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Paracaidismo Derelicto | Por Edwin Ríos

28/02/2018 1:04 PM

Edwin Rios

Puertorriqueño dedicado a la causa de la libertad. Participó por nueve años en las fuerzas armadas de los Estados Unidos. Egresado de la Universidad del Estado de Nueva York y de la Universidad de Phoenix.

Venezuela es un país abandonado. Derrelicto y a la deriva. No está abandonado sólo porque se le ha negado el derecho a sus ciudadanos. Mucho nos enfocamos en los derechos, levantamos nuestra voz, y estamos dispuestos a ir a la cárcel cuando somos negados. ¿Pero qué hacemos cuando hay fallas en los deberes? ¿Quién se queja?

Yo considero que una sociedad donde hay un empeño igual o mayor en los deberes, que por los derechos, es una sociedad que se mantiene estable. Ahora, puede haber polarización de ideologías y partidos; pero hay una división obligada, altamente necesaria, pero que muchas veces no es reconocida, ni pensada, que es la división entre aquellos que cumplen sus deberes, y aquellos que los abandonan. El fallo a cumplir deberes puede ocurrir en cualquier corriente política, entre ricos y pobres, y nos atañe a todos. Y cuando los que no cumplen sus deberes terminan usurpando el poder, el andamiaje fragil de la democracia se destruye.

De manera que la primera señal de que hay abandono en los deberes es el hecho de la misma usurpación del cargo. Y si los que usurpan se mantienen de manera permanente en el poder, entonces hay que presumir que los usurpados tampoco cumplen sus deberes y se han convertido en parte de esa misma epidemia.

La palabra derelicto tiene raíces en la palabra latina “derelictus”, como también puede estar relacionada con el verbo “relinquere”, que significa: dejar atrás, dimitir, ceder, renunciar, desistir, abandonar. La traducción al inglés de la palabra derelicto es “derelict”, y una de sus derivaciones anglosajonas es muy parecida al verbo latino, con la palabra “relinquish”. Yo considero que la palabra “derelicto” es un término clave, o termómetro importantísimo, que define cuán saludable se encuentra la sociedad. Cuando el termómetro de la derelicción bulle en rojo vivo, entonces reina la corrupción, y si no se apacigua esa fiebre, entonces queda un poder que reina más por su abandono, que por sus resultados.

Podemos pensar de manera figurada que la derelicción es una enfermedad, pero verdaderamente lo es. Es una enfermedad social que afecta directamente al impulso de defenderse, en el empeño universal por la sobrevivencia. Es una enfermedad donde nos pueden atacar los peores males, y donde nuestro espíritu queda sin impulso de lucha. Si no existe quién defienda nuestros derechos, entonces existen derelictos en el poder, quienes son los que deben estar velando por esos derechos. La derelicción, o abandono de los deberes, tiene la capacidad de opacar a todos los derechos.

Para explicar que la derelicción es una enfermedad, debo ir a la instancia militar. Cuando yo estaba en el Ejército de los Estados Unidos y fui educado sobre el código militar, el llamado Uniform Code of Military Justice (UCMJ); uno de los detalles que me percaté es que la falta de de cumplir con los deberes es un acto criminal. Esa falta es conocida por “dereliction of duty”. O sea, en una democracia tenemos dos bases muy importantes: derechos y deberes. Y los deberes son tan importantes, como los derechos, que en la instancia militar una persona es criminalizada por no cumplirlos. Y lo curioso es que algunas personas llegan hasta los extremos, por no cumplir sus deberes.

