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Soberanía. Una utopía peligrosa | Por Eliécer Hernández

Ilustración de Andrés Rodríguez del Villar 05/11/2017 8:00 AM

Eliécer Hernández F.

Venezolano. Especialista en Seguridad Informática. En twitter es @EliecerHF

Con la excusa de que todos los países son -o deberían- ser soberanos y libres de tomar sus propias decisiones, la invasión cubana ha arrasado con Venezuela, extrayendo de sus entrañas todos los recursos habidos y por haber que alguna vez se pensó serían para edificar obras maravillosas en pro del bienestar de la ciudadanía.

Entendemos por soberanía, según el Diccionario de la Real Academia Española, como el poder político supremo que corresponde a un estado independiente. Esto quiere decir, más o menos, que un país soberano es aquel en donde impera la democracia y la separación efectiva de los poderes públicos, a tal punto que éstos se controlan entre si mediante un pacto legal antes suscrito por las mayorías. A este pacto lo llamamos “Constitución”, y es la punta del iceberg legal -ninguna ley ni sentencia judicial puede estar encima de él-.

La soberanía… clavo ardiente al que se han sujetado -y sujetan- los invasores cubanos para seguir controlando el juego político y social en Venezuela. Soberanía que les ha permitido hacer tal lobby internacional que ningún país de Sudamérica -y quizás del planeta- se ha quedado sin su cuota de “recursos” venezolanos y hoy, que la cubanización está arreciando con los vestigios de Venezuela y poniendo en jaque la seguridad de Estados Unidos con las evidencias irrefutables de narcotráfico hacia su “homeland”, no han podido ayudar cabal y eficazmente a la restauración de la democracia venezolana. Todos los países parecen sentir cierto tipo de “deuda moral” con los cubanos que hoy han destruido a Venezuela.

La política y la diplomacia están siendo utilizadas para asesinar a una nación entera, a su gentilicio y a su cultura. La invasión utiliza todas las armas que existen, desde las armas de fuego hasta las armas psicológicas, incluyendo, a su vez, todas las estrategias necesarias para permitir “controladamente” el éxodo de venezolanos hacia otros países, siendo esta otra forma de destruir el remanente de “venezolanidad”. Con semejante tragedia, quizás en unos años, el gentilicio venezolano se vea completamente desaparecido o modificado a gusto de la invasión: semejante al de su pueblo originario, que ha aguantado medio siglo de tiranía asesina, otorgándoles su anuencia -sea por ignorancia o comodidad- en las urnas electorales.

¿Qué necesita sufrir Estados Unidos para darse cuenta que tiene a toda la amenaza mundial a pocos kilómetros de distancia, disfrutando de un clima tropical 24/7/365, autofinanciándose? ¿Acaso los altos jerarcas que controlan los hilos políticos en el norte están jugando al caos de su propio país? No se explica como, después de tener certeza de que Venezuela es corredor de drogas hacia su nación, que Venezuela ampara y otorga pasaportes a terroristas islámicos -esos que hacen poner en jaque cuantas veces quieren a las autoridades estadounidenses- no hayan formulado una política de “intervención” o “sustracción tumoral” de los altos funcionarios cubano-venezolanos involucrados en tales ejercicios. Parece que la crisis venezolana está beneficiando en otra manera a Estados Unidos y demás países del mundo, tal y como lo expuse en mi artículo precedente.

Hoy más que nunca los verdaderos opositores venezolanos somos minoría en comparación al grueso de personas en el planeta que se benefician de la invasión cubana que destruye a Venezuela. Si hay mal que dure mil años, y Venezuela parece sufrir ese mal, con la venia del resto del mundo.