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Sin dolor de país no hay aprendizaje social | Por Samuel Hurtado Salazar

"El desentendimiento como desorientación social luce como la falta de aprendizaje social porque primero no existe el dolor de país, por parte de los líderes, ni por parte del pueblo mismo venezolano" (Foto: Vladimir Marcano) 01/12/2017 12:29 PM

Samuel Hurtado

Sociólogo y antropólogo venezolano de origen español. Autor de numerosos libros, es un dedicado estudioso de la cultura venezolana y de la sociedad nacional en su conjunto.

He vuelto a leer Resistencia y Sumisión. No sé cuando fue por primera vez, desde que compré el libro en 1970. Dietrich Bonhoeffer resultó una personalidad cuyo atractivo obedece a mis años hippies de 1968, cuando pasé un año en Londres. Entonces sonaban con fuerza autores luteranos alemanes, que impulsaban una renovación en el pensamiento cristiano, y que en su tiempo de vida (años 1930 y 40) dieron que hablar por su oposición al proyecto totalitario de Hitler en Alemania.

Mi motivo de entonces tuvo un sentido intelectual, cuya emoción se vinculaba con la filosofía de la liberación en América Latina, que entre paréntesis tenía inspiración de ciencia marxista.

La vuelta a leer Resistencia y Sumisión[1] obedece a un ritmo de buscar preguntas con calidad de respuesta para el problema venezolano.

En los comienzos de la revolución bolivariana (2000-2003), el ritmo de la búsqueda se refirió a estudios de sociopolítica. Eran años de movilización frente a un pueblo que aplaudía engatusado a la revolución con tapadera marxista.

¿Cuándo no en Venezuela se encuentra la aglomeración social delirando la palabra cambio, enamorada siempre en su consciente-inconsciente de las revoluciones desde la independencia política?

Pero ahora en la culminación de la revolución, y destapada de su marxismo y en su tope político, el ritmo de búsqueda viró a temas de remanso socio-religioso-político, como consuelo de liberación profunda y aprendizaje social. Es nuestro consuelo de esperanza activado. Comenzó con un artículo encomendado por el departamento de Comunicación de la Universidad Católica Andrés Bello, que titulé: Magia y Política del Vivir a Gusto, (17 de marzo de 2017).

Después de rematar mis materiales de investigación organizados en 6 libros, desde septiembre he desempolvado libros comprados antaño, para volver a leer la relación entre religión y política en estos tiempos que persisten cada vez más turbulentos en Venezuela, ya en el límite. Pero Bonhoeffer nos previene al explicar su título respecto al inconveniente, y también de la imposibilidad, de fijar dicho límite, so pena de matar el ritmo de vida y fecundidad de las situaciones que se nos presentan, ya se nos vengan como de un mar de fondo a tragarnos:

A pesar de las fuertes olas

del mar, contra mi conjuradas,

de vuestro canto oigo las notas

aunque lleguen ahogadas.

(Der grüne Heinrich, citado por Bonhoeffer, 59).

Porque es una revolución marcada por la destrucción del país, lo que hace de éste una reclusión del país al estilo cubano bajo cuya asesoría avanza dicha reclusión, y nos recluye asimismo a cada ciudadano en nuestro quehacer cotidiano signado por las dificultades y obstáculos, presentes en un país de ausencias.

Con búsqueda o no, la lectura tuvo el sentido del dolor de país, cuya emotividad brotaba del sentimiento de reclusión a que nos ha empujado el programa político de la revolución bolivariana. La lectura ha sido densa, por lo menos en las primeras 70 páginas, referidas a ‘Cartas a los Padres’. Su objetivo profundo fue infundir a éstos el consuelo debido a su detención por la Gestapo.

¿Y cómo yo argumento a mi gente el consuelo, y aprendo el relato de mi dolor de país para que ese dolor sea fecundo en la vida futura de este país enloquecido por su reclusión?

Después, la lectura se hace más contemplativa cuando se lee el ‘Informe desde el Cautiverio’ y en ‘Cartas a un Amigo’. Sus pensamientos sobre el cristianismo sin religión me retrotraía a mis prácticas con la gente; pese a su luteranismo, la limpieza que hace la Iglesia reformada del cristianismo nos enseña mucho a los católicos a depurar el sentimiento de lo religioso de cara a Jesús de Nazaret, el Dios Humanado o el Hombre-Dios: mito antropológico y misterio teológico de la esperanza humana.

