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Oposición oficial: religión oficial | Por Manuel Gerardo Zapata

Habemus Papam en la religión opositora nacional. 17/08/2017 10:36 AM

Manuel Gerardo Zapata

Manuel Gerardo Zapata es estudiante de medicina en la UCLA de Barquisimeto, estado Lara. En twitter es @ManuelGZG

Vivimos una época donde prácticas religiosas alternas, posmodernas, han escalado en las sociedades contemporáneas hasta alcanzar la cima de lo absurdo. Venezuela no es la excepción, sino un ejemplo de posmodernidad concentrado. No se puede decir siquiera que este estado sea de Posmodernidad en sentido estricto, puesto que Venezuela nunca accedió completamente a la Modernidad. Es más bien un estado previo de ignorancia, similar al estado que propicia el pensamiento posmoderno. Es como si viviéramos en un oriente próximo, como aquel que engendró las grandes religiones monoteístas, pero emplazado en pleno caribe meridional. Las condiciones, al menos, están dadas: cantidad ingente de personas que requieren acudir a la esperanza para encontrarle razón a su sufrimiento.

Desde la programación neurolingüística hasta una cosa tan absurda como la CRP, de invención criolla, pasando por insufribles que hablan de “energías” como si se trataran de operadores de centrales termoeléctricas y de rastafaris intoxicados que propugnan la existencia de “vibras”, todas éstas son sectas, por lo pequeñas.

Pero hay una que puja, ya propiamente una religión, por el monopolio del tráfico de esperanzas. Se llama Oposición Oficial. Como toda religión apela a un sentimiento supremo de indefensión, en este caso, al derivado de vivir oprimido por una dictadura. Como toda gran religión, remite directamente a la esperanza para sobrellevar una vida miserable; la esperanza de que se saldrá pronto del estado de miseria en que se desenvuelve cualquier venezolano. Pero este acto perentorio de ruptura se desplaza en el tiempo, como se ha desplazado siempre, por ejemplo, la segunda venida de Jesucristo.

Para conseguir esta vida después de la dictadura es necesario cumplir una serie de requisitos, y por tanto necesario también desempeñar un conjunto de gestos simbólicos que religan al hombre con la trascendencia. Como pasa con los que participan de la liturgia eucarística, en el despliegue simbólico religioso de la Oposición Oficial es necesario comer del cuerpo de la Democracia depositando una papeleta en una urna. Esto se llama entrar en comunión con la Fiesta Democrática y hacer parte del cuerpo del ser Supremo Democrático, único, indivisible, personal, previo al mundo y distinto del mundo, creador de cuanto ven nuestros ojos.

Todo ser pensante sabe que una elección, al chavismo le produce no lástima, sino risa. Sin embargo, aun sabiendo esto, casi todos hemos participado en la Fiesta de la Democracia, porque esta religión, como todas, no apela a la razón sino al sentimiento. Y en nuestro estado de indefensión suprema, como cristianos acosados por la Roma Imperial, creemos que, al estar imposibilitados para hacer el bien, al menos podemos intentar ser buenos, participando en nuestros actos electorales simbólicos, que dejan nuestras consciencias tranquilas en un rezo de impotente.

Incluso, como buenos religiosos, vemos siempre milagros donde no hay sino manifestación de leyes inquebrantables. A estos los llamamos “Victorias Electorales”, que como nubes en forma de vírgenes, avivan nuestra esperanza. La elección de la AN nos puso a soñar como jóvenes, que correspondidos en el amor, creen ser partícipes de la felicidad. Pero vimos victoria electoral donde no había si no la expresión de la inexorable ley de la opresión dictatorial, que no hay milagro electoral que la transgreda, y que nos mantiene unido a nuestra religión a fuerza de concesiones virtuales.

Los sumos sacerdotes llamados MUD, única entidad capacitada de interpretar los inescrutables designios del Dios Democrático, no son sin embargo ingenuos. Su cuerpo de sacerdotes, llamados candidatos, no se parecen a los sacerdotes mendicantes de la España medieval, sino a los sacerdotes ortodoxos del derivado oriental del Imperio Romano. Son unos sacerdotes bizantinos, que comprenden que es mucho más fácil y rentable el tráfico de esperanzas participando directamente, o siendo ellos mismos, el Estado. La Iglesia Ortodoxa, a diferencia de la Católica, nunca dejó paso a la formación del Estado independiente a ella. Estado y religión es lo mismo, y los sacerdotes, los candidatos, requieren de la renta Estatal de gobernaciones y alcaldías no solo para vivir ellos, sino para hacer mucho más completo y expedito su proceso de adoctrinamiento religioso.

Pero no todos son, digamos, unos aprovechados. Los candidatos mangantes, que se podrían considerar unos sacerdotes ateos que sin embargo se aprovechan de los beneficios oficiales de pertenecer a un Estado-religión, coexisten con un grupo minoritario de sacerdotes sinceros -alguno habrá-, candidatos sonrientes, ellos traficantes ingenuos de esperanzas, que sinceramente, como una parte importante del rebaño, que somos nosotros, creen que el rezo vence al monstruo. Y aun no creyéndolo, siempre existen feligreses incrédulos que sin embargo participan de la religión, en una apuesta de Pascal tácita, “no vaya a ser que sí sirva”.