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Pactos y protocolos comunicativos | Por Joaquín Ortega

La TV venezolana ha pasado de los "entertainers" a los tiranos televisivos, en labor de comisarios políticos de pantalla 19/07/2017 7:55 AM

Joaquín Ortega

Joaquín Ortega (Caracas, 1969) Politólogo (UCV, 1995). Forma parte del equipo creativo y del Consejo Editorial de La Cabilla. Dirige la firma www.ortegabrothers.net y en twitter es @ortegabrothers

Cuando veo a alguien conversando a cámara asumo que me habla a mí. También, decido si le creo o no, y sobre todo, cuento con la certeza de que tengo la posibilidad de apagar el aparato o cambiar de canal. Todo esto podemos hacerlo sin problema, hasta el día de hoy; y sin entrar en terrenos de ciencia ficción -o de totalitarismo audiovisual o digital- lo que yo le confiero a quien veo hablándome es un convenio, un pacto. Es una relación adaptada, en donde se establecen una ficción de reciprocidad y unas normas de comprensión, de aquello que se me relata. 

En la televisión de sentido político, quien se expresa frente a cámara resulta ser tres cosas a la vez: 

1.- un narrador, 
2.- un intérprete de la noticia y 
3.- sobre todo alguien que asigna orden de relevancia a los temas y a la cronología de la conversación pública y ciudadana. 

Todo eso –y un poco más- se puede hacer a la vez, hasta que en los cambios excesivos de un rol a otro rebasen los límites. Ese momento, es el término entre  los abusos emocionales y la extensión de lo narrado. 

¿Entertainer o comisario político?

Para ser un Entertainer de cualquier plataforma audiovisual profesional no solo hace falta cumplir con ciertos rituales –pasos acompasados, presentación, conexión escénica, introducción al tema, desarrollo, cierre emocional o cognitivo- sino que el poder debe radicar en la creencia fundada -o no- en que lo que se dice. La elocuencia es el único poder real frente a todo lo físico exterior del mundo. Sucintamente, el Entertainer debe dar toda opinión y empujarla hasta el terreno de las audiencias, pero no debe contar con poderío ejecutivo directo, puesto que se rompe el pacto de complicidad y se establece uno más cercano a la subordinación y acatamiento.  Al romper esa ficción de la palabra modeladora de las opiniones y al transformarse el Entertainer en autócrata televisivo, las risas se vuelven nerviosas y el gusto por la futura transgresión -o el crimen- se localiza y arraiga en los cómplices más cercanos al hablante principal. 

Explicar, guiar y convencer. Opinar e informar.

Las audiencias, con cada vez mayor frecuencia,  invitan a sus casas e intimidades a figuras televisivas que sean guía de las sensibilidades, figuras que combinen: “la información opinada junto a la opinión informada”. Alguien  dedicado a explicar, guiar y convencer, no puede convertirse en un inquisidor, en un buscador de infracciones y culpables -con el ultimátum ejecutivo desde la punta del dedo que señala- Un acontecimiento político generado no es lo mismo que uno simplemente difundido, así que distanciar el afuera del adentro se vuelve, a cada vuelta de tuerca,  más difícil de encuadrar y reencuadrar. El relato necesita de un marco arquetípico que no se puede descomponer, y si lo hace, es en menoscabo del entendimiento simbólico, del “clic”,  del lugar precognitivo, desde donde se narran las historias primordiales.  

En resumen, el “comentarista-dirigente-líder-azuzador” devenido en tirano televisivo no se dedica a suministrar una emisión, sino que por el contrario fortalece los elementos de una representación, y por lo tanto, todo show, al quedarse sin recursos, cada vez más espectaculares, reduce el tiempo de atención de sus faenas televisadas. No es de extrañar entonces, los bajos niveles de tiempo de atención de ciertos programas políticos y, como consecuencia, el bajo encendido de aquellos canales que los tienen en su parrilla de programación.