Por ejemplo, cuando yo era recluta en el entrenamiento básico, una vez vi a otro recluta coger el cable eléctrico de una pulidora de pisos, y se enrolló ese cable alrededor del cuello. Claro, esas pulidoras de piso son muy pesadas y no nos habíamos percatado de la payasada que venía de camino. El hombre abrió la ventana, levantó la pulidora, y la tiro por la ventana. Me imagino que el efecto que él buscaba es que la pulidora debería arrastrarlo por la ventana, cayendo desde el segundo piso, o por lo menos el peso de la pulidora debió haberlo ahorcado en la caída. Bueno, pues resulta que la pulidora cayó sola en el suelo, fuera del edificio, porque el cable eléctrico se rompió cuando le dio el jalón por el cuello. Los demás quedamos atónitos, pero a la misma vez riéndonos de lo idiota que era ese compañero, que no volvimos a ver más, después de ese incidente.

Claro, este individuo posiblemente pensó que su contrato militar pudo haber sido un error. Que se equivocó en aceptarlo y que esto no era para él. Pero él pudo también haberse acercado a uno de los “drill sergeants”, o instructores militares, y haberles dicho que no quería seguir en el ejército. Se hubiese ahorrado todo el dolor de un intento de suicidio. Pero tal vez pensó también que quedaria mal con un record de abandono militar. Prefirió lanzar la pulidora por una ventana para que lo tildaran de loco, y para que los médicos fuesen quienes lo separaran por condición psiquiátrica.

La persecución de los derelictos está en su punto más alto durante el periodo de entrenamiento básico. Ellos quieren sacar a los derelictos de las filas. Les gritan todo el dia, los ponen hacer guardias seguidas de seguridad, los privan del descanso, y mientras están cansados física y mentalmente, los ponen a correr, a brincar, a saltar; abusando del cuerpo y de la mente hasta el extremo, para que se descubran en ese ejercicio a los derelictos del deber. Para que se revelen los que tienen dudas en seguir hacia adelante con todo aquello que deben cumplir. Y debido a que existen esos seres extraordinarios que cumplen sus deberes con un alto nivel de disciplina, por eso que el resto de la sociedad, los civiles, pueden gozar a sus anchas de sus libertades.

Disciplina significa hacer lo debido cuando nadie está mirando y en el ejercito no se puede tener a personas que no están dispuestas a cumplir con sus deberes. A esas personas se le aplica el adjetivo de “DERELICT” y viven bajo la sospecha y lupa de sus compañeros. Porque ellos saben que esa falta de disciplina puede poner la seguridad de ellos mismos a riesgo.

Eso también me hace recordar a mi amigo Ronald Mafnas. Ronald era de la isla de Guam y fue soldado mío, cuando yo estaba destacado como sargento en la Zona del Canal de Panamá, allá para el año ‘90. ÉL se enojaba conmigo cuando yo le preguntaba si Ronald Mafnas era la versión guameña de Ronald McDonald. Claro, cuando yo hacía esa clase de chistes, lo hacía en el mismo afán de un drill sergeant, mofándome de una manera jocosa, para ver cuánta resistencia podía tener el recluta. Pero Ronald era muy inteligente y me echaba cuentos de cuando él estaba en la escuela. Me decía que los muchachos allá eran muy violentos y peleaban por el mero deporte de la pelea. Y a veces hasta lanzaban a otros estudiantes desde el segundo piso de un plantel, como si eso fuese un chiste, como los que yo le echaba a él.

¡Muy bien! 10-4, 10-4, mensaje recibido.

Pero lejos de mi experiencia con él, Ronald ya habia tenido un rose relacionado con la falta de los deberes. En una ocasión él había aceptado ir a la escuela de paracaidistas. Eso no es una obligación, pero una vez que el entrenamiento es completado, usualmente el soldado es asignado a unidades militares de paracaidismo. Resulta que en la última fase del entrenamiento consiste en tirarse desde el avión. A Ronald le dió el frio olimpico, y a pesar de que el maestro de brincos quería tirarlo a patadas desde el aire, él se congeló y se rehusó en hacer el brinco inicial. Bueno, en ese sentido no fue criminalizado, pero vivió el escarnio continuo de sus compañeros, hasta que le tocó abandonar el curso de paracaidismo, no aprobado.

