aceptación de la figura del padre, cuya ausencia bien reclamada y aceptada en las condiciones del país para la instauración del concepto del Edipo cultural, no será el de la obediencia sino del terror por sumisión, las consecuencias de la emigración, la violencia orientadas al padre generaran en el devenir de Venezuela la figura necesaria para la instauración adecuada del Edipo cultural del venezolano (obediencia).

A este tipo de figura de padre, en el gobierno y fuera de él execra de auto-reconocimiento a la familia como elemento fundamental de la socio-dinámica en Venezuela, y genera justamente lo opuesto. El desplazamiento de lo familiar por lo ideológico en padres ya en forma de caudillo que no genera obediencia, sino que enseña la agresión como forma de relación social y la define con el nombre de amor: (agresor-a través del amor); despreciando así la conjunción de los pares femenino-masculino en lo familiar.

“Al rebajarse la fuerza del poder y de la autoridad del padre, por la ausencia del hijo o de su declive presencial, también disminuye el sentido de la autoridad en la sociedad. El problema es que dicho papel simbólico no es reemplazable ni por la madre ni por el estado. Porque, aunque repercute cada figura en las otras, según lógicas de la diferencia simbólica de cada figura, sin embargo, no pueden sustituirse, y si lo procuran, las consecuencias o resultados no serán los mismos, y los obtenidos tendrán efectos perversos, ya sea la madre o el estado en el puesto de autoridad del padre”.

La población se agrede a sí misma, a ello se agrega la agresión del padre-gobernante; cualquiera que presente soluciones será agredido. La población decide agredir con rechazo al gobernante en formas sin precedentes, al gobernante le es de poco interés aquello que no pueda explicarse bajo la lógica de la ideología, ya él mismo se ha desprendido de los nexos y empatías para quienes gobierna.

“Al no existir una verdadera rebelión contra el padre, el camino a aspirar a los valores paternos positivos, de libertad y de justicia está lleno de obstáculos. No es un camino que llegue al nihilismo y al anarquismo total, no, retrocede y permanece a mitad del camino. Si la sociedad no logra una vida satisfactoria, tampoco se suicida. Aunque su lucha es contra su propio autoritarismo, regresivo siempre, sus miedos ancestrales le llevan a desearlo como apoyo vital. No es posible que haya una rebelión contra el padre, es decir, contra lo regresivo de éste, en nombre del padre”.

El padre de la revolución no se originó en las formas de los elogios de la familia venezolana, lo hizo fuera de ella bajo las formas de la confrontación y la crisis por contrariedad a la normalidad son sus escenarios de mayor provecho, debido a la imposibilidad de reacción por parte de la población allí se dan sus mayores avances, a ello le denominé en artículos anteriores la incapacidad social para reaccionar frente a la orfandad política.

No somos, pero podemos ser es un momento de oportunidad para la ética como posible siembra de solución a la responsabilidad compartida de asumir nuevamente al país. Mientras vamos siendo aquello que culturalmente se encuentra en lo profundo del venezolano, nos desconocemos intencionalmente para evitar el encuentro último con nosotros mismos colocándonos en los otros dejando de ser aquello que aspiramos, pero desconocemos en su construcción; somos excelentes para las formas, pero no así para la abstracción del pensamiento en tanto la idea nos posibilite el país.

Nos es obligante a todos los venezolanos enfrentarnos a las durezas del encuentro irremediable con nosotros; a través de la ciencia y sus subjetividades para decir algunas concreciones. Necesitamos con urgencia el manejo de los conceptos científicos que nos permitan diagnosticar y reparar de lo que padecemos culturalmente, aunque ello nos implique lo más complejo del venezolano, sobreponerse a sí mismo en su cultura.

A propósito de esta comprensión, tenemos nombre para definir el mecanismo de sentido con el que vemos al mundo y damos sentido de él en Venezuela.

El concepto de “matrisocialidad” desarrollado por el antropólogo Samuel Hurtado, nombrado en su entrevista transmitida en Radio Caracas Radio, a través del programa Y Así Nos Va, propone desde un punto de vista científico entre esas múltiples posibilidades de interpretación como teoría científica la posibilidad de que los venezolanos a través de sus particularidades y generalidades culturales, pudieren superar su complejo suficientemente arraigado permitiéndoles avanzar venciendo sus limitaciones de orden cultural, desprendimiento necesario del consentimiento que nos retrae en vía contraria madurez y al futuro para la construcción social que futuramente podría conformarse luego del llamado a la ética.