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Panchito Mandefuá ha vuelto | Por Javier Lara

Panchito resulta teniendo un final infeliz de muerte, como un hijo de nadie, sin que nadie lo reclame (Foto Vladimir Marcano) 25/09/2017 10:26 AM

En 1922, José Rafael Pocaterra, uno de los más prolíficos cuentistas y autores de influencia en la literatura venezolana, publica “Cuentos Grotescos” obra que más allá de ser fundamental en el subgénero criollo, retrata las pésimas condiciones de vida del país que seguía anclado en el siglo XIX de guerras, hambre, campos arrasados, niños muriendo de enfermedades endémicas, familias en la locura y niños de la calle, sin padres, sin educación, por la libre y en los vicios, siendo precoces, sin infancia.

Uno de esos cuentos, tiene un personaje que se convierte en un símbolo arquetípico de la venezolanidad. Ese personaje es Panchito Mandefuá, protagonista de “…De como Panchito Mandefuá cenó con el Niño Jesús”, quién podría mencionarse como nuestro propio “Oliver Twist” de Dickens, o de forma más trágica, como nuestro más famoso “Niño de la calle”. Esos trágicos rostros del hambre, de la mala vida, del populismo de cada estafador político y de todo lo que está mal en este territorio.

Panchito, como relata brillantemente Pocaterra, pese a crecer sin padres o abrigo familiar, se enfrenta a la vida con alegría vendiendo billetes de lotería con una jocosidad característica que le genera ganancias que invierte en comida, idas al circo, apuestas y cigarrillos, que permiten que su existencia sea al menos aceptable en ese tiempo, aunque a día de hoy se vea como lo opuesto a lo ideal de lo que debería estar haciendo un niño de su edad, que en teoría debería estar estudiando, preocupándose solo de las tareas o de que no se enteren sus padres de alguna travesura cometida.

Como todo cuento de este volumen, Panchito resulta teniendo un final infeliz de muerte, como un hijo de nadie, sin que nadie lo reclame, tocándole la cena navideña con el niño Jesús, que al fin y al cabo se supone que recibe a cualquiera y más si tuvo un trágico y fugaz destino como este.

Este recuerdo de Pocaterra y su cuento más famoso, viene lamentablemente a día de hoy a mi mente por el hecho de que siendo publicado hace ya casi un siglo, su vigencia permanece como si cien años no fueran nada, como si la Venezuela decadente que retratara en todo este libro y en “Memorias de un Venezolano de la Decadencia” su obra más famosa de denuncia contra el horror gomecista fuese la misma, llena de miseria, enfermedades que eran cosa de los diccionarios médicos, de carreteras de tierra y cuentos de los abuelos legados a su vez por sus abuelos.

Esa Venezuela allí retratada, a día de hoy parece la misma, como si las obras mal que bien dejadas por Gómez, López Contreras, AD, Pérez Jiménez, Punto Fijo y demás fuesen fruto solo de la imaginación de un Julio Verne criollo utópico soñando con cosas que pudieron ocurrir en un futuro alterno. Siendo todos esos períodos de obras, demolidos en poco tiempo por la peste roja castrista, que en solo 20 años, pudo devolver al país a la situación de anomia descrita en cada relato de miseria de este autor.

De esa manera, agregando a las enfermedades y demás, hoy vemos como Panchito Mandefuá reaparece en cada calle, caserío, carretera y demás recovecos, en forma de cualquier niño que usando ese nuevo símbolo de la miseria que es el bolso tricolor, busca entre la basura algo que comer, mendigando cerca de alguna panadería algo para comer más dignamente, fumando cigarrillos para aguantar el hambre ante la falta de comida, o incluso, en una instancia tal vez más afortunada pero no por ello terrorífica por lo que implica, poniendo sus esperanzas en la locura del azar que resulta ser la “lotería de los animalitos”, arriesgándose a caer desde temprano en el vicio de la ludopatía, a estar más pendiente de un animal cada hora, que a las clásicas cosas que un niño debería estar pendiente en condiciones normales hace menos de 10 años.

Como Panchito ayer, cada vez más niños viven como esos granujas buscando comer de la bandeja de dulces derramada, poniendo sus esperanzas y preocupaciones de una supervivencia en la que no deberían estar pensando en una lotería, mientras “de lado y lado” entre los herederos un cadáver que prometía cambiarse el nombre si no sacaba a estos símbolos de todo cuánto va mal de su penosa situación y quiénes dicen adversarlo pareciéndose a él, prometen cambiar todo cambiando nada, pues al final solo importan sus hijos sanos y gordos sentados en la mesa familiar, en tanto los hijos de otros mueren de mengua, buscan entre la basura, o los más afortunados comen en la lejana mesa del exilio, en un destino que aunque triste, parece mejor que la cena de Panchito con el Niño Jesús a la que parece condenada tanta infancia hoy ante la mirada indemne de muchos.