Ustedes se han fijado que el tipo de paracaídas que usa en el ejército es el de tipo barquilla de helado. Un paracaídas que se abre directamente al salir del avión. ¿Por qué será eso? Si el abrir el paracaídas dependiera del soldado mismo, ¿ustedes creen que aquel soldado que tiró la pulidora por la ventana sería capaz de no abrir su paracaídas? Es posible, pero el ejército tiene que evitar de todas formas el abandono del deber, y a la vez lograr que se cumpla la misión, y ese paracaídas es el más seguro para lograr estos propósitos.

Un soldado derelicto puede no brincar, pero hay otro derelicto capaz de cortarse del mismo paracaídas mientras viene descendiendo. Por lo menos Ronald tenía esperanzas de salvarse como un soldado respetable, y siguió adelante con su carrera.

Pero hay derelictos que son capaz de darse un tiro ellos mismos para no ir al frente de batalla. Eso es una enfermedad. Hay derelictos que son capaces de “accidentarse” la noche antes de cumplir con el deber de montarse en un avión, para ir al otro lado del mundo a pelear por la patria. Eso es una enfermedad. Como también hay derelictas que se accidentan de otra forma para no participar con sus obligaciones. Quedan preñadas, curiosamente cuando les toca enfrentar el momento de la verdad. Y siempre parecen estar preñadas en ese momento, cuando saben que el ejército no puede llevarlas en esas condiciones a una zona de batalla.

Claro, aunque todas las faltas del deber no pueden ser criminalizadas, por lo general quedan abiertas al escarnio público de los compañeros que pueden ser puestos a riesgo por esa derelicción. De manera que puede existir el sentir político de las ideas, y nos diferenciamos unos de otros de esa manera, pero la polarización más importante es la que define quién está o no dispuesto a cumplir con los deberes básicos de todos los ciudadanos. O se és un derelicto, o no se és, y si la ley no se encarga de dar de baja al derelicto, en ocasiones ocurre lo trágico. Al derelicto se le da de baja en el fuego cruzado. Y eso, precisamente, es lo que trata de prevenir la ley. Que el soldado de honor no tenga que estar envuelto peleando dos batallas a la misma vez.

Una vez Ronald me invitó a su casa para la celebración del bautizo de su primer hijo. Yo estaba en el patio de su casa y notaba algo raro. Habia un señor que lucia muy serio, con los brazos cruzados, parado en una esquina en un punto alto, mirando al resto del grupo mientras celebraban, pero sin interaccionar con ellos. En ocasiones, este observador señalaba a una persona y, sin falta de dilación, el individuo se iba, casi hasta corriendo, para hablar con ese señor.

Yo le pregunté a Ronald que quién era ese maestro. Él me explicó que en Guam hay un código de respeto profundo hacia las personas mayores. Tanto así que el mayor del grupo asume una postura de observación y corrección de comportamientos, en el momento en que lo guameños, como sociedad, se reúnen. Todos alli eramos soldados y vivíamos de acuerdo al código militar, pero en ese momento, ellos imponían el código de Guam, y hacían todo lo que el más viejito les indicaba. Ciertamente, es un deber del mayor de edad, en esa sociedad, asumir ese rol, como también es un deber de los menores en respetar sus directrices. Ronald me decía que, teóricamente, ese observador podía ser un privado razo, un soldado nuevo del primer nivel militar, pero si resulta que él fuese el mayor de edad del grupo, en ese momento todos los del grupo, aunque fuesen generales del nivel más alto militar, ahora tenían que cumplir sus directrices, y respetar la sabiduría de esa persona. De algo debe valer llegar a viejo, especialmente si hemos sobrevivido por tanto tiempo.