Pero se interrumpía su relato porque los bombardeos sobre la ciudad de Berlín eran intensos al final del Segunda Guerra Mundial en los años 1944 y 45. Así yo retornaba a mi tranquilidad por comprender la serenidad de aquél hombre que vivía, pensaba y sentía una libertad suprema al considerarse condenado a muerte en un campo de concentración del nazismo hitleriano; suprema libertad como la canción más hermosa, la del cisne moribundo porque éste ya canta sin temor (Bertolt Brecht).

Mi lectura ahora se encaminaba por la senda de la situación venezolana en la que siento una reclusión personal a partir de la reclusión amplificada del país mismo. Lo que tengo de valor agregado es también como Bonhoeffer: la posibilidad de vivir, pensar y sentir con una experiencia intensa el país. Esto a su vez retroalimenta mi pensamiento sobre el negativismo de sociedad con que ocurre la ‘solución venezolana’, negativismo que se despliega afirmativamente a favor de la destrucción impulsada por la misma revolución bolivariana.

Las situaciones nunca vienen y van insípidamente solas. Siempre lo hacen acompañadas con un sentimiento que les otorga un valor o sentido. Mientras las situaciones persisten, es el sentido el que da la clave de interpretar el total de las situaciones, o mejor, la situación total, que en Venezuela es la situación signada por el dolor de país.

Mi situación personal: apenas soy en Venezuela, hoy día, un simple profesor, jubilado de la Universidad Central de Venezuela, que ha tratado de explicarse lo que pasa en el país desde lo que es y ha sido siempre, es decir, de su etnicidad o cultura antropológica, proponiendo también lo que desea ser y cómo lo puede ser, y lo que debe llegar a ser como su desafío histórico. Por esta entrada, sé de todos los sentidos de la acción en torno a cómo se mueve la vida venezolana, y sobre todo, sé cómo organizarlos bajo un concepto explicativo: la matrisocialidad (1992), concepto que prueba como referencia el concepto de populismo (1981) bajo la especie de recolector (sub specie de conuquerismo).

Pero esta impavidez de detección explicativa desde mi llegada al país (1968) como sacerdote, de vivir 15 años en Los Postes, barrio marginal de Caracas (hasta 1983), de cruzar y compartir el pensamiento en las aulas universitarias con ambiente izquierdoso y de ex-guerrilleros anarcoides (1973-1979). Todo este bullir del pensamiento y la acción, ha comenzado a resentirse en su inteligencia por la radical estrechez de país en que uno vive.

Bonhoeffer lo dice desde la estrechez de su celda en la cárcel Berlín-Tegel, y aún trasladado a otra cárcel más segura en 1944. Él vivió esa reclusión bajo la forma de volver a las cosas más simples y a lo más esencial de la vida. Así se dedicó con todo el tiempo que le dejaban las horas de los bombardeos sobre Berlín, a estudiar, pensar y escribir sobre los aspectos más personales como el del cristianismo sin religión, y refundirlos en los acontecimientos mundiales que se precipitaban con el desenlace de la guerra. Así logró elaborar en su personalidad una unidad de espíritu superior y un corazón sensible, herencia social indestructible que puede quedar adormecida, pero que no se pierde nunca para la humanidad.

Toda lectura actualiza en el lector las situaciones que se relatan en el texto, y su aplicación forzosamente las reconfigure en otras circunstancias, base del aprendizaje social. La distancia o la lejanía de autor a lector te hace, como en los motivos del cuento maravilloso, revivir mejor y con más limpidez tu situación actual en que vives.

Muy al contrario de la estrechez de la celda carcelaria, donde Bonhoeffer aprovechaba la disposición de tiempo y la soledad para crecer en pensamiento y memoria, la estrechez del país venezolano le priva a uno hasta del tiempo y la soledad, sometido al stress de buscar los alimentos por los múltiples supermercados y mercados a cielo abierto, a procurarse el dinero en efectivo por los diversos bancos en medio del corralito financiero, y por lo tanto sometido a los apuros de pagar los servicios públicos, los repuestos de los coches averiados, los servicios médicos y la compra de medicinas inconseguibles por otra parte, y a recluirse en casa antes que caiga la noche con la rapidez que ocurre en los trópicos, de ponerle rejas a todas las ventanas y puertas, y hasta la alambrada de trinchera en los portones y muros, y todavía sometidos a pagar un alto costo por el servicio de vigilancia privada. Las inseguridades, expresadas en robos, asaltos, invasiones en calles, casa y urbanizaciones están presentes permanentemente de un modo sorpresivo.

