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¿Qué Significa Tener Historia? | Por Federico Boccanera

El partido AD que ayer hizo historia, hoy solo muestra vergüenza más allá de esta. 10/08/2017 11:51 AM

Federico Boccanera

Comentarista, articulista, comunicador ciudadano. Apasionado estudioso de la Política, autodidacta. Siempre del lado de la Libertad. Director Editor de La Cabilla. En twitter es @FBoccanera

Muchas veces me ha tocado escuchar la frase esa que dice que “AD es un partido con historia”, y después de oída nunca me canso de recalcar, y con cierto orgullo, que esa historia adeca se funde íntimamente con la historia de Venezuela, incluso desde mucho antes de la fundación formal del partido, hace 73 años.

Siempre me he preguntado qué significa tener historia, y en especial, que implica, o más aún, que ventaja otorga, eso de tener historia, sobre todo porque nunca hay que olvidar, que la historia es también una carga: toda participación genera una responsabilidad.

La situación en la que nos encontramos los venezolanos hoy en día, es el resultado de un proceso que comenzó hace mucho tiempo, donde la actual fase chavista, no es más que su expresión degenerada, y muy probablemente, la fase terminal.

A partir de los años ochenta del siglo veinte, la permeabilidad social que el advenimiento de la era petrolera había impulsado casi sin interrupción ya desde los tiempos del gomecismo, comenzó a obturarse irremediablemente, y eso conllevó a una pérdida colectiva de la esperanza, una pérdida gradual pero indetenible, que muy pronto se asoció, con “la democracia”.

La inflexión en el reparto rentista, el fin de la fiesta que había comenzado en 1974, fue la causa “material” del empantanamiento de la movilidad social, y se podía remediar atacando las deformaciones propias del mismo rentismo, tanto en su expresión política partitocrática, como ajustando, reformando administrativamente, un petroestado elefantiásico que cada vez más, se servía sobre todo a sí mismo.

La crisis que se agudizó a finales de los ochenta, era una crisis política y administrativa, de liderazgos y de modelo, terminó sin embargo, cargándole los platos rotos a la democracia, como si esa forma de gobierno en sí, tuviese algún “defecto intrínseco”, que determinara su inevitable decadencia y corrupción con el pasar del tiempo, una forma de gobierno perecedera pues.

Son muchas las responsabilidades que en este episodio histórico cabe señalar, en esta pérdida de lo único que no debíamos permitirnos perder, bajo ningún concepto, porque la pérdida de la democracia es la pérdida de la libertad desde luego, pero también de la ley, de la justicia, y al final, de la paz, por lo tanto, es también la pérdida de la república.

Se puede atribuir sin lugar a dudas, mucha responsabilidad a enteros estamentos de la sociedad civil, intelectuales, académicos, comunicacionales, gremiales, a nuestras élites, en fin, con responsabilidad decreciente, se podría llegar hasta el mismísimo pueblo, concluyendo con aquella frasecita pseudo moralizante que nos sentencia con un “culpables somos todos…” oración que tanto dice y nada dice.

Pero la máxima responsabilidad indudablemente ha de recaer sobre los partidos, al consentir que la democracia terminara siendo solamente, la cobertura nominal de un sistema consensual que sólo podría definirse como de oligarquía partitocrática, con una expresión que fue binomial, determinada por los partidos fundadores hasta 1988, y que hoy prevalece bajo una modalidad de régimen de partido hegemónico y partidos comensales, una oligarquía estatal de todos modos.

La historia acarrea responsabilidades, no hay duda.

Y Acción Democrática como el partido que precisamente insurgió en 1945, contra las oligarquías enquistadas en el poder desde la revolución liberal restauradora, el partido que inauguró la democracia en 1947, y fue su primer caído, un día como hoy de hace 66 años, es con mucho, el partido responsable: por ser el partido pionero, además de fundador, por ser el partido que protagonizó la revolución que tocaba hacer en el siglo veinte, el partido que llego a ser el partido capilar, el partido estructural de la democracia venezolana.

Partido que con Rómulo Betancourt al frente, es el único que enfrentó en lucha real de cerebro y sangre, tanto la amenaza castrense del militarismo providencial, como la amenaza castrista del foquismo comunista, lo castrense y lo castrista, la conjunción maligna que nos tiene atados actualmente, porque eso fue lo que hizo el partido, desde 1948 contra los militares, y desde 1959, contra los comunistas, hasta que él mismo decayó en la enfermedad rentista y populista sin remedio, a partir de 1974, y contribuyó con la aniquilación de la república, a partir de 1993.

Por eso siempre digo que soy Adeco de la AD que hizo historia, y no vergüenza.

El partido que lleva la democracia en su nombre…

A todo eso obliga la historia, porque toda gloria es carga también, aunque en el caso de AD, se podría afirmar que “AD, carga la historia”.

Porque la implicación última de tener historia, es que esta debe pasar a formar parte de la sustancia misma, hasta transmutarse en su determinante, su destino, y por lo tanto, su deber.

El deber de hacer historia.

Es su esencia. De hecho, también está en su nombre.

Porque la historia no es otra cosa que ACCIÓN.

P.S.: AD ya no existe, solo queda un ideal, ese que acompaña al verdadero Adeco, hasta que se muera.

Nota del Editor: Artículo publicado originalmente el 18 de noviembre de 2014, en La Cabilla, con motivo del sexagésimo sexto aniversario del golpe militar contra Rómulo Gallegos.