Venezuela está plagada por todos lados por fallas de derelicción. En primer lugar, nunca deshabilitaron políticamente a Chávez, quien nunca debió haber tenido participación política después de su intento fallido del golpe de estado. Algo asi como lo que está ocurriendo hoy con las FARC en Colombia. Los jóvenes podemos tener memoria corta, pero en ese momento hubo una persona de mucha experiencia, y de edad respetable, que decía que el experimento de Chávez terminaría en un desastre para Venezuela. Cuando Carlos Andrés Pérez nos dio la advertencia, debimos haber aplicado el código guameño, olvidándonos por un segundo de nuestras diferencias políticas, y escucharlo como una persona que hablaba desde el punto de vista de una experiencia universal, y para el bien de todos. Pero no lo hicimos, y terminamos en una desgracia.

Y el experimento continúa, desgarrando deberes por todos lados. Continua con la FAN, que han vendido la gloria de su honor, dejando atrás a un pueblo indefenso y enfermizo. Continua con. la falsa oposición. Con el narco-elector. Inclusive con Oscar Pérez, que nunca debió haber buscado refugio en una casa donde quedaría parapetado sin reserva de defensa o retroceso. Si Oscar Perez fuese un líder militar al comando de un grupo de fuerzas especiales de Estados Unidos, yo te aseguro que Pérez hoy estaría en medio de una corte marcial por cargos de “dereliction of duty”. Le estarían haciendo todo tipo de preguntas tácticas. Si se estaba moviendo continuamente. Intentarían definir por qué Oscar había decidido mantenerse en comunicación con los medios. El por qué había decidido escoger a ese chalet arrinconado para refugiar a su grupo. Si tenía o no un círculo de seguridad fuera del chalet, con una posta de guardias 24 horas al día, mientras estaban allí. El por qué había decidido negociar con estos truhanes que no negocian con nadie, en vez de tratar de huir del lugar desde las 4:30 am, cuando todavía estaba oscuro. Inclusive le hubieran preguntado si llevaba un celular en su bolsillo, sabiendo que el mismo celular puede servir como delatador de localización.

Sí, es verdad, Oscar Pérez y su grupo fue ajusticiado. Pero ese ajusticiamiento pudo haber sido evitado si él hubiese cumplido con sus deberes; si acaso buscaba algo más allá que una realidad mediática. Lo curioso de todo es que hablamos de Oscar Pérez, y de su grupo, como personas que fueron ajusticiadas, cuando ya no existe justicia. Y cuando hablamos de esa manera, nos olvidamos del deber que debió haber cumplio Oscar en defensa de su vida y de las personas que le seguían; los cuales dependían tanto de su liderazgo.

Si Venezuela se quiere encargar de reestablecer su democracia, sus derechos, y libertades, primero se tienen que encargar de reestablecer el respeto a los deberes. Yo no tengo el espíritu para decir que Oscar era un santo, debido a que por su culpa murieron otras personas que dependían de su sano juicio. Para mí, Oscar Pérez era un cobarde indisciplinado, como lo pudo haber sido aquel individuo que tiró la pulidora por la ventana. No supo cumplir con sus deberes, y como resultado de ello, también afectó a la inocencia de un vientre. Si yo dijera que Oscar Pérez fue un cordero santificado de las armas, olvidando que se negó a cumplir con sus deberes, entonces siento que estoy hablando de ellos como mera carne de cañon. Porque al hablar de esa forma, siento como si yo estuviese apoyando a un propósito ulterior. Un propósito de imagen exclusiva de dolor, que de alguna forma enardezca y mueva a alguna fuerza extranjera. Pero eso no resuelve el asunto verdadero; que sin deberes cumplidos no hay libertad, ni derechos, ni democracia.

Una sociedad sin deberes no puede existir y de esta manera siempre estaremos persiguiendo nuestro propio rabo, pero sin resolver el problema básico de la rasquiña de los deberes. En este momento hay que volver a considerar que la derelicción es una enfermedad, y que debemos estar todos contaminados por esa epidemia. Y en esa vuelta y vuelta, continuaremos prefiriendo que mueran los hijos de madres extranjeras en nuestra tierra, pero que de ninguna manera mueran nuestros propios hijos por ella.