En Venezuela no pasamos por una segunda guerra mundial como Bonhoeffer, ni siquiera por una guerra civil como los españoles, ni una guerrilla armada como los colombianos, pero estamos bajo un estado de violencia generalizada, con los resultados de una guerra permanente sin límites de solución planteados. Además, una violencia generalizada bajo la especie de que en vez de morir el líder por el pueblo, es el pueblo el sacrificado para que el líder sobreviva y con vida en abundancia.

Otro resultado de la violencia generalizada se refiere a la ausencia de liderazgo en la oposición política. Si en medio de esta ausencia surgen voces de líderes, éstos se debaten en un conflicto sin consecuencias favorables a lo político. Así se dividen buscando intereses diferentes, desenfocados del interés general en la confrontación con el grupo en el poder político del gobierno. Si hay iniciativas para buscar el enfoque de esa confrontación, se reducen otra vez a convocar al grupo de Los Notables que suplantan a la acción que debe emprender el pueblo.

El desentendimiento como desorientación social luce como la falta de aprendizaje social porque primero no existe el dolor de país, por parte de los líderes, y me atrevo a decir que ni por parte del pueblo mismo venezolano, que está esperando otra vez consentirse y no estimarse como pueblo. Por eso si se aglutina como masa o aglomeración social es en torno a un líder bajo la égida de la ideología marxista-leninista o bajo el ‘carisma’ del jefe militar (un comandante), carisma que al fin se resuelve en una bravilabia, verbosidad engañosa para halagar: el vocabulario venezolano tiene a disposición el término plástico de cobero. Así califican a Chávez sus amigos de adolescencia (el historiador barinés Rafael Simón Jiménez) y sus compadres de adultez en el cuartel (el teniente coronel Jesús Urdaneta Hernández).

Nuestra compensación se vincula con el intercambio de la gente en las colas de los supermercados, de los bancos, de las agencias de los servicios públicos, y también en los dictados del aula de clase. Magullado por la escasez de recursos y del tiempo, por las preocupaciones que rompen la soledad serena y por la falta de soluciones a los problemas diarios, empero, uno no puede por su autoridad moral sino sobreponerse y respirar el aire de serenidad ante los otros y con los otros (familia, amigos, vecinos, alumnos). Porque a pesar de la queja, todo el mundo espera que se le consuele. Uno adopta su papel, y al mismo tiempo sale consolado con los consolados, aunque la medicina sea los encuentros esporádicos.

Si ya esto me permitía el aprendizaje social del dolor de país, trascendiendo lo local infantilizado, y aún más allá del compromiso de sentir cualquier tierra como tu tierra natal, esto es, de sentir a los extraños como tu propia gente, aún aspiraba a lo perfecto, a que nos invita Hugo de San Víctor ya en el siglo XIV: a que el mundo entero sea sentido como un país extranjero, a que la gente de la calle de la ciudad total sea sentida como una sociedad extraña.

la perfección en dirección positiva, se trata de asumir lo ajeno o extraño como lo propio. Esto implica subir al nivel del testimonio con el riesgo de conocer a fondo la realidad y en condiciones de sacrificar la vida por ella, una vez sentido su sufrimiento. Es el supremo aprendizaje del país a partir de su dolor. La invitación del monje filósofo inglés del siglo XIV (Hugo de San Víctor), me la actualizaba el pastor teólogo alemán de la primera mitad del siglo XX (Dietrich Bonhoeffer). Y todo ello desde el adentro hondo de la situación de dolor del país venezolano, que tesoneramente cargo conmigo.

Un país con una selva crecida y densa (lo cultural), con la que hay que hacer un arduo trabajo de jardín (la sociedad) ¡Un trabajo digno de Prometeo contra los dioses, esto es, contra la magia que colma, como cultural, el país venezolano!

 

[1] Conseguí dentro del texto la interpretación del título que ofrece Bonhoeffer en una de sus Cartas a un Amigo: “Dios, no sólo se nos aparece como un ‘Tú’, sino también ‘embozado’ en ‘lo impersonal’ (destino), o bien, en otras palabras: cómo el destino se convierte realmente en ‘dirección a seguir’. En consecuencia, no es posible fijar de una vez para siempre el límite entre resistencia y sumisión, pero ambas han de coexistir y ser practicadas con igual decisión. La fe nos exige esta actitud flexible y viva. Sólo de esta manera lograremos soportar y hacer fecundas cuantas situaciones se nos presenten” (D. Bonhoeffer: Resistencia y Sumisión. Barcelona: Libros del Nopal de Ediciones Ariel, 1969 [1951]: 138-139)